Miradas

 

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 ALEGRÍAS

Las vi asomar a través de una grieta en el cemento, como si de la oscura noche quisieran extender silenciosamente color y  belleza, fuerza y resistencia… Ese hormigón tan áspero y ¡hacía tanto calor aquél día!
Alguien las nombró como alegrías y nada me extrañó, puesto que alegran la vista y, al contemplarlas, uno siente no sé qué dicha en el alma. Las recordé adornando las fuentes que engalanan algunas plazas. Siempre me parecieron tan sencillas, entremezclándose blancas, bermellón, lilas, amarillas…
No pude resistir la tentación de arrancar un tallo que después planté en el jardín de casa. Desde allí, cada mañana, sonríen temblorosas, latiendo en la memoria de su nombre, como si diesen las gracias por un mundo lleno de armonía, donde el ruido ha sido cambiado por zumbidos de abejas y cantos de pájaros.
La vecina me dijo que se llaman petunias. Para mí siguen siendo alegrías…

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 ARCO IRIS

El arco iris se asomó a mis ojos de la infancia mientras las manos, salpicadas de acuarelas, coloreaban el mundo. ¿Cuándo perdió el paisaje sus matices y empecé yo a dibujar sombras con un lápiz de tizón? No lo sé, pero ya no queda tiempo para pensar en ello. Es hora de quitarle el polvo a mis pinceles y rescatar los colores olvidados:
Matices rosáceos que sombreen las grandes alas de la fantasía, pero esta vez menos ornamentadas por si quisieran alzar el vuelo. Un resplandor bermellón que encienda la llama de la pasión, mas no tanto que queme, no ésa que me convirtió en cenizas. Reflejos de esmeralda para que la esperanza llegue siempre a su debido tiempo. Pinceladas de añil que moteen de paz cada batalla diaria ganada.
 Y una nívea sonrisa que despida las sombras de tizón, ahora que el arco iris vuelve a pintarme con sus colores.

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CRECER

 Un cielo negro en el que estallan fuegos artificiales como diminutos puntos luminosos anteponiéndose a la oscuridad, o la página blanca de un diario adolescente que pierde su resplandor al llenarse de signos: entonces nada veía yo en ningún cielo.
Luego dejé de mirar las estrellas y dejé de escribir. Y es que la verdad asoma siempre como algo nunca visto ni descrito, en el instante mismo en que uno comprende. Como sucedió recientemente en una playa del pasado. En aquella hora crepuscular vi cómo el flujo de las olas perfilaba la bahía. Los fuegos artificiales estallaron de pronto en el cielo anunciando el comienzo de las fiestas. El inicio de otra página. Comprendí que la misma imagen de la adolescencia se me revelaba ahora con más nitidez. ¿Y no es acaso la visión, y no el paso de los años, lo que nos indica si en verdad estamos creciendo? 

 (Publicado en Antología Vivencias Orola)

www.orola.es

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INSTRUCCIÓN

¡Qué diferencia había entre el mundo que yo conocí y el que me mostró el Maestro al iniciarme en una visión tan repleta de enigmas, de velados misterios que él me enseñaba a discernir bajo la lámpara del entendimiento, siempre encendida en su presencia!
La relación  que mantuvimos me puso ante dos mundos incompatibles: el aparente y el oculto; y no fue sencillo pasar de uno a otro sin mezclar la estela de ambos. Los amigos, la familia, los compañeros de trabajo, no aceptaban la progresiva desnudez de alguien que se había disfrazado para ellos, de ellos; y, por otra parte, el Maestro no entendía que llegase a su encuentro con el ánimo confundido a causa de tantas críticas recibidas, lo cual le obligaba a hacer un preámbulo que dispusiera mi espíritu a sus enseñanzas.
Con el tiempo y la instrucción, mis dos mundos, el oculto y el aparente, se convirtieron en uno. Mas comprendí que no había dejado atrás un mundo hueco de significado para adentrarme en otro repleto de sabiduría; si es imposible desandar los pasos en el sendero espiritual, no es porque haya secretos tales que no deban ser revelados, sino, sencillamente, porque no queda nada a lo que regresar.

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MÍSTICA

En las tierras de Al-Ándalus vivía una mística cuyos métodos de enseñanza eran, cuanto menos, desconcertantes. Acogía y aconsejaba a personas de toda clase y condición. Su fama hizo que un célebre erudito la visitara y emitiese sobre ella un juicio desfavorable: “No tiene método, desconoce la tradición y admite a cualquiera en su círculo, incluso a gente de escaso entendimiento.”
– ¡Me disgusta comprobar que eres una ignorante y una embaucadora! ¿No ves que la mayoría de esta gente es necia y no llegará a nada? – la increpó el erudito.
La maestra lo miró dulcemente y respondió:
– Precisamente eso es lo que pretendo, que no lleguen a nada.
– Pero… ¿cómo?… no te comprendo –dijo el erudito.
– Tú sabes todo lo que se puede adquirir en una vida de intenso estudio. Yo les enseño lo que no se puede leer. Pero sirve para una eternidad –contestó la mística.

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VIDA

El fuego ha provocado el estallido de la unidad líquida, y millones de corpúsculos –entre ellos yo– somos arrastrados por la férvida corriente, abriéndonos paso ante una multitud de elementos extraños; obstáculos que ponen a prueba el impulso de supervivencia que todos mantenemos en común.
Somos muchos, demasiados para optar por ese único destino que nos espera al final de tan dislocante travesía. Un sola suerte para un sueño que ansía materializarse y avanza como una corriente de infinitas posibilidades de las cuales sólo una, ocasionalmente dos o tres, podrían sobrevivir al intento de despertarse en la materia. 
En rededor la muerte y la indolencia se instalan en los húmedos recovecos de este pasadizo interminable. Incontables partículas se van desprendiendo de la corriente y, adormilándose en el estancamiento, se adhieren a las zonas templadas. También yo abandonaría si no fuese porque el fluido de fuego, impetuoso a veces, comedido otras, siempre dúctil para adaptarse a los grumosos tabiques que le sirven de cauce, me empuja hacia delante.
A veces noto el ahogo, el miedo de no saber dónde estoy ni hacia dónde voy. Me rebelo. Aprendo a nadar. Quiero ser más rápido que la corriente y llegar el primero. ¡Si es que hay algún lugar al que llegar! Pero el agotamiento me sobrepasa antes de alcanzar mi propósito y, ya sin fuerzas, abandono. Acepto que yo solo no puedo. Admito que formo parte de algo que me sobrepasa, pues, como gota, no puedo sino secarme pero como unidad líquida cualquier forma es viable. En la aceptación de esa unidad esencial fluyo con la corriente: su fuerza es mi poder, su ritmo es mi cadencia, su destino es mi suerte. Cuánta paz me invade al descubrir que no depende sólo de mí, y a la vez, sin embargo, ¡cuánto de mí depende!
Embriagado de tan plena quietud, no le opongo resistencia a una fuerza extraña me atrae hacia sus dominios. Y, entonces, sin apenas procurarlo, me fundo con el óvulo que me abre sus entrañas… 

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FAMA

 Desde siempre, mucho antes de unir su vida a la de Zoraida, había algo que Airjul deseaba más que el dinero: la fama. Quizá por ello nunca puso empeño en acumular bienes, y en vano utilizó su tiempo buscando la forma de hacerse célebre. Escribió un montón de libros que nunca se publicaron; envió guiones a las productoras de cine y de teatro; incluso pintó cuadros que nadie aceptaba, ni siquiera como regalo…
Así fue cómo él y su compañera fueron quemando años y patrimonio hasta que, ya en edad avanzada, se vieron al borde de una situación aciaga.
Pero Airjul no perdía la esperanza y cada día buscaba una oportunidad entre las páginas del periódico. Y así fue que un día leyó una sorprendente noticia que aceleró sus latidos: “Una mujer reside con su perro, en total mendicidad, en el portal del edificio más céntrico de esta ciudad”
¡Por fin!, pensaba Airjul mientras se dirigía al edificio. Justo al llegar vio que un equipo de prensa ya estaba entrevistando a Zoraida.
Furioso, Airjul increpó a los periodistas:
- ¿Cómo es posible que sólo publiquen sobre ella y el perro? ¡Yo también vivo en este portal!  ¡Yo también soy noticia!

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OCUPADOS

Durante toda la existencia de Airjul, fue inútil la palabra con que todos le nombraron; la escuchó tanto en boca de familiares y amigos que su nombre quedó en el olvido. Sin embargo, él nunca se consideró un inútil por huir del trabajo y pasar su vida inventando artefactos. Cierto es que al verse tan humillado quiso ahuyentar su genialidad, pero ésta le persiguió hasta el final de sus días.
Cuando la muerte le llegó, Airjul tuvo la perversa suerte de ser conducido al Paraíso de Ocupados, donde, sin descanso, los difuntos clamaban al son de la música de las esferas:
– El trabajo nos dignifica…
– El tiempo es oro…
– Lo importante son los resultados…
Como Airjul no hallaba su nota concordante en ese coro, pronto se dirigió al Presidente del Paraíso y le dijo:
– Este cielo se ha equivocado de fichaje conmigo. Soy un inútil para el trabajo. 
– Alguna habilidad tendrás –alegó el otro.
– Sólo sé inventar cosas sin utilidad.
– Bien, pues ése será tu trabajo en este lugar.
Y así fue cómo en el Paraíso de los Ocupados pronto se vieron coches, teléfonos, ordenadores, televisiones…, y cómo los finados, por primera vez en un evo, disfrutaron de unas vacaciones.

(Publicado en la Revista Cultural LA TREGUA)

www.iespana.es/latregua

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