Los Sueños

Me ha dicho un sueño en esta madrugada, que los sueños hay que protegerlos hasta que tienen suficiente fuerza para tomar vida y vivir, para formar cuerpo en la realidad.
Los sueños toman perfil, consistencia y carácter en la oscuridad, así como la semilla en las entrañas de la tierra, o así como el bebé que se fue gestando en el vientre materno, y al que el aire solamente toca y llena y alienta a través del grito que indica: “estoy listo para vivir”.
Cuando no ha nacido el grito, cuando sólo son rumores que difundo al vaivén de los vientos, los sueños se disipan en el aire, aunque despierten ecos que responden si son creíbles o son quimeras.
Ni unos ecos ni otros dan poder a mis sueños, es menos, me confundo con tantos supuestos y suposiciones, en lugar de proteger ese peculiar sueño que trae la fortaleza necesaria para hacerme más real…

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Sueños

Sé que no es fácil tocar los sueños,
pero me resisto a pisar tanto suelo
con la punta de mis dedos.
Sí, ya sé… pero si en algún momento,
cuando menos lo espere,
me tocase un sueño con sus manos,
deseo que los límites del realismo,
o el tupido velo de las dudas,
no puedan sujetarme ni cegarme
para tomar lo que me pertenece,
sencillamente por haberlo soñado…

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La Imaginación

“Había una vez un peregrino que en su trayectoria por esos mundos encontró a tres picadores. Saludó al primero preguntándole qué hacía y éste le respondió en forma de queja:
– ¿Qué hago? Machacarme la espalda durante horas, día tras día, llueva, truene o abrase el sol. Destrozando mi vida así como se rompen estas piedras.
El peregrino se acercó al segundo picador y le hizo la misma pregunta:
– ¿Qué hago? – respondió el aludido con voz cargada de realismo – ¿Acaso no es evidente que estoy picando piedras?
Y, por último, el caminante abordó al tercer picador con la misma pregunta y éste alzó sus ojos soñadores hacia las alturas, como si pudiera ver en el aire formas ajenas a la mirada común:
– ¿Qué hago? – respondió con una sonrisa cómplice – estoy construyendo una catedral.”

Personalmente he respondido como estos picadores en distintas etapas de mi vida. Ante las evidentes preguntas que desata el dolor, el miedo o el sinsentido, me he quejado; también he sido realista y conozco de la resignación; pero, cuando veo mi particular “catedral” entre nubes y emociones, siento que cada realidad cincela una capacidad de adaptación, a la vez que cada imaginación construye su propia libertad…

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Amor por los Libros

Quizá porque esta semana seremos hiperflechados por Cupido, me he acordado esta mañana de la primera diana que hizo el arquero en mi vida, allá en la primera adolescencia. Lo confieso. Me enamoré perdidamente de los libros. Los devoraba. Sólo quería estar en sus páginas, vivir entre sus líneas, que nunca se acabara aquella historia… 
Hay recuerdos imborrables en mi niñez que se anteponen, así como la hierba aflora infatigable entre las grietas del cemento, a capas y capas de vivencias acumuladas en la memoria. La escarcha que cubría el olivar en los invernales fines de semana, el almendro vestido de blanco para recibir a la primavera, el olor a tierra mojada tras la tormenta veraniega, las hojas de otoño caídas en la vereda que conducía al colegio… Misterio de inocencia y sencillez el que se percibía en una flor, en un paisaje, en el transcurrir de los ciclos escolares.
También recuerdo el olor de los libros de texto desparramados sin orden ni concierto en la mesa de estudio, y el tacto de aquéllos otros que apilaba como un tesoro en la estantería de mi habitación. En mi mente adolescente, la literatura abrió una ventana a la que, sin que nadie me lo impusiera, quise asomarme para aprender a mirar otros paisajes, a oír otros pensamientos, a imaginar otras historias. Fueron esas lecturas las que entretejieron sueños de un mundo mejor y el interrogante de cómo soñarme a mí misma para ocupar un lugar en él. Ansias por conocer y conocerme, dudas en la incertidumbre. Y también certezas que después hube de conjugar en el tejido de mi propia existencia…

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Bordadoras de Sueños

Me conduce esta imagen a la adolescencia y a la sombra de una parra donde bordaba mi ajuar de sueños dentro de la circunferencia de un bastidor. Mientras mi madre y otras mujeres del entorno hacían zurcidos y remiendos, yo combinaba los colores y formas en la pureza de un tejido que el tiempo y la experiencia aún no habían desgastado… En la realidad de hoy me ocupo de la función que ellas me mostraran entonces, uniendo los retazos del tejido vital a través de la recapitulación y el entendimiento. Y, aunque a veces parece que los rotos del mundo se empeñan en zurcir los míos, algo que no sé definir sostiene intactos los hilos primorosos que tejen la magia de los sueños. Quizás sea la mirada inocente de esa Bordadora sin edad que todas llevamos en el corazón…

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