Vivencias tranfiguradoras

Mi proceso de autodescubrimiento me condujo hace unos años hacia el Valle Sagrado de Perú, con el propósito de seguir las huellas que otras culturas dejaron en la memoria de las piedras. Fue un viaje sin mapa definido que desembocó en la convivencia con unas gentes que, cual si fueran bibliotecas vivientes, conservan y transmiten el conocimiento esencial ; una experiencia que me sacó de la horizontalidad y sus múltiples expresiones para situarme en el eje vertical que atraviesa el centro de todas las cosas, y que transfiguró, no sólo mi pensamiento, sino mi ser entero, a la vez inspiró la obra literaria, Girasoles al amanecer.

El hecho más significativo de este viaje fue la convivencia con un grupo de Hombres y Mujeres Medicina que me enseñaron a concebir los actos, los pensamientos, las palabras, en términos de salud o enfermedad. Ellos encarnan aquellas maneras sagradas de entender la vida, de pensar y de relacionarse con los seres humanos y con todas las criaturas del universo, que en nuestra desbordante idea de progreso hemos olvidado.

Con ellos he compartido, en días y noches inolvidables, he participado de las antiguas ceremonias nativas y, siguiendo impulsos que muchas veces contrariaban mi razón, he subido a la soledad de la montaña a encontrarme “cara a cara” con el Espíritu. He escuchado su voz cuando se acallaron todas las voces en mi cabeza y he aprendido a descifrar el lenguaje de signos que constantemente despliega la Madre Tierra en sus ciclos rutinarios.

Al experimentar estas vivencias en primera persona fue madurando en mí la convicción de que hay una memoria dormida en las raíces de nuestra psique individual y colectiva, y que es al despertarla cuando extraemos la fuerza necesaria para sostenernos en nuestras alturas.

Encuentro en Montserrat

Conectarse energéticamente con una Montaña tan poderosa como es Montserrat, conlleva ya, desde el instante en que surge el impulso de unirse al grupo, un despliegue energético en cada una de las personas que decidimos participar de este evento.

Durante esta semana nos hemos vivido la confusión, las resistencias, el desorden, el “sálvese quien pueda”, la caída de nuestras máscaras, la impaciencia, la importancia personal, los juicios de valor, la desconfianza…

Fuerzas que nos habitan y se han ido entrecruzando con las ganas de colaborar, el apoyo incondicional, la voluntad, el corazón que cada cual ha puesto en el intento.
Mas lo que importa de este proceso es que finalmente cumplimos con nuestro propósito estar ahí, de compartir en armonía, de aprender de los demás, de recibir la fuerza de la Madre Tierra, de sentir la magia del corazón…

Sí, al final la Montaña nos acogió en su regazo para darnos la oportunidad de vibrar más cerca de nuestro centro, siendo ahí, en ese centro de conexión, donde todos pudimos sentirnos más cercanos.

Regreso a casa con ese regalo energético que ahora he de sostener e integrar en la dinámica de mis días.
He de estar atenta pues puede suceder que de nuevo caiga en el «gran olvido«:

Invoqué amor pero mis relaciones no son amables.
Invoqué sanación pero mis pensamientos siguen contaminando el aire que todos respiramos.
Invoqué fuerzas pero sigo malgastando mis energías.
Invoqué claridad pero confundo al universo con mi dispersión.
Invoqué paz pero no resuelvo este conflicto en armonía…

Tal vez algún día el camino me conduzca a un lugar, una vibración, un convivir donde ya no tenga que integrar nada, puesto que todo lo que en verdad soy se habrá desvelado sin dejar espacio más que a lo que Es.

Sin embargo, por muy paradójico que parezca,
no tengo la menor duda de que esa montaña mágica,
ese sentir amoroso,
ese compartir armónico,
ya está aquí, en este momento,
en esta elección que me invita Ahora Mismo
a alzarme en la unidad
o caerme en la separación…

No tengo dudas,
pero a veces me olvido…

Más adentro de la forma

Más adentro del cuenco de cuarzo o el tambor
hay un sonido,
y más adentro del sonido
hay un latido que nace y a la vez resuena
en diferentes espacios de la conciencia individual o colectiva.

Más adentro de las culturas, geografías
y tradiciones en que se manifiesta un pueblo
hay una Inteligencia que equilibra, perpetúa y transforma
la sustancia energética de la que están hechas todas las cosas,
y lo hace desde más adentro de la forma.

Más adentro de los “ropajes” que nos visten en el día a día,
y con los que se ha identificado nuestra persona, cultura o espacio,
hay un corazón que vibra con el mantra y con el ícaro,
con la música de las esferas y el estruendo de la tormenta,
porque reconoce el sonido de lo auténtico
y sólo la verdad le despierta y regenera…

Y más adentro de ese corazón hay una Mirada que ve y entiende,
y desde ese saber directo cohesiona los fragmentos de la realidad
que se quedaron atrapados en sí mismos,
ajenos al latido que sustenta todas las “verdades”

El círculo que une los extremos y polaridades
es tan complejo para la mente humana como sencillo para el corazón:
para mirar desde más adentro,
uno tiene que ver lo de más allá
-lo otro, al otro-,
en alguna forma de sí mismo…

El gran libro de la vida

En todos los libros palpita el conocimiento, aunque lo que se relate en ellos siempre nos parezcan sorbos de una verdad que nunca acabamos de absorber por completo. Los paisajes de la mente van poblándose en esos viajes que realizas a través de historias novelescas, del cuento y su moraleja, de la poesía y su exclamación, del discurso filosófico de un pensador que abre interrogantes en la mente dejándole un trazado, un mapa, a la experiencia vital. Porque es en el otro libro, en el Gran Libro de la Vida, donde finalmente toman sentido los dichos que almacena la memoria o las exclamaciones que atesora el sentir más profundo; donde por fin se va desplegando la respuesta a esa pregunta esencial que nos lanza a la existencia una y otra vez:
¿Quién soy yo?

Luego llega un momento en que las cosas se dan la vuelta; como si llegaras al límite del espejo y te toparas con el otro lado de la imagen. Es lo que veías, pero al revés.

Y sucede entonces que empiezas a leer en la experiencia y es ésta la que va entretejiendo tu propia novela, y los límites de tu realidad ya no son las fronteras de tu comprensión, sino que confías en el paisaje que, aun difuminado, va tomando forma en los rincones inexplorados del ser, allí donde no alcanza el entendimiento pero anida tu sentir más hondo.

Y es entonces cuando la página donde leías o escribías ya no está hecha de papel sino de aire fresco en el ocaso, de mentes abiertas a la nueva luz que asoma por el horizonte, de corazones que le cantan su verdad al día y a la noche…

Un canto sanador

Elevo un canto con notas timbradas por el susurro del viento,
el arrullo jubiloso del colibrí girando sobre las aguas del río,
el rumor del maizal danzando con la ventisca del crepúsculo…

Una canción que alcance en su vuelo glorioso al sol que alumbra impasible más allá de los nublados que ensombrecen los paisajes de este día.

El futuro camina sin descanso hacia atrás, recreándose en los asuntos pendientes de resolver.
El devenir será agradecido cuando escuche mi canto agradecido por todas las relaciones, por todos los momentos y situaciones que han convergido en este Instante que me saca del nubarrón.

Al cielo le gusta mi canción, porque se abre mostrándome la sonrisa del arco iris después de la tormenta. Me sonríe y además me regala una mirada más limpia que puede atisbar un paisaje más claro y luminoso al otro lado del horizonte en el que se quedaron nublados mis ojos…

Un llamado al encuentro

El viento me sopla al oído extraños mensajes que afloran a la garganta, como un nuevo canto que aviva las cenizas de un fuego ahogado por tantos leños de información humeante en los tejados de la cabeza.

El sol se esconde entre las nubes del horizonte, como si quisiera dejarle el protagonismo al resplandor que empieza a asomar de esos corazones que acuden al llamado.

Al otro lado del parque, el mar acompasa su oleaje sinuoso con el ritmo de la sonaja, con el latido del tambor, con el murmullo de palabras que ya no pretenden explicar nada, sino abrir nuevas sendas que nos conduzcan al reino de la magia…

Ha sido un llamado al despertar de una memoria dormida en lo más profundo de nuestra psique. En un escenario abierto a la luz, sin paredes donde colgar cuadros; nosotros somos el marco para ese lienzo vivo que se despliega ante nuestros ojos. No hay techos donde pintar estrellas pero en la cúpula celeste van asomando éstas, sin prisas, como si un pincel invisible las fuera pintando una a una.

Más allá de nuestros juicios y expectativas no hay puertas cerradas que impidan el paso, ni «puertas abiertas» poniéndo condiciones a la luz.

Finalmente se da el encuentro, la conexión.
Mientras las manillas del reloj recorren imperturbablemente las horas, hacemos un recorrido fuera del tiempo al salirnos de la circunferencia.
Un salto del ocaso a la noche estrellada.
Un salto de la incertidumbre al reconocimiento del otro como parte de mí, de la soledad aislada al compartir “lo que sea que traigo”, del juicio separador al abrazo de reconocimiento.

El regalo que recibimos es superar la franja que se antepone entre un estado de plenitud (que no necesita nada para ser) y una expectativa mental (que condiciona nuestro sentir a unos acontecimientos determinados).

El resultado es sencillo y delicioso, como esos momentos repletos de gozo que nunca aprecias porque la atención está enfocada en las exigencias de puertas para afuera…

El sol en su cenit

Estamos hechos de luces y sombras…

Últimamente le doy vueltas a una idea que no sé si sabré desarrollar con esa claridad meridiana con que vi la imagen:
“El sol en su cenit”.

A menudo me peleo con mi propia sombra,
un absurdo, lo sé,
ya que la sombra no tiene entidad en sí misma.
Agazapada a la espalda del ser,
a veces al lado, otras delante,
oscurece los pensamientos,
verborrea con mis palabras,
sabotea la voluntad.
Otras veces hacemos las paces,
cuando, por ejemplo, el fruto del árbol
se manifiesta como una sombra fresquita
en una calurosa caminata.
El mismo árbol me enseña que la sombra en sí
no es mala ni buena,
existe, entre otras cosas, para indicarme
que no me hallo en esa alineación
donde las sombras desaparecen,
para que vea con claridad
que todavía no está mi sol en su cenit.