RELATOS

 

tibet Caminó por los senderos que conducían a su nuevo refugio en el corazón de la montaña. Quienes le hablaron del lugar lo hicieron en forma de elogio desmedido, pero la realidad superó su imaginación. Zoraida sabía que le esperaban cosas buenas en su recorrido, mas no tantas. La belleza derramada sobre esas tierras encogidas por el frío de enero suavizó el desasosiego de verse perdida en una encrucijada de caminos.
Finalmente encontró la casita y, poco después, a las personas que debían entregarle la llave. La llave que abría la puerta a un nuevo comienzo, una nueva vida, una nueva historia. Gente encantadora, ¿cómo podría ser de otra forma? Las hermosas pinceladas de esos parajes no podían excluirles a ellos.
La puerta se abrió y Zoraida se sintió en casa. El ambiente era frío pero sólo la visión del fuego encendido en la chimenea le caldeó los huesos y el alma. Le llamó la atención el gran ventanal, luminoso y vivo cuadro mostrándole las lomas nevadas a lo lejos, un pájaro cruzando en su vuelo la línea del horizonte. Los rayos del sol se asomaron hacia dentro de la estancia y fueron calentando lo que sería su rincón favorito. Allá se dejó caer  durante un rato sin tiempo…
El estómago le hizo señales para indicarle que, aunque su mente hubiese escapado al tiempo, no le había sucedido lo mismo al cuerpo. El hambre la movilizó hacia la búsqueda de provisiones con las que mitigar el vacío de la despensa. Caminó un kilómetro hasta el pueblecito más cercano donde, le informaron, había una tienda de comestibles. Y cargó en su mochila lo imprescindible para preparar su almuerzo; también algunas provisiones para la cena.
Le resultó fácil crear una rutina donde el tiempo no tiene que ver con el reloj sino con el movimiento acompasado de la naturaleza, con las rítmicas alternancias entre la luz y la sombra. Tenía hambre, debía ser la hora de comer. Tenía sueño, debía ser la hora de dormir. Tenía deseos de compartir, debía ser que estaba muy sola….

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