La primera palabra

Antes de que las palabras acabasen apiladas en páginas y ordenadas en la biblioteca, incluso mucho antes de que el verbo hubiese nacido, hubo un rumor de posibilidades que reclamaban por definirse, por tomar forma. En aquella especie de mundo sin mundo todavía, las palabras no existían; sólo se apreciaba el horror en las serenas madrugadas sin nombre, la sorpresa de que nadie se hiciese una pregunta, el lentísimo flujo de evos y evos sin proyecto…

Hasta que surgió la primera Palabra, ni grande ni pequeña puesto que era única como una luz indivisa, y brilló en la oscuridad para que el mundo existiera, para dar identidad a todas las cosas. El inquieto mundo giró alrededor de la Palabra luminosa, la vida creció sigilosa en el oscuro seno de la tierra y proliferaron las formas. Las palabras se multiplicaron, cazaron conceptos y sembraron ideas que el viento soplaba en todas las direcciones para que el conocimiento llegase a todos los rincones de la creación.

Sucedió, sin embargo, que un día la palabra fue apresada en páginas, constreñida en los límites de los paradigmas mentales. El conocimiento, separado de la lluvia purificadora, del viento dispersivo, del fuego transmutador, de la tierra fecunda, se adormeció en el silencio, cayendo en el perpetuo sopor del olvido. Aquellas ideas que vertebraron el mundo fueron eclipsadas por capas y capas de información, sin que apenas nadie rascara en lo profundo en busca de las grandes verdades inscritas en cada nombre. Como consecuencia fue decreciendo la magnificencia de los ideales, ensombreciéndose los corazones en las inercias de la costumbre.

No obstante, en algunos silencios todavía se escuchan rumores que remiten a esa Verdad olvidada, y aquéllos que ponen atención hasta pueden oír la voz que se ha negado a sucumbir al sopor de los tiempos. Y resulta pues esperanzador que, en un horizonte donde perderse parece inevitable, aún queden palabras que obedecen al recuerdo original, como si fueran huellas de la luz grabadas en el tiempo, como hitos que indican el camino de regreso.

Bajarse del mundo

La noción “bajarse del mundo” tiene un significado más hondo de lo que la mente ordinaria suele considerar. No se trata de apartarse del tumulto el fin de semana, o de irse de vacaciones, o tomarse un año sabático…, porque en todos estos casos el mundo sigue ahí, presente en nuestra mirada. No consiste pues en un cambio exterior que no cambia nada: “Quien cruza los mares, cambia de clima, no de carácter” decía Horacio.

A mi parecer, uno “se baja del mundo” cuando detiene su diálogo interno, cuando cesa de bambolearse con el flujo de los acontecimientos como una hoja llevada por el viento. No hablo de un inmovilismo que nos impediría crecer, o de un detenerse que sería retroceder, sino de seguir actuando en el mundo desde la no-reacción, centrados en la Presencia como si ésta fuera el eje alrededor del cual giran todas las cosas.

Parece una contradicción lo que digo pero, ¿por qué no probarlo por un instante en lugar de cuestionarlo? Tal vez entonces, al no ser perturbados por nada, impertérritos ante los aconteceres que no podemos controlar pero que tampoco debieran controlarnos, podamos en momentos sin tiempo Ser quienes somos…