CONTENIDOS DEL BLOG

Luz del amor

Te he visto tan lejos ya…

Como una bola de recuerdos que atraviesa el horizonte del ocaso, dejándome el fulgor de lo vivido en la memoria.

Luego vienen las penumbras de la noche y me dejo ensoñar por los días venideros que ya están pintados con los colores del reencuentro.

Pero a veces me quedo sin fuerzas y se me cae el pensamiento al otro lado del horizonte, allá en la lejanía, para beber el último resplandor que dejaste en mi recuerdo…

Y, cuando al fin te alcanzo, dudo por un instante si eres halo del crepúsculo o destello del amanecer.

Luz del amor, sin mañana ni ayer, es tu presente en mi vida…

Náufragos del viento

La vida no es una tómbola, pero a veces se presenta como algo parecido a una tómbola, donde lo aleatorio, la suerte, parece determinar en grado sumo el desenlace de acontecimientos. Sin embargo, lo que parece es sólo una apariencia.

Es simplemente que, como seres humanos, tejemos mundos complejos. Decimos que haremos tal cosa y realmente estamos pensando tal otra. Lo que anhelamos en un espacio del ser, lo hacemos naufragar en otro. Vivimos en la contradicción, y es solamente en momentos excepcionales –esos instantes unificados que nos gustaría convertir en costumbre– donde pensamos, sentimos, hablamos y vivimos en completa unidad.

El caso es que no estamos sujetos a ese mundo externo, circunstancial y contradictorio, pero en él vivimos y avanzamos. Entonces, se diría que poco hemos avanzado en lo personal, si pretendemos sujetarnos a la incertidumbre cuando el viento levanta el oleaje poniendo el caos en nuestra travesía. Cada tormenta actualiza dónde estamos situados en cada naufragio y es un gran avance –más acá de todo conocimiento y experiencias vividas– saber dónde está nuestro eje, nuestra esencia imperturbable.

Entonces la vida ya no se presenta como una tómbola sino como una gran paradoja en la cual, avanzar, es aquietar la inquietud haciéndonos unidad con el mástil esencial de nuestra nave…

Páginas perennes

Para borrar de mí las horas caducas, que caen como hojas de los árboles al llegar el invierno, he decidido registrar en cada página lo perenne.

El amor escribe con trazos suaves, ahora y a deshoras, con la frente inclinada sobre el misterio de esta página que, de tan escurridiza, nunca guarda memoria de aires que dicen y desaires que contradicen.

El blanco de la página me pide no ser tiznado de asuntos pasajeros, me dice que no convierta el arte de la escritura en un simple archivador de sucesos o en un frigorífico de circunstancias.

Y es que, si las palabras quieren, hacen oceánica a la página, mágica, ofreciendo alas a los navegantes que se le acerquen.

Pero escribir, o leerse, es algo más que un bálsamo para los viajeros o un puñado de palabras nutrientes en mitad de un desierto solitario. Todo depende de la fuerza con que la voz se levante en medio de esta página en blanco, e indague, explique, calme o sonría, abriendo la mirada a otros mundos posibles.

Me alegro entonces de no tener la suficiente memoria como para hacer un archivo de actualidad con mis escritos, porque sólo así, moviéndome sin dejar rastro, me será más fácil conseguir que la libertad encuentre siempre un lugar donde su trazo imperecedero quede impreso en las páginas de mi vida.

Ahora es siempre

Desde hace algún tiempo, la máxima “vive el presente”, flota en las mentes como una invitación a soltar el peso del pasado y la incertidumbre ante tantos posibles futuros que están por determinarse. Ante tanta complejidad, el poder del ahora reclama nuestra atención como una actitud simple. Simplicidad que deja el camino despejado, libre, abierto, al menos por cada instante que la recordamos.

Al mismo tiempo, pareciera que avanzásemos mirando por el retrovisor, aunque sólo sea para advertir que los cambios y la evolución personal siguen su curso dentro y fuera de nosotros, seamos o no conscientes de cada “ahora” que los ha propiciado. Hoy se abre la flor de este día, y no es la flor sino apreciar una fragancia lo que nos acompaña toda la vida. O viceversa, hoy el invierno no tiene tantas flores y la queja por lo que falta es el hueco que el devenir no logra colmar, por muchos jardines que el futuro traiga consigo.

Desde esta perspectiva, cada actitud ante los hechos del hoy tiene una consecuencia en el ahora, pero también tiene efectos en el futuro de cualquier día indeterminado. Es decir, sin entrar en análisis minuciosos, sin necesidad de nuevos despliegues de energía personal, hoy, con la propia cualidad de ser acordes con lo que el momento nos pide, hacemos la siembra de armonía para lo que sea que el mañana nos presente. Y éste va siendo el tejido de esa maestría sin maestría hacia nosotros mismos, como aprendices del vivir.

Despreocupación entonces por lo que traerá el futuro y atención a la sustancia con la cual abonamos cada presente. Esas nuevas realidades posibles pueden ser más o menos satisfactorias, pero si no perdemos el poder del instante, la fuerza de cada “ahora”, hay una conquista de espacios, de seguridad íntima, de consistencia, de enraizamiento que entrega su savia a cualesquiera que sean las circunstancias venideras.

Por esto digo que es importante cómo afrontamos este “Ahora”, ya que es una decisión que, independientemente de los cambios que se manifiesten, influye para toda una vida en la cual, la transformación, es lo único que permanece por siempre.

Relaciones vivas

En la receptividad o las puertas abiertas de la bienvenida, del encuentro, está la alegría, el gozo del reconocimiento; y en lo incondicional está el origen donde brota la felicidad porque algo vivo se adentra en tu vida.

Cada relación que despierta es un nuevo instante de felicidad y reestructuración personal. La alegría mana del núcleo y llega hasta otro núcleo. Luego serán los avatares de la experiencia los que escriban la biografía de los hechos, pero en la esencia del relato está la materia esencial.

Esta materia sustancial expresa tranquilidad dentro de la euforia, júbilo sin alterar los nervios, animosidad sin soltar los estribos, emoción sin perder la cabeza. Prima la incondicional alegría, que es responsable porque sabe que lo descubierto es poco, frente a lo que queda por descubrir. Está todo por construirse y nada se da por hecho.

Comprenderse es un camino que avanza dentro del sí mism@. Comprender a quien amas es un camino que se adentra en las profundidades de otro ser, hasta llegar a un punto en que quizá puede detenerse (también ser reemprendido en otro momento). Es un camino del día a día donde se van ganando, no se sabe bien qué, si paciencia, superación, conocimiento… Pero, sin duda, se va haciendo más sólido y más real, tanto el sentimiento como la vivencia que el sentir lleva consigo. Realidad que va de la esencia a la superficie, como la lava de los volcanes que va saliendo del núcleo. Es una experiencia viva, que remueve emociones y sentires por dentro, que no deja indiferente, igual a la entrada que a la salida.

Y cada nuevo trayecto de cada relación trae paisajes nuevos y experiencia renovada, que van despertando a otros horizontes. O también se podría decir que va agrandándose el mundo conocido. Nos hemos traspasado hasta encontrarnos en la esencia, en el núcleo, y hacemos viaje hacia la corteza terrestre, la superficie, aquí donde vivimos con los pies en la tierra, la cabeza apuntando al azul del cielo. Tierra, agua, atmósfera, sol… el gran universo de relaciones vivas alrededor nuestro y de puertas para adentro.