
Las ramas del Árbol del Destino se agitaron con la brisa vespertina mientras Airjul se recostaba a su sombra, por enésima vez, para sumergirse en un océano de febriles recuerdos que las corrientes del tiempo aún no pudieron ahogar en su memoria. Cómo olvidar que allí fue donde Zoraida y él vivieron la intensidad de su amor en una noche suspendida en la eternidad, cuando sus corazones acompasados en tierna dicha se desbordaron de alegría entre lágrimas y risas. Allí fundieron sus vidas en un beso perpetuo mientras sus almas unidas viajaron más allá de las estrellas, a las exaltadas cimas donde florece el ígneo lirio del Amor Eterno.
¡Cómo olvidar la milagrosa dulzura del rostro de su amada! Ese rostro apacible, luminoso, espejo de una naturaleza noble, hermosa y delicada; una imagen silente, tan pura y serena, que parecía envuelta en un aura de melancolía íntima y sempiterna. A través de sus ojos acaramelados, de su mirada límpida, de su radiante sonrisa, Airjul divisó un universo de belleza y esplendor, poblado de soles y de estrellas, de alegría y de amor.
Y cómo olvidar que en ese mismo lugar la vio partir al alba, arrebatándole la luz de su vida al despedirse, y dejándole a cambio el brillo de una esmeralda: un signo al que él se aferraba con ansia como prueba ante sí mismo de que no había sido un ensueño aquella noche junto a Zoraida; que no había sido el viento quien pronunció sus dulces palabras de despedida:
“Algún día, amor, comprenderás que marcharse y quedarse es lo mismo. Me voy jubilosa allí donde yacen enterrados los viejos sueños, bendiciendo al mundo, amando al mundo, aun apenas soñados por el mundo. Jubilosa extenderé silenciosos cielos encima de mí, y con alas propias volaré hacia un lugar más propio de mi condición: la Ciudad Esmeralda. Nadaré en libertad por las profundas lejanías de la luz, buscando la sabiduría que subyace en los entresijos del saber… Mas, ¿cómo habría yo de rechazar el anillo nupcial que simboliza nuestra unión, si no supiera que adonde me dirijo ya estás tú? ¿Cómo podría yo anhelar la eternidad si no supiera que ambos tiramos de cada uno de los extremos de una estela dorada cuyo destino es cerrarse, formando el anillo del retorno? Me voy pero en tu corazón me quedo. Te quedas pero conmigo te llevo…”
En aquella sorprendente madrugada Zoraida le habló de asuntos que él no podía interpretar de momento. No entendía aquello de que irse y quedarse, o despertarse y soñar, fuesen una misma cosa. Extremos que cierran un círculo. Fue con el tiempo que Airjul pudo identificar las palabras de su amada como un mapa de signos que desvelaban su destino; como si su adiós hubiera dejado una estela de señales a seguir que, finalmente, desembocarían en otro encuentro. Fue con el paso del tiempo que él pudo vivenciar en sí mismo cuanto ella le había comunicado:
“La dualidad es la cárcel de este mundo, y el exilio la condición del iniciado que acepta la muerte como un giro que nos transforma en la infinita espiral de nacimiento-vida-muerte-renacimiento; todo proviene del Uno y está abocado al Uno. La vida no es más que un camino de regreso al origen, en el cual cada criatura traza una estela de humo. Existe una dimensión oculta a los sentidos, la otra orilla, un mundo sutil al que accedemos a través de la imaginación activa. Existe una Balanza y una Armonía universales que nos indican que todo ha sido creado según una medida y con una tendencia al equilibrio. En el Silencio se oye la música de las esferas, una sinfonía celestial que anuncia sin descanso que el amor es la fuerza primordial del universo, el que hace mover el cielo y las estrellas…”
Después del éxtasis de aquella celestial unión, Airjul sintió con dolorosa fuerza lo transitorio de su condición natural. Se le hizo evidente la multitud de mundos que se interponían entre Zoraida y él, pero jamás dejó de atizar el fuego en su memoria. Durante años mantuvo viva la llama de de ese amor que le consumía en un sueño del que se negaba a despertar. Su existencia se iba difuminando en la consistencia de los recuerdos, de los sueños, tornándose inmaterial como ese paraíso detenido en un tiempo sin tiempo, del que no quería regresar. Pero cuanto más se alejaba en la sutileza del otro lado del mundo, más violenta le resultaba la densa orilla en el regreso. Entonces sus ojos vidriosos mostraban la angustia de la separación, derramando lágrimas de melancolía ante la pérdida de un mundo indiviso, colmado en sí mismo, al que ninguna sombra podría adherirse, donde ninguna fisura podría hendir lo que nunca tuvo tejido ni costura. Y se estremecía cual náufrago que despierta en una oscura orilla con la desgarradora consciencia de su soledad.
Zoraida había llegado como un sol resplandeciente para iluminarle la existencia. Sólo ante ella sucumbió la sombra de su soledad, como una niebla disipada por rayos luminosos. Un sol que se apagó con su partida y le dejó a oscuras ante una encrucijada que le llevaría a descubrir el alma humana más allá de las apariencias; ante un hito donde la añoranza de un mundo divino se entrelazaba con el drama y el sufrimiento del hombre caído en el tiempo. Airjul vivía como un exiliado terrenal, con el sello de una Estrella en el alma, y navegaba hacia la Patria en las profundidades de su corazón, impulsado por la nostalgia del paraíso perdido; por un anhelo en estado puro que le sumergía una y otra vez en el Gran Recuerdo de la completud perfecta. Añoranza de un Amor allende el tiempo y el espacio, sin mediaciones ni lindes, expansivo y abierto, transmutador en su infinita quietud, ardiente en su profundidad oceánica, sito en un lugar sin lugar. Un Amor encendido en el corazón del universo, inextinguible, insuflado por el mismo aliento del Gran Espíritu.
* * *
Una impetuosa bocanada de viento agitó las ramas del Árbol del Destino y sacudió el profundo letargo bañado de recuerdos al que Airjul se había abandonado. Confundido, apretó con fuerza la esmeralda en su mano, provocándose un dolor que le sujetó durante unos segundos al presente. Pero la misma piedra le transportó de nuevo a la promesa del reencuentro en la Ciudad Esmeralda donde, desde siempre, le esperaba su destino, Zoraida.
Se incorporó consciente de que había llegado el momento de su partida y siguió, como hipnotizado, una llamada cada vez más latente en su interior. Con tranquilidad, con una presteza casi olvidada en su cuerpo, sereno y anhelante al mismo tiempo, se incorporó la capa azul y con un silbido llamó a su caballo que apareció al instante, como si ya esperase el reclamo. Lo enjaezó con la clara determinación de cabalgar hacia el río que serpenteaba al otro lado del valle. Y miró, como despidiéndose, a los árboles que durante un tiempo le acogieron con amabilidad y ternura, sus únicos amigos en la soledad del bosque que guardarían sin duda el recuerdo de su seráfica presencia.
La luz del atardecer, amarillenta y pálida, mensajera del inminente ocaso, hizo que Airjul se desplazase a galope por la montaña. Mientras conducía su caballo hacia el río, el brillo de las trémulas hojas agitadas por el aire le transportó de nuevo a la ciudad de su amada. Ella le dijo, antes de su partida, que en la Ciudad Esmeralda están contenidos todos los símbolos de la felicidad suprema: La Transparencia, la Armonía, el Amor, la Entrega… Le describió una inmensurable esmeralda, ilimitada, más allá de cualquier distancia que el hombre pudiera conquistar, donde viven seres de luz que se alimentan de rayos sinoples. Una ciudad donde formas lumínicas danzan en espiral, eternamente, en un juego de colores que los ojos humanos no podrían ni tan siquiera vislumbrar, pues se cegarían ante su intensidad. Un mundo glorificado por la serenidad y la pureza, sin tiempo, sin dolor, sin pecado… donde la locura es cordura, la verdad es belleza, el gesto es realeza, donde, sencillamente, todo Es. Un paraíso sin fondo ni orillas donde el tiempo es un instante sin centro y sin límites, un Eterno Ahora. Un momento absoluto redondeado en sí mismo, en el que todo se actualiza en un perpetuo Presente.
Cuando atisbó el límite del bosque, Airjul detuvo el caballo, se apeó y, musitándole unas palabras al oído, lo dejó marchar a su libre albedrío para quedarse solo frente al paisaje. ¡Qué hermoso espectáculo contempló desde las alturas! El río, el valle, las níveas montañas y el sol escondiéndose entre nubes rojizas por el horizonte. Respiró profundamente el límpido aire que le anunciaba un mundo distinto, el cual haría suyo en breve. Sentía libre como el viento su corazón de fuego. Entornó los párpados para aspirar con todo su ser el ocaso que se desplegaba ante él. Cuando los abrió, los ojos de Airjul eran luminarias que contenían el infinito. Su mirada fija, insondable, reflejaba el abismo sin fondo, el mar sin orillas, el vacío inquietante de quien ya está viendo la Luz. Sabía que se acercaba al límite, que cruzaría la línea y se rasgarían sus velos, que sus máscaras se caerían al traspasar el Muro del Tiempo. Sólo esperaba que se le hiciera visible una señal: el último rayo de sol convertido en una línea vertical de color verde; el Puente entre el cielo y la tierra. Y el Rayo Verde le conduciría a la Ciudad Esmeralda, a su destino, a Zoraida…
* * *
Las ramas del Árbol del Destino se agitan con más fuerza conforme las sombras de la noche, sigilosas, se deslizan por el bosque. Una figura inerte, envuelta con una capa azul, yace con la cabeza apoyada en el tronco del Árbol. Desde el ocaso se han ido borrando del rostro de Airjul las huellas del dolor y el azar. Sus rasgos se han transformado en un libro abierto donde puede leerse un destino sin futuro ni pasado, inalterable, nítido, más allá de cualquier verbo…
Y cuando finalmente la luz de la luna alumbra su faz, deja entrever un rostro encendido como el ígneo lirio del Amor Eterno….
Angela Castillo