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Amantes y amados

La diferencia entre amarte y quererte…

Amar es una entrega sin límites ni condiciones ni exigencias.

El “querer”, sin embargo, lleva un contable incorporado que se descontrola, volviéndose incluso dañino, cuando las cuentas se pintan de rojo en su fórmula matemática, que no mágica.

La fórmula mágica dice que la vida siempre corresponde a lo que hemos entregado, pero el “querer”, tan personal y personalizado, se empeña en que la retroalimentación llegue desde ahí donde ponemos nuestros sentires.

Acaso por estos desajustes entre lo que esperamos del otro, y lo que el otro puede o quiere o le nace del alma entregarnos, es tan fácil irse del extremo del “querer” al del despecho.

Y por esto es tan interesante que la experiencia nos haga vivir en los dos lados del espejo, a veces como deudores y otras veces como acreedores. Pero ¡no nos quedemos en lo interesante! La experiencia es liberadora cuando logramos romper el cristal ilusorio de la polaridad, cuando tú y yo somos al fin como al comienzo: amantes y amados…

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Esa Mujer

Hoy me habló la Mujer de mágicos reinos escondidos bajo la piel de los seres humanos. Del valor de ensanchar los pulmones y respirar a fondo las diminutas riquezas que la vida deja al borde de cada segundo. Del calor de los corazones cuando hacen lumbre para calentar la indiferencia de algunos rincones del día… Y esa Mujer, ante todo, me transmitió la bendita sensación del espíritu que intenta recorrer, en paz, cada metro y cada paso en su afirmación por la vida, sembrando pequeñas estrellas en el camino; algunas tan diminutas que apenas se ven, pero alumbran, sobre todo cuando más necesarias son, en la oscuridad de la noche…

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El futuro al que me abro

Hay un futuro que responde a una línea interminable de repeticiones hechas en el pasado. Pero no es a este futuro hacia donde miro ahora; porque luego será lo mismo que fue antes, a no ser que ahora gire aunque sólo sea un grado en la percepción de estímulos y respuestas, de causas y efectos, de ilusiones que se desilusionan.

El futuro del que hablo, y al que me abro, me despierta desde el Recuerdo latente y no desde la memoria durmiente que adormece en su sueño. Es el Recuerdo que me hace decir lo que no sabía que yo sabía; el que me hace ver por dentro de la forma, el que roza por encima y por debajo del relieve de las cosas… el que trae la fragancia de una rosa aquí donde no hay rosas…

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Ciencia y mística

Leyendo el libro de Fritjof Capra “El Tao de la física”, detengo mi lectura en el final de un capítulo que acerca los descubrimientos recientes de la física cuántica y los planteamientos sostenidos por los místicos orientales durante miles de años.

El científico que observa las partículas atómicas en sofisticados aparatos de medición y el místico que practica técnicas de meditación para traspasar toda concepción adherida a la mente humana concluyen en el mismo punto aun habiendo recorrido diferentes vías. Esto es, la unidad indivisible que subyace en todas las formas y manifestaciones. Ambas vías, la física atómica moderna y la tradición oriental ofrecen la misma visión de la realidad última como un complicado tejido, o telaraña, de relaciones entre las diversas partes de un todo unificado. Relaciones que se alternan, superponen y combinan determinando así la textura de la totalidad…

Mi tendencia natural hacia la meditación me ha acercado desde siempre al mundo de los místicos huyendo de las abstracciones científicas. Desde hace años busco a través del acallamiento de la mente el trasfondo que da forma, sostiene y une hasta las contradicciones más evidentes. Sin embargo, he de reconocer que Capra ha conseguido atraparme en su exposición sobre los avances de la física subatómica. Al principio, me he visto como la observadora de esas partículas que constituyen el átomo. He vivido el proceso de identificación en sus probabilidades de existir o sus tendencias a ocurrir. Según los resultados de tales experimentos de medición, estas partículas no son nada si no es a través de su relación con el resto de componentes del microuniverso que las sostiene, y lo más curioso de todo es que el observador se incluye como un elemento más del proceso. Los científicos empiezan a cambiar la idea de observador por el de participe. En palabras de Heisenberg: “Lo que nosotros (los físicos) observamos no es la naturaleza misma, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogación…”

Luego, a medida que avanzo en la lectura, me he convertido en la misma partícula. Me he separado del todo que me constituye para descubrirme en mi individualidad, para finalmente comprender que no soy nada como ente aislado, sino que son mis relaciones a todos los niveles las que dejan una huella en la trama del tejido vital.

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Inteligencia Sensitiva

Creo que fue el filósofo Wittgenstein quien dijo que los límites de nuestra realidad son los límites de nuestro lenguaje.

Quizás al intentar comprender mis sentimientos les doy más realidad y extensión de la que éstos merecen. Acaso todo sea tan simple como dejarse sentir lo que sea que en cada momento siento y no atrapar ninguna sensación dentro del contorno de las palabras, ni siquiera dentro de los marcos de la memoria. Tan simple todo como dejarle su curso a las aguas emocionales, y su paradigma a las ideas, y su campo de experiencia a las circunstancias.

Sin embargo, la Gran Inteligencia ha querido que los elementos se mezclen y se necesiten, que las aguas fluyan ligeras por una cuenca sólida, que la tierra sea fértil gracias a la lluvia, que el soplo del aire avive un fuego… que las personas nos retroalimentemos sin anegarnos ni devorarnos…

“Los límites de la realidad son los límites del lenguaje”, dice alguien; pero ahora ya no veo límites, sino Inteligencia Sensitiva entre esa mirada que define y esa realidad que se lo vive…

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