Historia de un caballo

Me contaron hace poco sobre la feliz recuperación que el magnífico ejercicio de escribir ejerció sobre un loco internado muchos años en un manicomio.
Un día se acerca nuestro amigo al despacho del director para informarle que, en su opinión, se percibe a sí mismo completamente cuerdo, después de haber tomado la sabia decisión de escribir un libro.
El director, interesado y atento, le pregunta por el título del libro, a lo cual el loco responde: “Historia de un caballo”
El director le anima a escribirlo, pidiéndole que, una vez terminado, vuelvan a encontrarse.
Seis meses más tarde, el loco vuelve al despacho del director para comunicarle que ya está terminado el libro y se puede proceder a su lectura.
El director, complacido, ve caer sobre la mesa un manuscrito de 587 páginas. Toma el tocho en sus manos y comienza a leer.
Título: Historia de un caballo
Autor: Un loco cualquiera (felizmente curado)
Prólogo: Más rápido que el viento
Primera página: tracatrá
Segunda página: tracatrá tracatrá.
Tercera página: tracatrá tracatrá tracatrá
Cuarta página: tracatrá tracatrá tracatrá tracatrá
Así, hasta llegar a la penúltima página del gran volumen. Pero, antes de pasar a la página 587, el director mira fijamente a los ojos del loco y le pregunta: “¿Cómo termina esta historia?”
A lo cual, felizmente curado, responde el autor: “Sooooooooo”

El diario de Blanca

He perdido la noción de los días, meses, quizás años, que llevo vagando por esta orilla del río. Ni siquiera recuerdo ya en qué momento perdí la esperanza de que alguien me adoptase en el seno de una familia y, tramo a tramo, hube de aceptar mi irremediable destino de vagabunda.

Las gentes que encontré, me fueron echando de cada sitio donde buscaba arrimo con ansias de un bocado que colmase, al menos en parte, el desgarrador hueco que desde siempre araña mi estómago. Tal vez fuera pedir demasiado una mirada de afecto que acariciase las llagas de mi alma. Los bocados los tuve que robar a hurtadillas, y el cariño jamás lo vi en esas manos castigadas por el sol que laboran la tierra, ni en esos ojos resecos que hurgan entre las nubes una lluvia fina que fecunde las cosechas. Muy por el contrario, recogí el mismo grito de diferentes labios –“largo de aquí, chucho”–, a veces un golpe desprevenido y en ocasiones alguna pedrada. Y así fui avanzando desde el nacimiento del río -donde debieron abandonarme cuando apenas era un cachorrillo-, empujada siempre por el rechazo de aquellos que no querían ver mis huellas en sus cultivos, ni ante su vista mi figura andrajosa, convertida en albergue para los insectos y parásitos oportunistas.

Muchas veces, sobre todo en mis momentos más lamentables, me pregunté qué habría sido de mi vida si en vez de avanzar por esta orilla del río hubiese elegido la otra. Este planteamiento me hizo buscar un vado por donde cruzar al otro lado, en el intento de cambiar mi suerte. Pero el río es ancho y caudaloso, motivo por el que aún no he conseguido vadearlo. No, no me atrevo con esta corriente. Lo cual no significa que me haya resignado a tan errático destino, sino que espero el momento propicio que cambie mi estrella de una vez por siempre. En algún sitio debe hallarse la pasarela que cambie mi suerte, y ha sido su búsqueda la causante de todas mis desdichas, aunque, también tengo que reconocerlo, a ese sueño de alcanzarla le debo el aprendizaje que me hace superar las duras pruebas que constantemente impone la Naturaleza.

Cuando llegué a este tramo de la vega, donde ahora puedo ladrar mis memorias, el huerto estaba deshabitado. Sólo algunos días, por momentos que me parecían fugaces, acudía una pareja de ancianos que faenaban con presteza y se iban rápido con el capacho cargado de hortalizas. Quizá fuera por eso de las prisas que ni siquiera tuvieron tiempo de fijarse en mi presencia, y tal vez fuese por sus breves visitas que yo me acostumbré a vivir al descubierto, sin la tensión que siempre me han impuesto los propietarios de estos campos. Lo que sí está claro es que fue la ausencia de sobresaltos la que me hizo ganar algunos kilos, ya que mi barriga sigue haciendo los mismos ruidos de siempre. Es el dragón del hambre creciendo en mis entrañas, hasta hacerse tan grande que todavía no hallo forma ni opípara comida que por completo lo sacie.

Las características de esta huerta me invitaron a hacer un paréntesis en mi etapa errante. Y ha sido al detenerme cuando he podido apreciar el movimiento en las cosas que a simple vista me parecían congeladas en el tiempo. La hierba, el río, los árboles, la tierra, siempre están ahí, nunca se movieron de su sitio como puedo hacerlo yo y, sin embargo, ahora aprecio el constante cambio que hormiguea en lo estático. En la soledad de este huerto he aprendido a estirarme para coger el fruto que el árbol aún no quiere soltar. Fruto amargo en comparación con aquél otro que las ramas me regalaron en el momento justo, y del que hasta mi dragón interno se ha deleitado con el dulzor de su jugo.

Aquí mi única distracción consiste en observar el ciclo natural de todos los seres que me rodean. Nacen, crecen, dejan su semilla y desaparecen. Sin embargo, algo raro me pasa por contraste con estos entes. Sé que no puedo crecer más, y quizá por eso me estiro para alcanzar esos espacios que la vida le ha vetado a mi diminuta naturaleza. Estirarme para descubrir el vergel que intuyo en la otra orilla y, aunque no puedo cruzar el río, reconocer sus frutos en este lado. Y así ha sido que he aprendido de lo minúsculo que es el ciclo de una flor, un insecto o una mariposa. He observado cómo se ensanchan los ciclos en los que el viento se detiene y deja reposar el calor hasta que la tierra baldía grita a lo alto su ruego reseco; o aquéllos en los que el cielo sopla su hálito frío y la lluvia se congela antes de llegar al suelo.

En este retiro pasé uno de esos grandes ciclos en que los sudores dieron paso a las tiriteras, que a su vez se calmaron cuando el campo recuperó los colores de la primavera. La buena nueva la trajo una pareja de golondrinas que empezó a acumular barro para construir su nido en el tejado de la casa. Cuando la hembra revistió el interior con hierba y plumas, pensé que era el momento ideal para retomar el destino errante que había sido interrumpido casi un año antes. Y ya me alejaba siguiendo el curso del río, cuando el estruendo de unos ladridos retumbó en el lugar.

Entonces le vi, tan negro, tan guapo. Responde y obedece al nombre de Airjul. Es sorprendente lo que me ha pasado. De repente la otra orilla se ha convertido en ésta. Ya no busco el puente ni la pasarela, pues con el amor de un perro labrador puedo volar a donde sea…

Ocupados

Durante toda la existencia de Airjul, fue «inútil» la palabra con que todos le nombraron; la escuchó tanto en boca de familiares y amigos que su nombre quedó en el olvido. Sin embargo, él nunca se consideró un inútil por huir del trabajo y pasar su vida inventando artefactos. Cierto es que al verse tan humillado quiso ahuyentar su genialidad, pero ésta le persiguió hasta el final de sus días.
Cuando la muerte le llegó, Airjul tuvo la perversa suerte de ser conducido al Paraíso de los Ocupados, donde, sin descanso, los difuntos clamaban al son de la música de las esferas:
– El trabajo nos dignifica…
– El tiempo es oro…
– Lo importante son los resultados…
Como Airjul no hallaba su nota concordante en ese coro, pronto se dirigió al Presidente del Paraíso y le dijo:
– Este cielo se ha equivocado de fichaje conmigo. Soy un inútil para el trabajo.
– Alguna habilidad tendrás –alegó el otro.
– Sólo sé inventar cosas sin utilidad.
– Bien, pues ése será tu trabajo en este lugar.
Y así fue cómo en el Paraíso de los Ocupados pronto se vieron coches, teléfonos, ordenadores, televisiones…, y cómo los finados, por primera vez en un evo, disfrutaron de unas vacaciones.

Un cuento de agradecimiento

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El día vino como Los Reyes Magos, cargadito de regalos. Como dijo María (cuando nos cantó con toda su gracia “Los campanilleros”): todos los días son un nacimiento de la luz, y cualquier momento es bueno para cantar un villancico si nos pone en esa disposición de sentir y acoger la fuerza de lo naciente. Gracias a tod@s, de corazón, por tantos regalos que habéis traído a este Encuentro… Podría escribir páginas y páginas reconociendo los “guiños” que el Universo hace a través de vuestras miradas, de vuestros gestos, de vuestra presencia, pero, quizás porque hoy está lloviendo y he pensado en el fuego, os quiero compartir, así a modo de cuento, el significado de un regalo en concreto:
Unas noches antes del equinoccio de otoño había soñado con un fuego que se apagaba y, ahí dentro de la ensoñación me veía a mí misma sentada, encogida, sin más leña que ofrecer a las llamas, contemplando con frío en el alma cómo el manto gris de las cenizas iba comiéndose el fulgor del rescoldo último. Es de una impotencia desoladora ver que una lumbre se apaga y no puedes hacer nada para avivarla. Recuerdo que cuando ya me había rendido a la evidencia de que no depende de mí que arda lo que ha de apagarse ahí al lado, en el mismo sueño me nació la voluntad de prender el fuego ahí dentro de mí, soplarle a la llama en mi corazón. Y así fue que en un tiempo sin tiempo dancé a la noche glacial como si yo misma fuese un fuego encendido. Entonces amaneció…
Por eso, Rosa, aunque me resistí a aceptarlo porque no tengo una pared donde luzca tu arte en todo su esplendor, reconocí la esencia y el significado del gran regalo que has traído contigo. Fue como si en el lienzo hubieses plasmado la intensidad y el calor de esa mujer de fuego que percibí en mis sueños. Fue como si el día me hiciera un guiño a través de esa imagen. Fue como si hubieras pintado mi sueño. Gracias por borrar las cenizas con la magia de tus pinceles y mostrarme que no importa si no hay leña, pues están los colores, la poesía y el amor que mantienen encendida la llama en nuestros corazones.
¡Gracias, Rosa! Aquí te comparto el texto que me inspiró tu taller de ArteTerapia… Hoy es Siempre Todavía
Flor del aire eres,
libertad en tus alas llevas,
luz de colores es tu vuelo,
aleteo de dicha en el corazón.
Nota 1: Para quienes estáis leyendo este cuento, deciros que si algún día os queréis hacer un regalo mágico, que os pongáis en contacto con Rosa Lopez. Seguro que sus pinceles encenderán todos los colores que lleváis en el alma. Hoy es Siempre Todavía

Nota 2: ¡¡¡Gracias a tod@s!!! Maribel, Agustí, Mercedes, Pedro, Montserrat, Michel, María José, Antonio, Sonia, Eusebi, Elvi, Rosa, María… 

Un cuento de verano

Me cuentan las estrellas que, mucho antes de que la Naturaleza desplegase sus fuerzas en el ser humano, convivieron en  una montaña de este planeta un dragón, una serpiente y un águila. La relación entre los tres seres fue armoniosa mientras cada cual ocupó su lugar sin pretender ser el otro ni coartar la identidad ajena. Pero sucedió que un día la serpiente sintió la hartura infinita de arrastrarse sin tregua por la piel de la tierra y, contemplando un vuelo glorioso, tuvo envidia de las alas del águila. Consciente de que el gran pájaro no le entregaría nunca su fuego, el reptil se deslizó hasta las entrañas de la montaña para buscar la fuerza que necesitaba. Allí encontró al dragón que, ni harto ni pretencioso, dormitaba en la quietud de sus dominios y, suministrándole el reptil grandes dosis del conocimiento acumulado en la superficie, le despertó del ensueño profundo.
Cuentan las estrellas que la montaña entera tembló, y hasta se partió en dos cuando despertó iracundo el dragón, consciente ahora, eso sí, de su encierro ignorante que estaba siendo ilustrado por una serpiente envidiosa. Desde las alturas del vuelo, sin embargo, los ojos del águila contemplaron dos lenguas comunicándose, una lanzaba fuego y la otra veneno. Pero el corazón del pájaro bebió únicamente de la fuerza y el conocimiento, trazándole un nuevo signo a la página azul del cielo…

En Tetería Ararat
C/ Alfredo Nobel nº 8 – Málaga

¡¡¡Gracias, amig@s, por ese rato tan entrañable que generó vuestra presencia!!!