Hay poemas…

Hay poemas resplandecientes y otros cansados, poemas largos, poemas con polvo… Todos ellos me enseñan paisajes de la vida, relieves del ser.

En el levante traza el sol una estrofa de radiante esperanza, y luego escribe una línea con letras de melancolía por el horizonte de un ocaso.

Las nubes dejan caer una rima de lluvia y el viento responde levantando nubes de polvo en palabras secas que quieren mojarse.

A veces el día es una poesía demasiado larga que nos deja sin aliento para saborear el último verso o el primer beso.

Hay poemas a destiempo, poemas tristes, poemas con un grito en su trazo cadencioso… Todos ellos me enseñan panoramas del amor…

De día y de noche

Vestida de amanecer, llamé a la puerta del crepúsculo y entré en tu noche oscura.
Tanto me ensimismé con tu misterio, que no me di cuenta cómo el ocaso llegaba con su manto de brumas.
Luego, en algún segundo sin tiempo, recordaste el llamado de la alborada, y te fuiste haciendo día, cubriéndote de sol.
Con el tiempo he aprendido yo, despierta en la noche profunda, a vestirme de ti, de estrellas y de luna…

Saber sin saberlo

Yo no diré que conozco a Dios.
Prefiero hablar sólo de lo que sé,
que es decir algo y es decir nada.
O decir palabras que se miran y se abrazan en infinitas soledades.
O decir miradas que ansían derramarse en otra piel, otros labios, otro cuerpo.
Por eso prefiero decir mirándote, y no sentir distancias entre tu boca y la mía, ni entre tu voz y la mía, ni entre tu cuerpo y el mío.
Será que, sin saberlo, nací contigo y te olvidé pasando el tiempo.
Yo no diré que te conozco ¡oh Dios!
Pero ahora que te encuentro, me digo así, en silencio, con mis ojos en tus ojos, que no quiero perderte ni olvidarte.
Y grabo tu piel en mi pecho, y el calor de tu abrazo, y contigo salgo a la calle y me repito que el mundo es otro, que ya no es el mismo, porque recobré la memoria de tu carne…

De arenas y olas

A veces el viento trae ráfagas que humedecen la sequedad de mis arenas. Y yo dejo que sean lo que son, emociones que quieren vivirse, tocar eso que anhelan. Permito que las espumas dibujen otras formas inventadas por las olas, en este abrazo de lo potencial a lo concreto, del sentimiento a las ideas..

  • «Soy un océano enamorado de una playa» – canta la marea.
  • «Y yo soy la apariencia de un rostro, el continente de una dicha, la arena del tiempo. En realidad somos todos el gozo de amar en la amplitud de los espacios, todos vibrantes, todos renovándose…» – dice el pensamiento humedecido.
  • ¡Ay! – rompe la ola con fuerza – Pero «Todo» es esta orilla donde ahora entro para hollar esta misma playa desde unos pies descalzos y verme en los ojos de un rostro concreto, sintiéndome salada en sus labios…

El fruto invisible

Hasta dónde pueden extenderse las ramas, y no dejar de ser raíz, por descubrir otro fruto invisible meciéndose en un soplo de viento.

Hasta que el aire se detiene en la dulzura de una mirada; entonces el fruto es deleite en el paladar del alma, y es savia que estremece al árbol dormido en la áspera corteza de un tronco…