Publicado en la Revista Cultural LA TREGUA –
Te escribo desde la terraza. La luna sigue creciendo. No he puesto música y, aparte de los ladridos del perro del vecino, o el zumbido de alguna moto pasando por la calle, todo está quieto y silencioso. El aire apenas se mueve. Encendí una vela porque el fuego es un gran maestro de la comunicación, al que invoco en esta noche deseando que mis palabras se conviertan en leños que mantengan viva nuestra llama. Palabras que se me agolpan de repente, delineando íntimos paisajes que desean manifestarse, trazados de amor que quisieran atravesar la distancia que nos separa. Palabras precipitadas que tal vez no alcancen la exaltación de tus últimos poemas, pero que arañan con fuerza los entresijos de la memoria, como si quisieran recorrer los caminos por donde el amor anduvo desde el origen de los tiempos, dejando su huella.
El comienzo de los tiempos, de nuestro tiempo, podría ser el atardecer de una jornada cualquiera, pero la memoria me conduce a ese caluroso día, al final de la primavera, en el que nos vimos por vez primera. Y aunque en este momento aparezcan frente a mí las sombras plateadas que la luna dibuja a su antojo, prefiero recrearme en los dorados matices que el ocaso nos regaló en aquella tarde. Allí, frente al lago, ajenos a la gente que paseaba por los caminos del parque, nos reconocimos bajo las ramas de un árbol que juntos hemos bautizado: el Árbol del Destino.
Allí fue donde, aturdida, escuché el magistral despliegue que hiciste de tu mundo. ¡Vi tantos seres de luz viviendo en ti! Todos se asomaron a tus ojos y me sonrieron. Todos me miraron con amor… Vi tantas puertas abiertas en tu ser que nos faltarán estaciones para desvelar los misterios que adiviné tras ellas. ¡Te sentí tan presente, tan pletórico de entusiasmo, Airjul! Por el contrario, mi silencio, que tanta paz rebosaba, se rompió con el clamor de esos mundos a los que me llevaste; y mis emociones, que ya se habían acostumbrado a fluir de mi interior como una corriente cálida y tranquila, desaparecieron en la fuerza de tu océano… Y, por qué no confesártelo, sí, tuve miedo. Mi pequeño mundo, tan ordenado, tan comedido, se hundía, y la admirada sorpresa ante la inmensidad que lo estaba desbordando se confundió con el temeroso clamor a perderlo.
Luego, después, no sé a ciencia cierta cuándo –aunque sí recuerdo que ya era de noche y seguíamos allí, bajo las ramas de nuestro Árbol–, quise rescatarte de la torre de ideas y mitos en la que te habías enclaustrado. “Se ve oscura desde fuera, pero está iluminada por dentro”, me dijiste. “Pero no deja de ser un encierro”, respondí. Y te llevé a pasear por mis vivencias sin muros, sencillas, abiertas… y te mostré la esencia que yo percibo en cada forma, en cada lugar, en cada circunstancia, en cada frase, en cada ausencia… Y te hablé de mi conexión con la naturaleza, de la fuerza que inflama el fuego, de los misterios que esconde el murmullo del agua, de la abundancia que nos ofrece la Madre Tierra, de la sabiduría que sopla el viento…
El verano maduró nuestro amor. Poco a poco vislumbré y descubrí las profundidades en las que tú y yo estamos unidos. Me enseñaste a bucear en ese océano donde el silencio, la plenitud y el conocimiento crean formas de expresión más luminosas que las conseguidas por la naturaleza humana. ¡Cuan fácil resulta amar al dios-diosa que nos atrevemos a intuir en el otro-a! Pero más loable ha sido aceptar, precisamente por nuestra imperfección y pequeñez, al hombre-mujer que perciben nuestros sentidos. Y quizá por esto mismo, aprendimos a aceptarnos también en la superficie, en lo cotidiano, para que nuestros sentimientos no se quedaran en estado potencial.
Nos reinventamos –como tú siempre dices–, no sólo en lo esencial, sino también en esos pequeños detalles usuales que nos hacen sentir cómodos, próximos, acompasados. Y apostamos por ese destino común que nos conduce a un invierno compartido en el cual, ya viejitos, miremos el horizonte desde esa casita que soñamos junto a un río. O tal vez nos hagamos más jóvenes si aprendemos a ver otro horizonte detrás de nuestra visión; si seguimos trabajando en esa criba de nosotros mismos, para quedarnos solamente con lo esencial, esto es, aquello que nos sirve para avanzar. Una criba que le entregaría al pasado las necesidades del pasado, los anhelos del pasado, las ideas del pasado, la versión que de nosotros hizo el pasado…
La visión del mundo que se presenta ante nosotros, dice mucho de nuestra mirada, desde dónde miramos. Tú haces mucho hincapié en que observe cómo se despliega cada situación ante mis ojos, porque ésta nos indica con toda claridad desde dónde interpretamos cada visión. ¿Recuerdas lo que me decías aquella tarde, bajo el Árbol del Destino?: “Desde este estado tan sublime podemos crear propósitos”. Desde lo sublime también creamos la interpretación más elevada de nuestro mundo, la visión de lo intangible, de lo inmutable, de lo que permanece más allá de las formas. Una visión exenta de dualidad, libre de juicios, donde nada se presenta como bueno o malo, sino que todo es así como es. Desde ahí nos fundimos con la esencia que mueve tu ser y el mío, entrelazando mágicamente nuestros caminos hasta convertirlos en una experiencia que ya no es tuya o mía, sino el trazado de Nos. Y ¿sabes una cosa, Airjul? Siento que el amor, desde el primer día, quiso vivir-nos, sin dejar de abrir-nos las vías necesarias para que regresemos a casa, nuestra casa…
Pero, mientras tanto, mientras que tú regresas a casa, así te vivo yo en esta noche otoñal en la que el aire se ha detenido, invocando recuerdos que mantengan viva nuestra llama; aun con la certeza de que nunca, nunca, nunca, soy tan real como estando a tu lado. A veces, esa certeza, ese saber que mi naturaleza verdadera es una eterna comunión contigo, me produce cierta desazón al afrontar la dinámica de mis días. Porque no están siendo nuestros días. Porque echo de menos tu presencia, tu mirada, tu risa, tu abrazo y todos los universos a los que me llevas de tu mano. Y, sin embargo, me consuelo buscándote entre los versos de tantos poemas que de ti recibo…
A esta luna creciente le pido que me deje sentir tus latidos en cada poema, para que la memoria me traiga el palpitar de tu corazón en la palma de mi mano. Que me deje sentir tus palabras como gotas de amor derramándose en mi vida. Yo también quisiera componer unos versos para ti, pero sólo una palabra aflora a mi corazón. Una palabra que se repite en cada pálpito, gracias, gracias, gracias… Yo no quisiera tener que escribirte ahora. Desearía que el tiempo se hubiera detenido en aquel parque, bajo ese árbol del que ya conocemos su nombre, y quedarme para siempre contigo, Airjul, bajo el embrujo de aquella noche.
Siempre, siempre, siempre, voy a olvidar si te lo dije, pues cada vez que pronuncie “Te amo”, será una llamada a la renovación. Será como un nuevo latido en el palpitar de mi amor. Será como si te lo anunciara por primera vez…
Y así te voy a amar siempre…
Angela Castillo Olmo
