“Tú que pasas y levantas contra mí tu brazo, antes de hacerme daño mira bien:
Soy el calor de tu hogar en las largas y frías noches de invierno.
Soy la sombra amiga que te protege contra los rigores del sol.
Mis frutos calman tu hambre y sacian tu sed.
Soy la viga que soporta el techo de tu casa, la tabla de que está hecha tu mesa, y la cama en que duermes y descansas.
Soy mango de tus útiles de trabajo y la puerta de tu casa.
Cuando naces, tu cuna es de mi madera y cuando mueras tu ataúd lo será también y te acompañaré al seno de la tierra.
Soy paño de bondad y flor de belleza. Si me amas, como merezco, defiéndeme de los insensatos, hazme respetar.
SOY EL ÁRBOL…”
La voz de este Árbol sacudió mi memoria cuando hace unos días abrí la ventana de mi habitación que da a la calle Santa Bárbara, y noté algo extraño en el espacio. Parpadeé varias veces resistiéndome a creer que allí, en aquel espacio repentinamente vacío, faltaba el espléndido árbol que acompañó mi crecimiento. Sus ramas conocieron de mis juegos; mirándolo desde la mesa de mi habitación conseguía concentrarme en los estudios previos a un examen… y ese Árbol fue testigo de mis primeros besos ¡Ah, si ese Árbol hablase…!
¡Si los árboles hablasen…!
Quiero pensar que los árboles hablan, que son ellos los que me hacen soñar con una ciudad de mañanas jubilosas y esperanzadas, de atardeceres plácidos y de profundas noches estrelladas, en las que pueda escucharse todavía la música de las esferas. Una ciudad donde pueden convivir hombres y árboles; donde el movimiento de sus ramas nos haga respirar el misterio y la magia. Los árboles son la mejor referencia que pueden encontrar nuestros hijos en su desarrollo: nos hablan de un crecimiento vertical que hunde sus raíces en la profundidad de la tierra, pero que ascienden con decisión hacia las regiones superiores en busca de los valores más elevados. Ellos entablan un permanente coloquio con nosotros en sus refrescantes sombras, en el crujir de sus ramas, en el murmullo de sus hojas movidas por el viento, con los silbidos de las aves que en sus recovecos hacen nido… El Árbol nos revela su amor transformando los fluidos del aire en oxígeno, nos deleita los sentidos a través del perfume de sus flores y frutos.
El árbol, ente vivo, nos aleja del desierto y su aridez tanto a nivel simbólico dentro de lo espiritual y social, como a nivel natural y tangible: seamos humildes al reconocer que necesitamos del Árbol…
Angela Castillo
