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Notas Otoñales

Curiosa paradoja la que sucede cada otoño con el ajuste del horario. Me puse a pensar que le han quitado una hora de luz al día, pero luego caí en la cuenta que hubo sesenta minutos más en la madrugada. Una hora pasó dos veces por el mismo sitio mientras yo dormía tranquilamente. ¿Qué sueño repitió la mirada del tiempo? ¿Era el vuelo glorioso de un gran pájaro, quizá un paso temeroso agarrado a puentes indecisos o tal vez una pesadilla con caída al vacío? ¿En qué paisajes se anclaron de nuevo las agujas del reloj para recrear lo vivido?

Se quedan las manecillas detenidas en una percepción, atrapadas en la hora que le falta al día para caer en la cuenta que nunca estuvo ahí eso que falta, que en el pálpito de cada segundo llevo puesto todo lo que me pertenece. El instante presente es lo único que llevaré por siempre en la travesía del tiempo. Pero a veces lo olvido y necesito un minuto para acordarme. Un segundo para reconocerme. Una hora que me permita revivir un sueño y quitarle al día esos tramos donde oprime el no saber cómo, donde duele el olvido de que nunca falta lo esencial, que tan sólo me quedé atrapada en la percepción de carencia, en la hora que falta.

Una hora para repetir un sueño en la madrugada o para recrear una lectura a la luz del día. Entonces es cuando el conocimiento me lleva hacia atrás en el tiempo, de regreso a los minutos sombríos que esquivé, que quise cortar en la circunferencia del reloj, mostrándome que el hecho de conocer no me hace inmune al dolor inherente a la vida. Y ahí, en ese segundo detenido que sufría las exigencias del tiempo, he actualizado mi relación con las percepciones, con los sueños, con el conocimiento. Es por amor que vivo en el autoconocimiento. Es por puro amor que me abismo en cada caída vertiginosa hacia la raíz del sentimiento, y es así que en cada ensanchamiento de mis límites aprendo a cruzar un puente imaginario sobre el vacío, así como agradezco cuando soy tomada por el vuelo dichoso de la libertad.

Esta hora repetida no me ha dado fórmulas para resolver el siguiente minuto, mucho menos para ser voceadas en el tiempo. Nadie puede cruzar mi puente para esquivar el miedo de afrontar el suyo propio. Nadie puede tomar mis alas cuando el vuelo le alcance en el camino. Nadie tiene por qué sentir la caída al vacío en sus sueños, o cuando los pies toquen el último tramo de cada travesía, si es que hay un fin para los pasos. ¿Quién soy para vocear sobre vértigos, tormentas y vuelos gloriosos que quizá sólo yo he sentido en esta hora que le sobró a la madrugada?
Tantos espacios conquistados en el giro de la experiencia, tantas lecturas de lo vivido, cual si todo fuese una constante recapitulación de lo mismo. Hasta que de pronto asoma el anhelo renovado de una ilusión, de exponerse a corazón abierto en esos minutos que no caben en un reloj, a la vez que asoma el miedo de quedar expuestos sin una hora donde citarnos. El corazón quiere y pide hacer su travesía hacia un horizonte que acoja su latido, pero ahora ya sabemos de tormentas y tempestades, y sabemos de todas las horas que le faltan a un recorrido para ser completo, y de tantas vueltas que sobran para repetir más de lo mismo… Y aún así, pese a todo lo aprendido, volvemos una y otra vez a exponernos a la ilusión de no viajar solos, de soñar con unos ojos que nos miran y nos ven al otro lado. Pues siempre asoma un guiño entre una nube y otra, un sol radiante amanece en cada corazón que quiere vivirse su hora…

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¡Feliz Verano!

(…) En las calurosas y largas tardes de verano, hasta el aire hace la siesta en la casa de las golondrinas. El tiempo se detiene, la brisa se demora, los pájaros enmudecen sobre las ramas quietas de los árboles frutales… La luminosidad veraniega realza las formas y aviva los colores. Sólo el rosal que nadie mira pone su tonalidad mustia, aunque a nadie le pase desapercibida la fragancia que a ratos exhala sobre el entorno. Ha sido plantado en un rincón sombrío del soportal de la casa, donde las ramas espinosas se estiran hacia la claridad de los rayos del sol, que apenas las rozan.
– Abuela, ¿por qué crece tan desgarbado este rosal?
– A veces, cielo, no es por capricho lo que vive torcido y desgarbado, más bien es que el rosal está buscando la luz que nunca le ha tocado…
Extracto del libro Los Ojos de la Noche

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En el mediodía del verano

En julio el melón echa dulzor, color y sabor … (dice el refranero)

En el núcleo del verano, arde julio, intenso, caluroso, con las merecidas vacaciones por vivir, o ya disfrutadas por quienes hacen caso omiso a los refranes y gustan de degustar el frescor de un melón antes que su dulzura.
Ya está aquí julio, con su mediodía soporífero, cuando el sol se deja caer en los poros de la piel, y pesan los pasos en las aceras urbanas, y pesan los párpados, entornándose en cada mirada como cortinas que amortiguaran el exceso de luz… Ya podemos saborear las noches estivales, de verbena, de paseos a la fresca orilla de un río, o de un bulevar marítimo, cuando los pasos se aligeran de pesadez en pausada lentitud, como si se deslizaran en la humedad de la brisa, mientras los ojos se abren, sin cortinas ya, a un cielo estrellado que mira impasible por encima de las trémulas luces de neón…

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Alternancias

La meditación de esta mañana me ha conducido a esa alternancia entre vivir siendo pensada por los pensamientos del mundo o vivir inspirada por un solo pensamiento que nace a cada momento del Ser, me hace ser, y hace de cada instante lo que es…

Y al final comprendo que ese intento de buscar la verdad no es más que un constante desenmascarar cada mentira que se disfraza de mí misma…

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Entre lo sutil y lo concreto

Puedes vivir en equilibrio entre el mundo sutil y el concreto, pues ambos se sostienen en la misma Mirada. Ahí estás tú, en el perfume y en la flor, surcando senderos con la sensación de que infinitas mariposas aletean en los cielos de tu corazón, y, claro, es normal que tu razonamiento quiera atraparlas entre sus muros. Ahí ha estado siempre el asunto, dentro o fuera de tus muros. Pero ahora que has descubierto la unidad, sabes que ambos hemisferios pueden coexistir en armonía. Ya no quieres flores sin perfume ni tampoco fragancias sin jardín… // Extracto del libro Los Ojos de la Noche

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