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Las cosas cambian

Cambian las cosas en la medida en que cambia el lugar desde donde las percibo.
Cuando miro y siento la vida a través de un cristal sombrío, las cosas me parecen sombras. E incluso parece que la sombra y la oscuridad quieren eternizarse en esa percepción, que nunca llegarán esos cambios que darán luz a lo que hoy es una sombra cristalizada en la mirada.
Por el contrario, cuando siento las fuerzas del corazón, me refiero a esas fuerzas que nacen de adentro y encuentran a su paso millones de motivos para vivir, aunque ninguno prima sobre otro, pues todos son importantes y todos tienen pleno significado; cuando percibo desde esa vitalidad, siento la luz y veo que alrededor las cosas adquieren infinitas tonalidades, como si el impulso interno estuviera plenamente armonizado con la respuesta del exterior. Entonces ya no lo pienso y, sin embargo, noto que las cosas van, y van a otro color.
En fin, yo tan sólo digo que las cosas están cambiando por detrás de cada mirada cristalizada. Y me afirmo en esta percepción: las cosas siempre cambian. Y la naturaleza de las cosas vivas es cambiar siempre a mejor…

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Diga lo que diga…

Diga de lo que diga, es intrascendente. Todo está dicho.
Hablo pues de cualquier cosa, por ejemplo, de un rato bajo la sombra de un árbol, o puedo hablar de caminos que salen de cualquier parte y, caminando por ellos, no sabes si es el camino quien se desplaza hacia atrás o si son tus propios pies los que avanzan.
De sendas, de piedras…, de una golondrina escribiendo su vuelo sobre la página azul del cielo.
Puedo hablar o hacer silencio, y las cosas seguirán siendo.
Me siento en una piedra y escucho la vecindad del viento, el movimiento de la retama, el temblor brillante en las hojas del árbol que me da sombra. Son lo que son aunque las palabras no toquen su existencia. Y, aún así, bendito don del lenguaje y de la comunicación, cuando en el camino te encuentra un diccionario que reúne el mundo y sus significados con palabras impresas sobre el papel blanco.
Abro el libro o, mejor dicho, él me es abierto con el impulso del viento de la tarde, por la eme, Magia, aquí viene la palabra.
Y después escribo estas líneas…

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Como decíamos ayer…

… llega el otoño con sus dorados paisajes, invitando al disfrute de ese sol-y-sombra que no necesita de aires acondicionados ni calefacciones en la naturalidad de nuestras rutinas recuperadas. Y qué adiós puede hacerse en esta bienvenida de estación que no sea quitarse las gafas de sol y ver las cosas sin más filtros que los que cada cual lleva en su mirada, notando de común que ya no escuece en los ojos la luz de los colores que nos circundan.

Y atrás, o al fondo, queda un verano de ritmos rápidos, de actividades a ras de suelo en los sótanos del sistema, o tras el telón de esos escenarios idílicos para las vacaciones y el descanso. Un verano que me invitó a bajar de mi nube de palabras y entrar de nuevo en ese gran puchero sistemático donde los ingredientes del ser humano se cuecen a altas temperaturas, entrechocándose en su ebullición, y en el cual, si se tolera la presión, surge también la sustancia que nutre el propósito de seguir viviendo pese a todo y con todo lo que vivir significa.

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¡Feliz Verano!

Deseo un verano fresquito para tod@s.
Nos reencontramos con los colores del otoño.

… Y, en fin, ya sabemos que no hace falta pedir al Sol que alumbre nuestros quehaceres y descansos; lo que sí, si fuese demasiado (digo el calor, o el trabajo o el recreo), que siempre haya una fuente o una suerte o un sombrero de nubes con lluvia de ideas renovadoras …

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De arenas y olas

A veces el viento trae ráfagas que humedecen la sequedad de mis arenas. Y yo dejo que sean lo que son, emociones que quieren vivirse, tocar eso que anhelan. Permito que las espumas dibujen otras formas inventadas por las olas, en este abrazo de lo potencial a lo concreto, del sentimiento a las ideas..

  • «Soy un océano enamorado de una playa» – canta la marea.
  • «Y yo soy la apariencia de un rostro, el continente de una dicha, la arena del tiempo. En realidad somos todos el gozo de amar en la amplitud de los espacios, todos vibrantes, todos renovándose…» – dice el pensamiento humedecido.
  • ¡Ay! – rompe la ola con fuerza – Pero «Todo» es esta orilla donde ahora entro para hollar esta misma playa desde unos pies descalzos y verme en los ojos de un rostro concreto, sintiéndome salada en sus labios…
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