Al principio, cuando mis cansados pies hollaron las lindes del bosque de hayas dormidas, desconocía que todo mi ser despertaría a medida que la espesura de la vegetación me iba engullendo paso a paso en su misterio. Las gotitas de sudor, que el sol del mediodía provocara momentos antes en mis sienes, se fueron secando con el frescor de las sombras que se deslizaban silenciosas en derredor.
¿He dicho sombras?
No, no eran sombras sino más bien un juego de matices entre cobrizos y plateados que le daban al entorno pinceladas de magia. Sí, algo así como si un hada, invisible a la mirada física, me estuviera abriendo el camino con su varita mágica. Un toque por aquí y otro por allá, y todo se encendía de colores intensos, todo lucía en su máxima expresión. Los verdes de los arbustos y las ramas ya no parecían verdes sino partículas de una esmeralda flotando en el aire. El azul del cielo ya no era azul sino motas diminutas de una turquesa que una mano desconocida estuviera desmenuzando desde arriba. Los marrones ya no eran marrones, sino hebras finas de una cabellera interminable enredándose al ritmo de la brisa… Y yo ya no era yo, ni estaba cansada ni recordaba el motivo por el que me había adentrado en tan delicioso bosque, ni quería recordar nada. Toda mi atención consistía en atesorar esos colores en mis pupilas, esa caricia en mi rostro, esa sensación de soledad colmada de presencias…
Así me adentré poco a poco en el bosque, por un camino imaginario cuyo trazado se formaba hacia atrás, como si fuesen mis pasos los que lo hubieran delineado; delante mío, sin embargo, aunque lo veía esbozado en mi mente, sus líneas todavía no estaban dibujadas en el terreno. Largo y serpenteante el sendero que iba dejando atrás, con bifurcaciones que parecían sacarme de la senda en su intento de esquivar una roca, un desnivel o un arroyuelo, pero que enseguida desembocaban nuevamente en el trazado principal.
El reflejo de un rayo sobre una copa de cristal, límpido y transparente, me hizo acordarme de que hacía rato que mi boca estaba sedienta. ¿Quién habría dejado un recipiente tan sugerente a las delicias del paladar en un lugar donde el vino o el cava o el mantel o la mesa o, incluso el agua, brillaban por su ausencia? En ese mismo instante pensé que quizá el bosque me estuviera proponiendo un juego.
¿De adivinanzas?
De cualquier manera, un juego extraño que me enseñaba el contenedor y escondía, quién sabe en qué recodo del invisible sendero, el ansiado contenido: el agua. Con una sonrisa en los resecos labios, mi mano temblorosa cogió la copa y seguí caminando con pasos repentinamente sigilosos, como si así también pudiera acallar todas las voces del bosque y atender al goteo de una fuente o el fluir de un río o la música susurrante de un arroyo. Sin embargo, el único sonido que captó mi atención fue el de un metal tropezando con una piedra; uno de mis pies había empujado al descuido una pequeña llave que alguien habría perdido. ¿O era otro jueguecito? Miré alrededor buscando alguna señal que me orientase en este nuevo acertijo, pero todo estaba en su lugar. Los pájaros dormían la siesta en las copas de las hayas también dormidas, meciéndose sus ramas al son de una suave brisa.
Sentí el tacto del frío metal dorado al coger la pequeña llave y un repentino recuerdo invadió mi pensamiento. ¡Esa llave! ¡Esa llave yo la había sostenido antes! Sí, era la misma, quizás ahora un poco más pequeña, ¿o es que entonces mi mano era diminuta y apenas si podía abarcar su contorno? Lo único seguro es que era la misma llave que tantas veces abrió la caja de música que deleitó los días de mi infancia…
Con la copa en mi mano derecha, la llave en la izquierda, la sed en mi boca y la música en mi recuerdo, seguí abriéndome paso entre una vegetación cada vez más intensa, cual si la naturaleza hubiera creado a su antojo una barrera infranqueable. Miré hacia atrás y ya no pude distinguir el camino de regreso; mis huellas se habían perdido entre tanta frondosidad. Miré hacia arriba buscando el sol de la tarde pero sólo hallé el reflejo de sus rayos en las estrellitas que asomaban por los huecos del denso follaje.
Ante la indecisión, seguí adelante; no sé por cuánto tiempo ni espacio. Lo que sí recuerdo es la sensación de alivio infinito cuando mis pies desembocaron en un claro del bosque alumbrado plenamente por el sol vespertino. Me llamó la atención un pequeño sendero que en seguida desembocaba en el porche de una casita. Parecía deshabitada, mas no porque se vieran señales de abandono sino porque no ladraba un perro a la puerta, ni se veía ropa tendida en la azotea, ni se percibían olores de una torta al horno, ni zumbaba el sonido de una tetera al fuego.
La puerta estaba abierta pero llamé dos veces, por si acaso. La ausencia de una voz que respondiera me confirmó que la casa estaba tan sola como yo. Entré despacio y mis tímidos ojos recorrieron el interior de la casa de un solo vistazo. No había puertas que separaran los espacios. En realidad sólo había cuatro columnas y tres arcos que separaban las diferentes estancias de una única pieza. Luego detuve la mirada en cada uno de los múltiples detalles que vestían y armonizaban el decorado: el blanco azulado de una colcha de piqué resplandecía sobre la cama; un girasol se balanceaba en la repisa de la ventana al compás de la brisa; al otro lado, los platos limpios reposaban en el escurridor, sobre la encimera de la cocina. ¡Y del grifo salía agua fresca y cristalina!
Los peldaños de madera chirriaron mientras subía por la escalera de caracol que me condujo a la azotea. Allí no había objeto alguno que contemplar, como si hubiera sido diseñada para extasiarse con la maravilla del paisaje que la circundaba. Allí me hubiese quedado hasta la caída del sol de no ser porque algo extraño reclamó mi atención. Llegó a mi oído tan ligera y tenue que al principio no supe distinguir si la música sonaba en el piso de abajo o brotaba de mi corazón. Luego la melodía se hizo cada vez más clara e intensa y mis pasos la siguieron, peldaño a peldaño, deteniéndose frente a las notas que traspasaban la caja, en un rincón de la sala…
La música sonaba por todos lados, en mi corazón, en la caja, en mis oídos, en los pasos que me condujeron hacia la salida de la casa. Caminé como una sonámbula y a pocos metros encontré un sorprendente regalo que el bosque guardaba como un tesoro entre la arboleda: el silencioso lago fue desplegándose ante mis ojos despacio, sin prisas, como acompasado con las notas musicales desparramadas en el sosiego de la tarde. La luz del ocaso pintaba en la superficie de las aguas visos dorados que el suave soplido del viento movía a su antojo.
El súbito deseo de nadar en aquellas aguas transparentes no fue impuesto por el calor o la necesidad, sino por el imperioso anhelo de fundirme con la Belleza, de ser parte de ella. Pero sucedió algo extraño: a medida que el lago se fue abriendo para recibir mi cuerpo, me enseñó su rostro oculto. La superficie brillante se rompía con mi desplazamiento y una oscuridad inconmensurable brotaba de cada grieta provocada por mi nado. En un instante perpetuo, el miedo me traspasó la piel, circuló por mi sangre y paralizó mis miembros, y cuando la hondura del lago estuvo a punto de tragarme, algo insólito sucedió: la música sonó de nuevo, ¡pero las notas brotaban de las profundidades del agua, debajo de mis pies!
Entre aturdida y asombrada, me dejé caer en la orilla donde pude comprobar cómo la Belleza volvía a reflejarse en aquel inmenso espejo, mostrado la más deslumbrante de sus caras. Busqué en los bolsillos de mi ropa la pequeña llave que encontrara en el bosque y, antes de lanzarla al lago, la apreté con tanta fuerza que sus huellas se quedaron marcadas en la palma de mi mano. Sí, ése había sido el trato, la Belleza se quedaba con la música de mi infancia y yo con vida para seguir caminando más allá de la casa.
Atrás quedó la música callada y fue el silencio el que ahora me acompañó por un sendero retorcido que se adentraba en la espesa vegetación. ¿Dónde vas?, pareciese que me preguntaban las hayas que bordeaban el camino. Y yo les respondía en mi pensamiento: hacia delante, siempre hacia delante, ningún refugio es confortable para estos pies peregrinos. Sí, amigas, pues esto me dijo el lago: las hayas se han dormido desde que sus ramas dejaron de elevarse. Y también me susurró al oído: la Belleza se rompe cuando crees que la has conquistado…
Creo que todas las hayas dormidas del bosque despertaron para reírse de tan pretenciosos pensamientos cuando mis pasos se detuvieron ante un muro que parecía infranqueable. ¿Y ahora qué? Parecían cantar a coro las hojas de las ramas movidas por el viento. Les respondió mi cuerpo que, como un fardo, se dejó caer en el suelo justo en el momento en que el ¡crack! de un cristal hecho añicos rompió el silencio. ¡La copa! ¡La había guardado en el bolsillo del anorak que colgaba de mi cintura! ¿Qué nuevo juego, adivinanza o acertijo me proponía el bosque a estas alturas? ¿O acaso la rotura de la copa significaba que el juego llegó a su fin? ¡Mas no así!, me rebelé mirando hacia las altas ramas del hayedo.
Una de ellas reposaba en la cima del muro. Si pudiera trepar por el tronco del árbol, pensé. Y de pronto lo vi. ¡La copa venía conmigo para ayudarme! Tomé uno de los cristales y con él rasgué mis ropas en tiras que fui anudando para imitar a una cuerda, en cuyo extremo aprisioné una piedra. Con todas mis fuerzas lancé el peñasco sobre la rama y, aunque me llevó un buen rato lograr un nudo deslizante y seguro, finalmente pude trepar hasta el borde del muro. Luego, el deslizamiento por el reverso de la pared, valiéndome del mismo método, fue más rápido y emocionante. Y es que mis ojos habían logrado apreciar, desde tan alta perspectiva, parte de lo que me aguardaba después…
Otro inmenso espejo de aguas serenas reflejaba con nitidez la imagen del cielo estrellado. No pude distinguir la línea que separaba la oscuridad de arriba y la de abajo, las estrellas del firmamento y las del lago, la luna llena sosteniéndose en el cielo y la otra flotando en la superficie plateada. De nuevo la Belleza me salía al paso, pero esta vez la música de mi infancia sonó en un coro de voces conocidas, de seres queridos y otros por descubrir, de risas sinceras que me decían: ¡Te estábamos esperando, bienvenida a casa!
Angela Castillo
¡Mil gracias, Encarni, por ese test psicológico que inspiró este relato!