Angela Castillo Olmo
Relato Finalista en el XIII CONCURSO DE RELATOS CORTOS
“JUAN MARTIN SAURAS” 2008
* * *
– ¿Qué te ha parecido?
Antes de responder a mi pregunta, Teresa bajó la mirada al tiempo que forzó una sonrisa. Y yo, que la observaba atentamente, me quedé tan atrapada en el sutil gesto que reveló antes de componer su discurso –incluso antes de sonreír–, que apenas presté atención a cuanto ella me iba diciendo. Algo capté en la caída de sus párpados, por detrás de su mirada; algo inexplicable, pero más real y verdadero que cuanto dijo después. Por hacer un intento de explicarlo diría que fue como uno de esos atisbos de lucidez que a veces pasan por la mente, aunque a tal velocidad que la razón no puede atraparlos porque se escapan, cual si fueran centellas que siguen su trayectoria, dejando tras de sí una certeza sin motivo ni por qué. ¿Una intuición?
– Si atendemos al significado auténtico del vocablo original, en el sentido de una vuelta al origen, entonces puede decirse que tu historia es realmente original. Una pareja en un vergel paradisíaco. Jardín que no es un laberinto intelectual, ni una salida evasiva, sino un centro intemporal donde transcurren una serie de acontecimientos que pueden deleitar a algunos lectores –Teresa hizo una pausa antes de concluir–. Se nota que la obra está escrita con el corazón, que te la ha dictado el amor.
Una intuición me dejó la sospecha de que mi amiga estaba cubriendo con mucha diplomacia la desnudez de su auténtico mensaje, ése que leí detrás de sus ojos: “Baja a Tierra, Ángela, métete en la piel de la gente; recréate en esos espacios comunes que a todo ser viviente identifican y no trates de inventar un color que no reconozca el arco iris… El amor, así como tú lo pintas, nada tiene que ver con la realidad cotidiana del 99,9 por ciento de la humanidad…”
Tal vez ni siquiera ése 0,1 por ciento de humanidad pueda identificarse con la idea del amor que quise mostrar en el contenido de mi última obra: “El jardín”. Pero resulta que el leit motiv de este trabajo literario consistió precisamente en elevar el amor más allá de los límites de lo común. Lo habitual no cautiva los sentidos, y reconozco que yo fui la primera en sentir escalofríos de admiración ante una idea originaria que fue tomando vida, alzándose hacia su conclusión final, y que en el decurso dejó una estela anunciadora del potencial inexplorado que sigue latente en el sentir humano.
Si seguimos bajando el amor al nivel de nuestras miserias, si continuamos ofreciendo una y otra vez los más calamitosos referentes ¿hasta dónde haremos caer al amor? En este tiempo parece como si todos hubiésemos aceptado que todo caiga, que todo se apague. A la llama del espíritu ya nadie le sopla para avivarla, acaso sea porque el aire de nuestros pulmones apenas nos alcanza para ese grito de reivindicación o de queja, o para ese suspiro de resignación: Se destituyen jueces, se detienen a jefes de policía por corruptos, psiquiatras son acusados por abusos a menores, médicos son cuestionados por su colaboración con la industria farmacéutica, alcaldes son destituidos por beneficiarse del cemento urbano… Todo ello por no hablar de los medios de comunicación de los cuales la televisión ya es nombrada como basura, aunque ello no obste para que pasemos hipnotizados por tal esperpento, horas y horas. La Justicia, la Salud, la Comunicación, la Administración, la Ciencia y todos los pilares que sostienen esta civilización crecen a la inversa, como una pirámide invertida.
– Sin embargo, tu historia no muestra ni tan siquiera un aspecto de tal panorámica; por el contrario, el jardín le da la espalda a la realidad. Has entretejido un edén donde tus protagonistas se sienten a salvo de este mundo que se desploma. Se diría que el motivo principal de sus vidas, y el único, fuese el amor… –Teresa hizo una pausa que aprovechó para traspasarme con la mirada–. Pero, Ángela, aunque sólo sea por un momento, sal de la burbuja y dime la verdad: ¿se puede vivir tan sólo de amor?
El amor, el auténtico Amor, es lo único por lo que merece la pena vivir. Lo único que deberíamos aprender, y en lo único que tendríamos que trabajar. La entrega al otro, a lo otro, es el medio por el cual nos mantenemos en la luz, dejando de lado nuestro orgullo de espectadores en la sombra. El amor también nos desmorona, pero dejarse destruir por el amor es penetrar en un no saber que nos devora, y en esa sumisión entregada y voluntaria hallamos la más dichosa de las derrotas.
Una de las características más importantes que preside la relación de los protagonistas de “El jardín” es su docta ignorancia, esto es, su estar más allá de los lugares comunes, de los datos, de los tópicos al uso. Airjul y Zoraida nadan en el no saber, en el silencio, en la paz de lo indeterminado, de lo abierto. Muestran de manera sencilla que la fuerza del amor es idéntica a la vida, a aquella energía o conciencia que hace posible el esplendor de la existencia, de toda existencia. Así, el amor no es mero sentimiento sino fuerza en expansión. Esta pareja abandona lo accesorio para instalarse en el centro. En el centro hay quietud, por eso puede moverlo todo; de ahí que el Amor sea la fuerza generatriz que hace posible la rotación del sol y de las estrellas. Ahí, en ese ámbito maravilloso, ya nada les acaece, sino que ellos son el mismo acontecimiento.
Teresa soslayó mis planteamientos. Ni siquiera es seguro que me hubiese escuchado puesto que, mientras yo le hablaba, no dejó de mirarme palmo a palmo el semblante, como si en lugar de una lingüista ella fuese una profesional de la cosmética. Cuando por fin se decidió a pronunciarse lo hizo con un tono preocupado que me pareció muy maternal:
– Hay un arcano en el Tarot de Marsella, la Sacerdotisa; se trata de un arquetipo del inconsciente colectivo que representa la introspección, la mirada hacia dentro, el mundo interior. La mujer que aparece en esa carta ofrece un rostro pálido y demacrado, el mismo que tú has conseguido después de pasar tantos meses hibernando a la sombra. Si continúas así, ni siquiera ese Amor tan maravilloso impedirá que las ojeras te lleguen hasta la comisura de los labios…
Le expliqué cuánto disfruto de la creación literaria. La pantalla en blanco me ofrece la oportunidad de plasmar conceptos que, en principio, no sabía siquiera que existieran. Ese entramado entre lo real y lo imaginario, esa fusión entre la mente concreta y la inspiración, me fascinan de tal manera que no me importa pasar unos meses demacrada por el recogimiento si con ello genero una nueva forma, o una visión diferente.
Es lo que tiene la creación literaria: tu persona se diluye entre los personajes inventados, tu voz se pierde entre los diálogos de los protagonistas, y tu realidad pasa a un segundo plano para vivir plenamente aquello que estás creando. Ahí, en el silencio del recogimiento, nacen palabras con una fuerza inusual. Palabras que definen y desvelan, o aquéllas con interrogantes que necesitan de más palabras para cerrarse. Al menos así las sentí en la narrativa que describe el jardín y sus habitantes. Airjul y Zoraida representan a la perfección el auténtico diálogo, aquél en el cual se habla sin hablar, en el que se escucha, en silencio, el infinito palpitar del amor. Y es que sólo puede tocar nuestro corazón la Palabra que está más allá de las palabras; la Palabra que es Espíritu, que es fuerza y que es luz, la que no viene precedida por el juicio racional de la mente periférica, sino por el silencio.
– En realidad –me interrumpió Teresa–, viendo la naturaleza del lenguaje tal como es, si la palabra dicha por el hombre es un conjunto inarticulado de signos lingüísticos, si tan sólo consiste en una voz –que no la Voz– que responde a automatismos aprehendidos de antemano; en fin, si, como en la mayoría de los casos, las palabras no significan nada, no tienen por qué alcanzarnos jamás, ni para bien ni para mal.
Tal vez yo no conozco el lenguaje tan a fondo como mi amiga y por eso discrepé de su reflexión. Las palabras pueden herir, o sanar; acariciar o golpear; pueden manipular o aclarar… Las palabras son capaces de darle color a una tarde grisácea; pueden transformar una emoción dolorosa en un hermoso poema. Las palabras son caminos que ensanchan nuestra percepción del mundo robándole al inconsciente más formas, más belleza, más conocimiento. Las palabras chocan entre sí, se entrecruzan y tienen el poder de crear paraísos o infiernos en nuestra mente.
En “El jardín“, las palabras tal vez sean demasiado pretenciosas en su intento de conducirnos a ese paraíso que todos anhelamos. A veces la distancia que nos separa de aquello que soñamos puede convertirse en un abismo que nos produce vértigo; o un simple hueco imposible de colmar; o una grieta que nos provoca el desgarro… la cuestión es que todo ello se traduce siempre en una constante insatisfacción. ¿Fui demasiado osada al saltar, colmar o unir? Quizá me arriesgué demasiado al situar a los protagonistas de la obra allí donde todo ser humano desea llegar. Eliminé el abismo, colmé el hueco, cosí la fisura. Y una vez que no hay distancia, una vez que no hay lugar alguno al que llegar puesto que ellos ya han llegado, sólo queda el disfrute de la belleza. Y aprender de ella.
– Reconozco que he aprendido mucho en este jardín. Pero quizá mi corazón sea demasiado estrecho para sentir la dimensión en que se aman Airjul y Zoraida. El amor que yo conozco induce al ahogo, provoca el anhelo de las profundidades y, justo en eso, se parece a la muerte. Al amar se desciende hasta las raíces de la vida, hasta la lozanía fatal de la muerte. No hay rayos que te fulminen como un abrazo. Hay mucha felicidad y mucha desgracia en los altibajos del amor –Teresa dudó si concluir o callar–. Y a este punto precisamente quería llegar, Ángela: tus protagonistas han superado todos los altibajos de la escala emocional, se han acompasado en un mismo latido, y ante tanta felicidad, ¿no crees que el lector se pueda sentir aburrido?
Acepté esa posibilidad tan bien apuntalada por mi amiga. Y pensé en los protagonistas de “El jardín, en el aire de plenitud que rezuman en cada uno de sus actos y, sin embargo, tan ajenos a esa apatía o indiferencia que provoca la insensibilidad. Puede que el lector se aburra al inquirir en sus vidas, pero es seguro que para Airjul y Zoraida no existe el tedio. ¿Acaso le falta algo a lo que está satisfecho en sí mismo? ¿Y no es acaso el aburrimiento un sinónimo de esa incompletud que nos hace jugar a lo que sea para colmar el vacío? Lo que fue una partición, una separación primigenia y expansiva en un tiempo sin tiempo, sólo puede ser restaurado por una religación. Esa totalidad, esa completud, ese círculo perfecto, huerto sellado, es el amor…
– “En la cadencia acompasada con que viven lo cotidiano, Airjul y Zoraida hallan su felicidad. Cuantas menos y más simples son las cosas, más puro y fácil les resulta el acorde. Están insertos en un círculo en que la armonía se hace visible. Son como una isla extraña al caos del mundo. Son dos mundos íntimamente fusionados que se enriquecen con la atención recíproca. El cuidado que ponen el uno en el otro, la delicadeza infinita de su trato mutuo, la forma en que se reverencian, son signos que identifican el sentimiento tan puro y cristalino que se profesan. Un cuidado que en ellos determina, en su actuar natural y espontáneo, la relación auténtica con la persona amada; que abarca todos los detalles y nace de las más hondas raíces del más nítido amor…”
Teresa no hizo amago alguno de pronunciar palabra. Sus ojos siguieron quietos, parada su mirada en mis dedos que aún temblaban sobre la página donde yo había leído el fragmento de “El jardín“.
Observé fijamente a mi amiga y de nuevo tuve una intuición: aunque lo hubiese leído anteriormente, esas palabras tomaban sentido para ella en este justo momento. Intuí que se sentía cual fotógrafo que quiso inmortalizar el mejor ángulo de una rosa, comprendiendo después que se había olvidado sucumbir al arrebato que provoca su aroma. Aun así, Teresa hizo un intento por suplir el olvido de lo esencial y se afianzó en la forma. Enalteció lo bien estructurada que está la historia, su riqueza léxica, la habilidad con que se entrelazan los diferentes contenidos, el uso de un lenguaje puro y carente de aderezos inútiles, pero…
– Pero, no obstante, siento que le falta algo –se sinceró por fin evitando mis ojos.
Un “pero” se puede convertir en una grieta que rompa la integridad de una visión. Es como si le muestras a alguien una foto del árbol que se alza en el patio de tu casa –una imagen que en sí misma muestra su totalidad–, y el otro la observase apuntando que no se ve el mar, o la catedral de Burgos, o la muralla china… Oiga, usted perdone, aquí no falta nada, desde el patio de casa no se ve ninguna catedral, ni siquiera un río, sólo se ve un árbol alzándose por detrás de una tapia… Y esta comparación también puede servirme para explicar el amor de Airjul y Zoraida, una relación que en su sencillez es completa y a la que no le falta nada; una conexión en la que una simple mirada, rauda y fugaz como un latido, lo sintetiza todo sin necesidad de ornatos.
No obstante, he de reconocer que para que tanto amor, tanta felicidad y tanta belleza no duela al lector, quizá tendría que haber alejado a Airjul y a Zoraida del presente. No es fácil digerir la felicidad ajena, aquí al lado. Es mejor consolarse pensando que a nadie le dura el amor más allá de la euforia del comienzo. Los finales felices nadie los describe puesto que el cuento se acaba o el telón baja dando la obra por terminada. Y así nos quedamos todos, sin referentes que nos digan cómo sostener tan dichoso amor hasta el resto de nuestros días; intuyendo, eso sí, que en algo nos equivocamos, pero deseando al mismo tiempo que no aparezca ninguna imagen cercana que nos lo confirme.
– Puede que tengas razón –asintió Teresa–. Los días pasan sin que nos percatemos ya de que los objetos existen, de que las criaturas se agitan y la vida se consume. Estamos tan atrapados en el voluptuoso sueño del amor que nos hemos olvidado de vivirlo en todas sus consecuencias. Quizá sea por ello que cuando despertamos del sueño, tras inigualables desgarros, urdimos cualquier perspicacia que nos salve del insondable desplome.
Puede que el amor de Airjul y Zoraida sea un sueño, un ideal o, sencillamente, la apertura de un corazón que busca más allá de sus latidos. Sin embargo, ellos también podrían ser cualquier pareja que se atreviese a cultivar su relación así como se labora un jardín, puesto que éste representa al amor en su aspecto más sublime. Mi padre fue agricultor durante toda su vida y le extrajo a la tierra el alimento. Un día le dije: “A la tierra también se le puede extraer la belleza, ¿no crees que es hora de atreverse con un jardín…?” Atreverse a crear un jardín es lo mismo que decidirse a mirar el amor, no como necesidad, no como tabla de salvación, no como sustituto de la soledad, sino como una oportunidad de recrear la belleza inherente al sentimiento humano. El amor se parece mucho a un vergel en el que, después de una siembra de fértiles semillas, florecen hermosos sueños. Pero no nos engañemos, para que esto suceda, para rodearnos de tanta hermosura, no queda más remedio que trabajar: preparar el terreno, arrancar lo que estorba, ser paciente, cuidar… Y, ante todo, no queda más remedio que admitir que el jardín está siempre expuesto a plagas, sequías o inundaciones, pero no por ello hemos de abandonarlo.
En “El jardín” intenté que floreciera la magia del amor. En realidad, lo mágico de cada relación es que nos ayuda a madurar y convivir con nuestras propias emociones, para, finalmente, dejarnos frente a la verdad del amor. Amor desnudo y tan completo al mismo tiempo. Amor sin justificaciones, ni disculpas, ni condiciones. Amor sin miedo ni atrevimiento…
En el caso de Airjul y Zoraida ya no se trataba de escarbar en esas emociones que pesan como un fardo en nuestras vidas, sino de mostrar con su relación una visión del amor más elevada. O más profunda. La mirada hacia dentro, hacia el fondo, hacia ese inubicable centro donde se pierden las largas extremidades de la dualidad, donde no existe lo positivo o negativo, lo masculino o femenino, donde no hay separación entre forma y contenido… donde uno se encuentra con lo que hay, o sea, nada –¿será por esto que la belleza sugiere a menudo una imagen de vacuidad eterna?–.
Para que esa belleza se dé, los protagonistas tienen que traspasar el umbral del mundo fenoménico. Hacer una criba que los libere de los miedos de ayer. Renovar pues la mirada. El miedo a ver es tan sutil que apenas si se nota. No me refiero a ver como acto de observar, sino a ver como revelación. ¡Y claro que da miedo! Porque ver nos compromete a manifestar en la acción aquello que hemos visto. Y siempre aparecen los viejos patrones: “no puedo”, “no estoy preparado”, “se me hace grande”… Percepciones que van tomando cuerpo y nos acompañan como una sombra; como si a todos nos pusieran unas lentes y, de tanto usarlas, nos olvidásemos de renovar la mirada, o se nos olvidase desde dónde miramos.
– Pero, ¿de qué te sirve exponer un paisaje que sólo tú puedes ver, ya que sólo puede apreciarse con las lentes que tú has ideado? –preguntó mi amiga con desconcierto.
Yo no tengo claro que sirva de algo. El arte está exento de utilidad. La misión de todo artista, por lo menos de cara a los demás, consiste en la creación de una patria, de una residencia espiritual. Y aunque el escenario pueda ser un recodo en la historia, una aventura mítica, o un delicioso jardín, lo importante es que nos conduzca más allá de cuanto vemos, que nos haga viajar por otros espacios del ser, de manera que cuando regresemos a casa, a lo cotidiano, ya no seamos los mismos, o lo seamos más de cuanto antes lo éramos.
– Tal vez tengas razón –apuntó Teresa–. Los personajes, las tramas, los escenarios…, acaban disolviéndose en el olvido para permitirnos el presente. Lo único que permanece de tantas historias es la esencia que expanden en nuestra propia novela. Por eso, como tú bien dices, Ángela, hay que regresar a la realidad que nos ha tocado vivir… Y en ningún caso quedarse atrapado en el país de las maravillas.
Cualquiera pensaría que escribí un cuento –muy loable, por cierto–, de esos que acaban felices y comiendo perdices. No es el caso de “El jardín“; y si así lo fuera, sería una muestra de lo que sucedió después del venturoso final: cuando el príncipe y la princesa recorren juntos el camino para convertirse en el Rey y la Reina; o cuando los enamorados se convierten en auténticos Amantes, porque han sabido soplarle a la llama que encendió su pasión, quemarse en ella sin consumirla, y seguir ardiendo hasta ese nivel en el cual el fuego se alimenta de sí mismo: de ellos mismos. Airjul y Zoraida nos desvelan su felicidad, pero también su añoranza del origen, de ese estado primigenio en el que hombre y mujer eran una entidad única. Nostalgia de regresar a ese estado en el cual no había concepciones mentales que los separasen sino que danzaban en una misma música.
– Antes de que el mundo se deje poseer por esta locura divina, la que se respira en ese jardín y que tú exhalas con tanto fervor, tendríamos que asistir al entierro del discurso y la lógica común –Teresa me miró abiertamente; su gesto y su sonrisa me parecieron sinceros –. Yo no puedo sino felicitarte, Ángela, porque has creado una posibilidad inexistente en el anverso de la vida; un amor cuya esencia puede traspasar las aguas del olvido y sobrevivir a la muerte.
Cada vida es una posibilidad única y casi siempre es al final de ésta cuando se puede atisbar su sentido. Un sentido que cada cual ha de encontrarle por sí mismo, que sólo le sirve a quien lo encontró, pero cuyo denominador común, en todo ser humano, consiste en la comprensión –no verbal– de una totalidad.
La esencia no puede ser prestada ni se puede convertir en moneda de cambio. Se parece al aire, que cada cual respira el suyo, pero ningún libro, ningún discurso, ninguna técnica, pueden lograr que otra persona viva a través del aire ajeno. Y, sin embargo, todos respiramos el mismo… Ensanchemos pues, todos, nuestra percepción y respiremos un nuevo aire. ¿Qué importa si éste nos lo sopla una sencilla historia con aroma de rosales? O un jardín que nos invita a viajar por otros universos del ser donde aún se mantiene viva la magia. O una pareja que nos sopla una sinfonía de amor que cala en lo más profundo del alma.
Hay muchas historias que subyacen en las páginas de un libro; muchos pasos que con sus huellas delinean un camino; muchas arrugas que conservan el pasado en sus pliegues… Por eso es ahora, al final de mi trayecto, cuando puedo asegurar que Airjul y Zoraida son tan reales como lo fuimos mi compañero y yo misma.
Teresa y yo hemos discurrido sobre una obra ficticia que no es sino la historia de mi vida.
– Mis ojeras, amiga, no las ha generado “El jardín”, sino el recuerdo y la añoranza de un jardín en el que, puedo garantizarlo, fue posible vivir un amor tal cual…
