El preciso instante

Tardamos una barbaridad de tiempo en aprender a vivir, a sentir, a percibir el preciso instante que estamos viviendo.
Situamos nuestro enfoque, bien en los recuerdos del pasado, bien en las ilusiones o expectativas del futuro.
Y al presente lo dejamos de lado, aparcado cual si fuera un auto, conduciéndonos mentalmente por delante del propio ritmo, del propio tiempo; por encima o por debajo del combustible real, de las fuerzas con las que contamos.
El caso es que no es un problema de hacer o no hacer las cosas correctamente.
Ni siquiera es una cuestión filosófica o abstracta de vivir en la eterna pregunta combinando sus infinitas réplicas.
Es en el contexto personal de cada vida, donde encontramos ese conjunto de respuestas, que son respuestas básicas para cada cual, porque llevan consigo la clave de quién y cómo soy ante la sencillez, naturaleza y naturalidad de la vida diaria, cotidiana, corriente… y tan presente en cada preciso instante.

Vacuidad

A veces quisiera dar un salto y ponerme en las cimas del ser,
donde el pensamiento y el sentimiento expresan lo mismo,
pero sé que, aunque por instantes lo consiga,
son los pasos y el recorrido los que desarrollan la voluntad
y consistencia de seguir avanzando sobre la invisible línea
que nos sostiene entre un lado y otro de la vacuidad…

El latido del tiempo

En la niñez percibía el tiempo como un pálpito imparable que se acompasaba con el latido del corazón. Tic tac… Tic tac… pulsaban los colores del primer reloj en mi oído y, mirando las manecillas que recorrían su circunferencia, trataba de entender los distintos ritmos en cada una de ellas. La aguja de los segundos, la de los minutos, la de las horas.
Después el tiempo salió de la circunferencia primaveral y fue ensanchando sus ciclos en el calendario de los días, trimestres, años, trasladándome a este momento en el que varias décadas quedaron atrás; a esta estación en la cual “el antes” se pone delante cuando veo en el arcén un reloj de colores chillones que una niña pelirroja acerca a su oído. Es ella y soy yo. Es el mismo espacio de inocencia expectante que nos vive desde fuera del tiempo, mientras ambas sentimos el pálpito de cada segundo.
La imagen activa historias dormidas. Un recuerdo se despierta y me encuentra en este presente con la percepción renovada, concentrando en un instante lo que fui, lo que soy, y el recorrido que me condujo hasta aquí. Algo así como si las horas estuviesen fabricando un camino visible y, a la vez, un tiempo fuera del tiempo. Pues qué sería un segundo si no llevase en sí mismo el primer y el último aliento, la muerte y el nacimiento, la escurridiza frontera entre lo vivido y el porvenir.
También un minuto puede determinar un antes y un después. El último minuto antes de que el tren arranque en un viaje de muchas horas que conducen a una estación en la cual los años atrapan. ¿Faltó ese minuto y perduró el antes? O acaso sobró el tiempo pero en el último momento huyó el coraje de cruzar el andén y subir al vagón. El latido del tiempo puede romper cada historia en dos, en lo que podría haber sido y no existe; en lo que sigue siendo y va definiendo, de entre todas, la única posibilidad para ser lo que soy.

Desde más adentro

Más adentro del cuenco de cuarzo o el tambor hay un sonido, y más adentro del sonido hay un latido que nace y a la vez resuena en diferentes espacios de la conciencia individual o colectiva. Más adentro de las culturas, geografías y tradiciones en que se manifiesta un pueblo hay una Inteligencia que equilibra, perpetúa y transforma la sustancia energética de la que están hechas todas las cosas, y lo hace desde más adentro de la forma. Más adentro de los “ropajes” que nos visten en el día a día, y con los que se ha identificado nuestra persona, cultura o espacio, hay un corazón que vibra con el mantra y con el ícaro, con la música de las esferas y el estruendo de la tormenta, porque reconoce el sonido de lo auténtico y sólo la verdad le despierta y regenera… Y más adentro de ese corazón hay una Mirada que ve y entiende, y desde ese saber directo cohesiona los fragmentos de la realidad que se quedaron atrapados en sí mismos, ajenos al latido que sustenta todas las “verdades”…
El círculo que une los extremos y polaridades es tan complejo para la mente humana como sencillo para el corazón: para mirar desde más adentro, uno tiene que ver lo de más allá -lo otro, al otro-, en sí mismo…

 Girasoles al Amanecer en Tu Espacio Vital – Priego de Córdoba

¡¡¡Gracias, amigas, por la confianza, la receptividad y el espacio que nos permitió escribir una nueva página!!!

Sonidos y Resonancias

Más adentro del cuenco de cuarzo o el tambor hay un sonido, y más adentro del sonido hay un latido que nace y a la vez resuena en diferentes espacios de la conciencia individual o colectiva. Más adentro de las culturas, geografías y tradiciones en que se manifiesta un pueblo hay una Inteligencia que equilibra, perpetúa y transforma la sustancia energética de la que están hechas todas las cosas, y lo hace desde más adentro de la forma. Más adentro de los “ropajes” que nos visten en el día a día, y con los que se ha identificado nuestra persona, cultura o espacio, hay un corazón que vibra con el mantra y con el ícaro, con la música de las esferas y el estruendo de la tormenta, porque reconoce el sonido de lo auténtico y sólo la verdad le despierta y regenera… Y más adentro de ese corazón hay una Mirada que ve y entiende, y desde ese saber directo cohesiona los fragmentos de la realidad que se quedaron atrapados en sí mismos, ajenos al latido que sustenta todas las “verdades”…
El círculo que une los extremos y polaridades es tan complejo para la mente humana como sencillo para el corazón: para mirar desde más adentro, uno tiene que ver lo de más allá -lo otro, al otro-, en sí mismo…

Encuentro en Parc de Puigterrà – Manresa

¡¡¡Gracias, amig@s, por asomar como rayos de sol después de la tormenta!!!