Aleteos de mariposa

No es fácil para una mariposa libar de la flor del lenguaje
después de haber bebido el néctar de la verdad
en un corazón abierto.

Las palabras se niegan a ser dedo que señale ninguna luna,
cuando estoy en la luna,
llena a rebosar como esa luna que algunas noches alumbra
la realidad de los sueños.

Las letras se me quedan grises, huecas, sin matices,
para expresar la plenitud que me concede
cada suprema atemporalidad.

A la vez, sentada en la circunferencia del tiempo,
bajo el mismo cielo que mece la cuna de corazones recién amanecidos,
cierro los ojos para acunar en mis pupilas la claridad
de una mirada naciente.

Y dejo abierta la visión como un ventanal donde la luz se asoma
con aleteo de mariposa
que colorea las palabras con el néctar de su vuelo.

Yo Elijo Respirar

Hay un segundo mágico en tu respiración
que perfuma el aire rancio de tus vivencias
y, al exhalarlo, deja una fragancia en el ambiente
para que otros la respiren y también recuerden,
aun por un segundo,
ese instante efímero en el que la vida nos elige
antes que la muerte nos inhale
.

Recuerdo las palabras que dijo un Hombre Medicina hace años: «La verdad no necesita de argumentos para sostenerse. Se sostiene en lo que Es. Todos los argumentos de la mentira o de la ignorancia van cayendo a su debido tiempo y, cuando todo se derrumba en derredor, sólo la verdad nos sostiene…»
Entonces, como soy ignorante, caigo en la cuenta que un virus no puede ser una verdad que sostenga la vida, aunque sostenga otros intereses.

Siempre estuvo lo que es y lo que conviene que sea (para lo que sea).
Entonces caigo en la pregunta: ¿a quién conviene que la salud –de los cuerpos, de los medios de sustento, de las mentes… – se enferme? Y no me responde ninguna certeza, pero observo que la salud se debilita a fuerza de inyecciones de miedo mediático, sostenido, hora tras hora, con medidas antinaturales a las que no debo negarme porque afirma el credo colectivo que es tiempo de sacrificarse por los demás.

Siempre hubo agnósticos y creyentes
Entonces caigo en la cuenta que ya no hay debate por la existencia de un Dios encarnado en sacrificio, el cual nadie ve y el que, no habiéndose demostrado su existencia a ciencia cierta, sólo sus intermediarios y la fe de los creyentes sostienen en su credo. El debate en estos tiempos es por la existencia de un virus que nadie ve tampoco, aunque la ciencia demuestre su existencia, verificada por los intermediarios con una jerga y unas pruebas que las masas no entendemos, pero en las que confiamos a ciencia cierta, dando fe de ello, ya que algo sabemos de números y la tabla de sumar aparece cada día, desglosada, en el púlpito de cada telediario.

Siempre hubo muerte elogiada y nacimiento celebrado.
Entonces caigo en la cuenta que la muerte ya no es una puerta sagrada donde nos acercamos a honrar cada partida, sino una confusión de cifras numéricas en las pantallas televisivas, que pareciesen marcar tantos de un partido de béisbol, sin más deferencia por las vidas que se entregaron a la vida y son entregadas a la muerte en cada despedida.
Y, de cara al exterior, nada que celebrar en estos tiempos que apenas dejan oxígeno para que nazca y respire lo nuevo; pues, hasta la sonrisa me nace asintomática, digan las pruebas lo que digan.

Siempre hubo un polo positivo y otro negativo.
Entonces caigo en la cuenta que no es la electricidad la que circula en esa polaridad, sino algo invisible que se hace visible y real con un relato sostenido por cifras multiplicadas; dividiendo a los que afirman y a los que niegan; pero todos, ineludiblemente y por ley, detenidos en las casillas públicas de un tablero, que nos fueron adjudicadas como distanciamiento, a la espera que el milagro de una vacuna nos mueva de lugar.

Siempre hubo enfermedad y protección.
Pero en estos tiempos la enfermedad ha tomado un nombre real que requiere protocolos de relacionamiento y convivencia con los demás.
Entonces caigo en la cuenta que se están creando precedentes de protección para convivir, no sólo con un virus presente, sino también con los venideros. Y, sin bola de cristal, ya se puede adivinar un futuro de protocolos que nos protegen de la muerte enfermando la vida.

Siempre hubo aire y espacio.
Entonces caigo en la cuenta que el espacio se ha reducido a confinamientos y distancias de seguridad, y noto que no estoy segura, que me falta el aire necesario, no ya para quejarme, sino para llenar los pulmones y gritar hacia dentro: ¡BASTA!
Porque lo importante es elegir para conmigo.
Así que yo elijo, y ésta es mi AFIRMACIÓN: Elijo La Vida Antes Que La Muerte Me Inhale.

¡Feliz Verano!

Deseo un verano fresquito para tod@s.
Nos reencontramos con los colores del otoño.

… Y, en fin, ya sabemos que no hace falta pedir al Sol que alumbre nuestros quehaceres y descansos; lo que sí, si fuese demasiado (digo el calor, o el trabajo o el recreo), que siempre haya una fuente o una suerte o un sombrero de nubes con lluvia de ideas renovadoras …

Lecturas

(…) En las calurosas y largas tardes de verano, hasta el aire hace la siesta en la casa de las golondrinas. El tiempo se detiene, la brisa se demora, los pájaros enmudecen sobre las ramas quietas de los árboles frutales… La luminosidad veraniega realza las formas y aviva los colores. Sólo el rosal que nadie mira pone su tonalidad mustia, aunque a nadie le pase desapercibida la fragancia que a ratos exhala sobre el entorno. Ha sido plantado en un rincón sombrío del soportal de la casa, donde las ramas espinosas se estiran hacia la claridad de los rayos del sol, que apenas las rozan.
– Abuela, ¿por qué crece tan desgarbado este rosal?
– A veces, cielo, no es por capricho lo que vive torcido y desgarbado, más bien es que el rosal está buscando la luz que nunca le ha tocado…
Extracto del libro Los Ojos de la Noche

El valor de lo invisible

No sé si el tiempo es la medida de todas las cosas, pero lo contemplo como la medida de todos mis procesos. Aparentemente, él, tan invisible, tan poco personal, sin preferencias por una forma más que por otra, ocupa su reino de manera silenciosa. Simplemente deja vivir y vivirse por todas las posibilidades, sin ofrecer mayores importancias a la autoimportancia de quienes, siendo limitados, nos creemos infinitos en sus dominios.

Pero acaso también el tiempo, el gran benefactor que se entrega al libre antojo de los seres humanos, tenga como cierto que los mortales sólo damos categoría de verdad a cuanto aparece con gran estruendo. Y tal vez por esto mismo sea la presencia invisible y silenciosa del amor la única que el tiempo considere verdadera, la única libertad a la que permita traspasar sus fronteras. No me refiero, claro está, a ese amor que fabricamos en el tiempo, esa llama que en el mismo instante de su nacimiento ya tiene marcado su final; ni a esa ilusión que requiere de un temporizador acoplado para señalar cuándo, dónde y cómo ha de manifestarse ese amor que se extingue con el calendario.

Soy incapaz ahora de distinguir los breves instantes que me hicieron traspasar el tiempo entre tanta existencia que me extingue en la temporalidad. Aun así, intento comprender el valor de lo invisible, lo inusual aunque no por ello menos cotidiano, y quedo perpleja, sorprendida, cuando el tiempo pierde sus contornos en mi percepción y no por ello dejo de estar viva.

Las cosas se mueven a un ritmo y con una cadencia que apenas encontramos tiempo para atender y disfrutar. Sin embargo, cuando medito cómo y dónde se manifiesta y en cuántas ocasiones se repite, descubro que el rimo cambia y se transforma en otra música.

Desconozco cuál es la medida de todas las cosas, pero opto por creer que la esencia perdura más allá de mi falta de atención, de las cosas que suceden en mi tiempo, y más acá de las veleidades de la comprensión que, atrapada en ese juego de querer aprehender y clasificar la realidad, solidifica las jaulas mentales. La libertad es invisible para los ojos del tiempo.

Luz del amor

Te he visto tan lejos ya…

Como una bola de recuerdos que atraviesa el horizonte del ocaso, dejándome el fulgor de lo vivido en la memoria.

Luego vienen las penumbras de la noche y me dejo ensoñar por los días venideros que ya están pintados con los colores del reencuentro.

Pero a veces me quedo sin fuerzas y se me cae el pensamiento al otro lado del horizonte, allá en la lejanía, para beber el último resplandor que dejaste en mi recuerdo…

Y, cuando al fin te alcanzo, dudo por un instante si eres halo del crepúsculo o destello del amanecer.

Luz del amor, sin mañana ni ayer, es tu presente en mi vida…

Náufragos del viento

La vida no es una tómbola, pero a veces se presenta como algo parecido a una tómbola, donde lo aleatorio, la suerte, parece determinar en grado sumo el desenlace de acontecimientos. Sin embargo, lo que parece es sólo una apariencia.

Es simplemente que, como seres humanos, tejemos mundos complejos. Decimos que haremos tal cosa y realmente estamos pensando tal otra. Lo que anhelamos en un espacio del ser, lo hacemos naufragar en otro. Vivimos en la contradicción, y es solamente en momentos excepcionales –esos instantes unificados que nos gustaría convertir en costumbre– donde pensamos, sentimos, hablamos y vivimos en completa unidad.

El caso es que no estamos sujetos a ese mundo externo, circunstancial y contradictorio, pero en él vivimos y avanzamos. Entonces, se diría que poco hemos avanzado en lo personal, si pretendemos sujetarnos a la incertidumbre cuando el viento levanta el oleaje poniendo el caos en nuestra travesía. Cada tormenta actualiza dónde estamos situados en cada naufragio y es un gran avance –más acá de todo conocimiento y experiencias vividas– saber dónde está nuestro eje, nuestra esencia imperturbable.

Entonces la vida ya no se presenta como una tómbola sino como una gran paradoja en la cual, avanzar, es aquietar la inquietud haciéndonos unidad con el mástil esencial de nuestra nave…

Páginas perennes

Para borrar de mí las horas caducas, que caen como hojas de los árboles al llegar el invierno, he decidido registrar en cada página lo perenne.

El amor escribe con trazos suaves, ahora y a deshoras, con la frente inclinada sobre el misterio de esta página que, de tan escurridiza, nunca guarda memoria de aires que dicen y desaires que contradicen.

El blanco de la página me pide no ser tiznado de asuntos pasajeros, me dice que no convierta el arte de la escritura en un simple archivador de sucesos o en un frigorífico de circunstancias.

Y es que, si las palabras quieren, hacen oceánica a la página, mágica, ofreciendo alas a los navegantes que se le acerquen.

Pero escribir, o leerse, es algo más que un bálsamo para los viajeros o un puñado de palabras nutrientes en mitad de un desierto solitario. Todo depende de la fuerza con que la voz se levante en medio de esta página en blanco, e indague, explique, calme o sonría, abriendo la mirada a otros mundos posibles.

Me alegro entonces de no tener la suficiente memoria como para hacer un archivo de actualidad con mis escritos, porque sólo así, moviéndome sin dejar rastro, me será más fácil conseguir que la libertad encuentre siempre un lugar donde su trazo imperecedero quede impreso en las páginas de mi vida.

Ahora es siempre

Desde hace algún tiempo, la máxima “vive el presente”, flota en las mentes como una invitación a soltar el peso del pasado y la incertidumbre ante tantos posibles futuros que están por determinarse. Ante tanta complejidad, el poder del ahora reclama nuestra atención como una actitud simple. Simplicidad que deja el camino despejado, libre, abierto, al menos por cada instante que la recordamos.

Al mismo tiempo, pareciera que avanzásemos mirando por el retrovisor, aunque sólo sea para advertir que los cambios y la evolución personal siguen su curso dentro y fuera de nosotros, seamos o no conscientes de cada “ahora” que los ha propiciado. Hoy se abre la flor de este día, y no es la flor sino apreciar una fragancia lo que nos acompaña toda la vida. O viceversa, hoy el invierno no tiene tantas flores y la queja por lo que falta es el hueco que el devenir no logra colmar, por muchos jardines que el futuro traiga consigo.

Desde esta perspectiva, cada actitud ante los hechos del hoy tiene una consecuencia en el ahora, pero también tiene efectos en el futuro de cualquier día indeterminado. Es decir, sin entrar en análisis minuciosos, sin necesidad de nuevos despliegues de energía personal, hoy, con la propia cualidad de ser acordes con lo que el momento nos pide, hacemos la siembra de armonía para lo que sea que el mañana nos presente. Y éste va siendo el tejido de esa maestría sin maestría hacia nosotros mismos, como aprendices del vivir.

Despreocupación entonces por lo que traerá el futuro y atención a la sustancia con la cual abonamos cada presente. Esas nuevas realidades posibles pueden ser más o menos satisfactorias, pero si no perdemos el poder del instante, la fuerza de cada “ahora”, hay una conquista de espacios, de seguridad íntima, de consistencia, de enraizamiento que entrega su savia a cualesquiera que sean las circunstancias venideras.

Por esto digo que es importante cómo afrontamos este “Ahora”, ya que es una decisión que, independientemente de los cambios que se manifiesten, influye para toda una vida en la cual, la transformación, es lo único que permanece por siempre.

Relaciones vivas

En la receptividad o las puertas abiertas de la bienvenida, del encuentro, está la alegría, el gozo del reconocimiento; y en lo incondicional está el origen donde brota la felicidad porque algo vivo se adentra en tu vida.

Cada relación que despierta es un nuevo instante de felicidad y reestructuración personal. La alegría mana del núcleo y llega hasta otro núcleo. Luego serán los avatares de la experiencia los que escriban la biografía de los hechos, pero en la esencia del relato está la materia esencial.

Esta materia sustancial expresa tranquilidad dentro de la euforia, júbilo sin alterar los nervios, animosidad sin soltar los estribos, emoción sin perder la cabeza. Prima la incondicional alegría, que es responsable porque sabe que lo descubierto es poco, frente a lo que queda por descubrir. Está todo por construirse y nada se da por hecho.

Comprenderse es un camino que avanza dentro del sí mism@. Comprender a quien amas es un camino que se adentra en las profundidades de otro ser, hasta llegar a un punto en que quizá puede detenerse (también ser reemprendido en otro momento). Es un camino del día a día donde se van ganando, no se sabe bien qué, si paciencia, superación, conocimiento… Pero, sin duda, se va haciendo más sólido y más real, tanto el sentimiento como la vivencia que el sentir lleva consigo. Realidad que va de la esencia a la superficie, como la lava de los volcanes que va saliendo del núcleo. Es una experiencia viva, que remueve emociones y sentires por dentro, que no deja indiferente, igual a la entrada que a la salida.

Y cada nuevo trayecto de cada relación trae paisajes nuevos y experiencia renovada, que van despertando a otros horizontes. O también se podría decir que va agrandándose el mundo conocido. Nos hemos traspasado hasta encontrarnos en la esencia, en el núcleo, y hacemos viaje hacia la corteza terrestre, la superficie, aquí donde vivimos con los pies en la tierra, la cabeza apuntando al azul del cielo. Tierra, agua, atmósfera, sol… el gran universo de relaciones vivas alrededor nuestro y de puertas para adentro.

De arenas y olas

A veces el viento trae ráfagas que humedecen la sequedad de mis arenas. Y yo dejo que sean lo que son, emociones que quieren vivirse, tocar eso que anhelan. Permito que las espumas dibujen otras formas inventadas por las olas, en este abrazo de lo potencial a lo concreto, del sentimiento a las ideas..

  • «Soy un océano enamorado de una playa» – canta la marea.
  • «Y yo soy la apariencia de un rostro, el continente de una dicha, la arena del tiempo. En realidad somos todos el gozo de amar en la amplitud de los espacios, todos vibrantes, todos renovándose…» – dice el pensamiento humedecido.
  • ¡Ay! – rompe la ola con fuerza – Pero «Todo» es esta orilla donde ahora entro para hollar esta misma playa desde unos pies descalzos y verme en los ojos de un rostro concreto, sintiéndome salada en sus labios…

Fragancias

En el comienzo éramos alas de mariposa
que, en nuestro sobrevolar por el mundo,
despertábamos el aroma de los pétalos de las flores.

Transcurrió un suspiro en el tiempo
y, en el hoy, somos avenidas de resonancia y poemas,
viento y bocas mojadas que en nuestras palabras
y silencios damos el aliento a la vida.

Muchos fueron los corazones que quisieron
ser soplo sobre las olas
y no aire estancado en las horas.
Sólo unos pocos lo consiguieron,
los más ligeros, los más incorpóreos,
aquéllos capaces de seguir el ritmo de las estrellas.

Hoy he soñado una enorme montaña, desde cuya cima
podía verse el mundo como un mar oscuro
de suaves movimientos.
Las estrellas me parecieron flores
de un jardín sin ritmo, flotante.

Fue entonces que las alas del viento
trajeron en un segundo la fragancia de lo eterno.

Aprendizajes

Es tan humano tener, o crearse expectativas, como aprender que el hecho de relacionarse invalida cualquier expectativa personal. La complejidad de las relaciones supera con creces a la enseñanza del colegio en que sabes qué materias tiene el curso y de qué lecciones se compone cada asignatura. El aprendizaje en la vida real, y concretamente en las relaciones humanas, es algo que escapa a cualquier programación previa.

Cuando medito en “qué aprendo realmente en el acto de relacionarme”, veo tramos que se convierten en nuevas etapas del viaje, indicando puntos de llegada que son nuevos puntos de partida en la culminación e inicio de un nuevo recorrido de conocimiento. Y observo que cada movimiento interno, que luego se manifiesta en un compartir experiencia, supera con creces el marco particular de aspiraciones y deseos personales.

En lo vertical, experimento el aprendizaje personal como una inmersión en las profundidades y un salto hacia lo transpersonal.

Y, en la línea horizontal, vas aprendiendo realmente a comprender mejor a las personas, sobre todo cuando recuerdas que tú también pasaste por lo que están mostrando, al margen de estar de acuerdo o en desacuerdo. De esta forma se llega a ver toda relación (incluso aquéllas que ya no son relación) sin más conflicto que el que tengas con tu propio recorrido.

Es un signo de victoria, en el aprendizaje, el simple hecho de comunicarse con sinceridad, poniendo sobre la mesa las cartas que ahora conoces, con las que cuentas. Algo parecido a: “no evadir la realidad, como premisa necesaria para evitar la invasión de lo ilusorio”.

Nada que pronunciar

En los últimos tiempos hablo poco.
No llevo la cuenta de mis palabras, pero hablo poco.
Y hasta incluso me alegro, porque las palabras parecen a veces puentes a ninguna parte, estructuras de sonidos que intentan tejer caminos y autopistas en el aire, pero que, por falta de cimientos, se difuminan, se borran, olvidándose como cosa muerta, inútil, como cacharros de lata en el contenedor de los sonidos.
No significa que me haya transformado en una persona muda.
Es sólo que hablo poco, sin tristeza, sin alharacas.
Prefiero escuchar, leer y meditar. Y guardar la voz para cuando suene otra música en mi corazón que pida ser rescatada de su cautiverio. La libertad del amor es el elemento clave, la única razón que, en mi caso, merece la pena de pronunciarse.
El corazón, tan presente y a la vez el gran olvidado en los grandes relatos, reclama en silencio su sitio; dice con su latir constante que su bombeo de sangre, con el callado esfuerzo que realiza a diario, ha de ser por algo, que vivir ha de tener un significado, y también una alegría que, con palabras o sin ellas, desee ser transmitida, expandida…

Elegir sin rechazar

El amor, el verdadero Amor, pone siempre la gran prueba de amar aquello que no aceptas por no comprenderlo; conduce siempre a la fusión, a la totalidad. Y cómo podemos ser totales si no aceptamos cosas nuestras o de los demás…

La clave del asunto está en afirmar tu senda en la constante encrucijada de caminos sin que esto suponga un rechazo de las otras direcciones. Soltar es elegir sin rechazar, puesto que de lo contrario vas cargando en tu pensamiento, en tus emociones, en tu particular mochila, el peso de lo que quieres dejar atrás…

El punto inicial

Transformar la Mirada es más que proyectar de otra manera o reaccionar de otra forma.
Transformar la Mirada es ver la secuencia completa, comprender el lenguaje en una trayectoria, ya sea personal o colectiva, y borrar el renglón antes de poner el punto inicial, o sea, Ahora.
El punto de inicio no es pasado, es Ahora, porque en cada presente se genera el devenir.
Y, al llegar a ese punto de inicio, a esa primera proyección que detona la vivencia, reir con el sol, o sonreír, así como sonríe la Gran Mirada.
Sonrisa que no es autocomplaciente sino comprensión.
Comprensión que no es intelectual sino claridad.
Claridad que no tiene ya sombras puesto que abarca todos los ángulos y penetra todos los enfoques, viéndolos como partícipes de una única verdad.
Entonces no hay luz ni sombras… sólo claridad…
Paz en lo que Es y con lo que está siendo…

De nieblas y colores

El sol asoma por el horizonte con una claridad de neblina azulada, de perfumes oceánicos y clamor de sueños que se van durmiendo hasta que la siguiente noche los despierte.
En el lienzo del día, pareciera que el pintor invisible no tuviese otros colores que el azul intenso del mar y el verde vivo de los campos.
En la neblina de la mañana están escondidos todos los colores y matices de la luz; podemos imaginarlos e interpretarlos mientras la niebla se levanta,
pero es la Realidad la que los hace visibles en cada mirada…

Inteligencia Sensitiva

Creo que fue el filósofo Wittgenstein quien dijo que los límites de nuestra realidad son los límites de nuestro lenguaje.

Quizás al intentar comprender mis sentimientos les doy más realidad y extensión de la que éstos merecen. Acaso todo sea tan simple como dejarse sentir lo que sea que en cada momento siento y no atrapar ninguna sensación dentro del contorno de las palabras, ni siquiera dentro de los marcos de la memoria. Tan simple todo como dejarle su curso a las aguas emocionales, y su paradigma a las ideas, y su campo de experiencia a las circunstancias.

Sin embargo, la Gran Inteligencia ha querido que los elementos se mezclen y se necesiten, que las aguas fluyan ligeras por una cuenca sólida, que la tierra sea fértil gracias a la lluvia, que el soplo del aire avive un fuego… que las personas nos retroalimentemos sin anegarnos ni devorarnos…

“Los límites de la realidad son los límites del lenguaje”, dice alguien; pero ahora ya no veo límites, sino Inteligencia Sensitiva entre esa mirada que define y esa realidad que se lo vive…

Subimos y caemos

Hacemos una escalera hacia nuestros cielos.
Subiendo sobre ti, y tú sobre mí, escalamos nuestras cimas.
¿En qué momento se hacen falsos los peldaños? Resbaladizos.
¿En qué mirarnos, se quiebran y resbalamos?
Tal vez nos rompemos cuando el impulso de elevarnos juntos,
de crecer en el nosotros, por encima de ti y de mí,
se detiene y acomoda un palmo más arriba del otro,
Y desde ahí caemos y caemos, muy por debajo de lo que somos…

¡Bienvenida Primavera!

En los últimos meses el tiempo se me está manifestando como un proceso que ensancha o encoge los ciclos según mi capacidad de asimilar cada transformación. Observo que la medida de mis tiempos va en función de cuánto tarda en asomar la primavera, despierta y radiante, como culminación íntima de esos procesos de indagación en el retiro interno. Como si la cueva del alma fuese el único abrazo protector cuando zarandea la tempestad y no hay más refugio que el que cada cual puede darse a sí mismo.

Por eso, ¡bienvenida siempre, Primavera! Sea cual sea el momento en el que te manifiestas, ya sea como explosión de vida que se renueva o como implosión de una dicha contenida en el letargo de toda incubación. Bienvenida eres cuando tu aliento sopla en la última fatiga, la que finalmente se rinde a lo evidente y en esa misma aceptación respira tu impulso renovador. Siempre eres, aunque no todas las miradas vean a la vez cómo extiendes tu manto de colores y fragancias en la piel de cada invierno, como si te escondieras a ratos para coser las roturas del tejido vital desgastado por el tiempo. Bienvenida siempre, porque cuando tú asomas y yo te siento, sé que ha merecido la pena el esfuerzo.

Me conduce la imagen a un encuentro en la Cerdanya donde se me entregaron varias prendas para coser. Acepté sin rechistar el encargo de pasarme una mañana haciendo zurcidos. Luego, sin embargo, agradecí por esa meditación con aguja y dedal, pues al mismo tiempo que punteaba a los lados deshilachados de cada roto, sentía que estaba cosiendo un desgarro en el tejido sutil. Hasta que llegué a una prenda cuya rotura era de tales dimensiones que pensé: “No merece la pena el esfuerzo” Fue decirlo y, como una lluvia imparable de retazos e inviernos, se me cayeron encima todos los “no merece la pena” acumulados en la memoria del tiempo.

Por eso eres bienvenida, Primavera, porque llegas a mostrarme tu manto primorosamente cosido, después de haberle encontrado a cada retal su sitio, a cada color sus matices y contrastes, a cada despojo su sentido. Gracias por la comprensión profunda que no hay un basurero donde arrojar lo que no me gusta, que nada queda fuera de mi, que todo está dentro de un mismo proceso: transformación. Pero, sobre todo, llegas para recordarme que siempre merece la pena el esfuerzo de coser en la esencia lo que el tiempo ha roto en el tejido de las relaciones.

Llegas, hoy, ahora, para regalarme este: ¡Sí! Ha merecido la alegría el desgarro, y la tempestad y el proceso, porque, en el empeño de zurcir y entender y aceptar, has podido sentir cómo el amor está bordando con hilos primorosos al otro lado del tejido que vas uniendo...