Ocupados

Durante toda la existencia de Airjul, fue “inútil” la palabra con que todos le nombraron; la escuchó tanto en boca de familiares y amigos que su nombre quedó en el olvido. Sin embargo, él nunca se consideró un inútil por huir del trabajo y pasar su vida inventando artefactos. Cierto es que al verse tan humillado quiso ahuyentar su genialidad, pero ésta le persiguió hasta el final de sus días.
Cuando la muerte le llegó, Airjul tuvo la perversa suerte de ser conducido al Paraíso de los Ocupados, donde, sin descanso, los difuntos clamaban al son de la música de las esferas:
– El trabajo nos dignifica…
– El tiempo es oro…
– Lo importante son los resultados…
Como Airjul no hallaba su nota concordante en ese coro, pronto se dirigió al Presidente del Paraíso y le dijo:
– Este cielo se ha equivocado de fichaje conmigo. Soy un inútil para el trabajo.
– Alguna habilidad tendrás –alegó el otro.
– Sólo sé inventar cosas sin utilidad.
– Bien, pues ése será tu trabajo en este lugar.
Y así fue cómo en el Paraíso de los Ocupados pronto se vieron coches, teléfonos, ordenadores, televisiones…, y cómo los finados, por primera vez en un evo, disfrutaron de unas vacaciones.

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El canto de ambos

Sus cantos son el mismo canto
pero ambos cantan a libertades distintas.
El uno vuela libre sobre el bosque del mundo. Le interesan todos sus recovecos, formas y habitantes. Todo ello da cuerpo a su amplitud de miras, y quizá por esto mismo desiste él de atraparse en el espacio que abarca una simple mirada, pues no hay rincón en el bosque donde quepa todo el bosque. Su naturaleza es visionar desde las alturas. No puede echar raíces en el terreno porque sus ojos piden visión y sus alas quieren vuelo.
La otra camina a su antojo en los límites del bosque, sin dejar que la frondosidad de éste atrape su atención. Mientras el viento sigue silbando los murmullos del mundo, ella peregrina sin rumbo sobre el desierto colindante y desconocido, buscando en el silencio de las arenas, cual si éstas fueran una página blanca donde escriben los pasos. Se dirige hacia un oasis que ha vislumbrado a lo lejos, pero a veces se equivoca de norte y despierta su sueño en la espesura y el ruido. Otras veces consigue alejarse lo suficiente… Silencio… Ahí nace un nuevo canto y, como una niña con zapatos recién estrenados, se lo ofrenda a las criaturas del bosque.
Sus cantos son el mismo canto… pero nacen de distintos espacios.
El oteador ha visto a la peregrina allá donde no alcanzan los ojos del mundo. Se hacen amigos. ¡Es tan difícil encontrar amigos en el cielo y en el desierto!
– ¿Adónde vas, caperucita?
– Al Oasis de mis sueños. ¿Vienes conmigo?
– ¡Claro! Contigo sí, porque si has llegado hasta aquí es que eres confiable
– No sé si soy confiable, pero yo confío
– ¿Y cómo es ese oasis?
– Todavía no tiene palabras
– Pues te dejo las mías que yo sé de gestión y sostenibilidad
– ¡Qué bien! Encontré a alguien que puede definir mi Oasis –canta feliz la peregrina.
El oteador se pone manos a la obra y conjuga los elementos que conoce del bosque, que son casi todos como corresponde a todo buen avistador. Recursos humanos, subvenciones, relieves geográficos, plan de trabajo…. Entre tanto, van dialogando él y ella para conocerse mejor. Emergen otras conexiones en la comunicación: espirales, números, ejes, energía, vibración… Así se viven y alimentan el cuento, hasta que el hilo narrador se rompe con la voz del realismo.
– Utopías, espejismos -dice el águila desde las alturas-. No tiene sentido un oasis entre la floresta, ni es posible plantarlo en una nube. ¿Cómo injertamos una parcela de bosque en el desierto?
– En realidad, no es cuestión de cielo o bosque o desierto–responde la peregrina– El Oasis no está en una geografía, sino en la dimensión que esta relación puede aportarnos.
El vuelo de él ensancha el horizonte de la otra. En el sueño de ella echa raíces el anhelo del otro. Desde la unión aceptan ambos sus particularidades, dejando cada vez más espacio a lo latente, a lo que empieza a tomar forma en la timidez de un balbuceo. Nace así una expresión inédita e inocente, ajena al pasado de él y de ella. Un nuevo canto emerge en cada presente que los hace presentes, entonando una libertad inédita que ahora es definida por ambos.

Publicado en la Revista La Tregua

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Referentes en la Lectura

En la más remota Antigüedad, el analfabeto primero no sabía leer ni escribir, pero sabía contar. Era el depositario y transmisor de la tradición oral y, por lo tanto, el inventor de los mitos y leyendas. Las culturas de todos los tiempos tuvieron deseos de contar sus vidas y experiencias, así como los adultos tuvieron la necesidad de transmitir su sabiduría a los más jóvenes para conservar sus tradiciones y su idioma, o para enseñarles a respetar las normas ético-morales establecidas por cada pueblo, ya que los valores del bien y del mal eran representados por los personajes que emergían de la propia fantasía popular. Es decir, en una época primitiva en la que los hombres, por vía oral y de generación en generación, se transmitían sus observaciones, impresiones o recuerdos, los personajes de los cuentos eran los portadores del pensamiento y el sentimiento colectivo. De ahí la importancia de los cuentos que leemos a temprana edad –cuando aún somos analfabetos en el vasto océano de saberes que luego habremos de asumir o rechazar–, puesto que son esos seres extraordinarios los que dejarán en nuestra alma el referente más puro y nítido de valores, sentires y cualidades que cada cual desarrollará a lo largo de su existencia. No cabe duda de que es en esas primeras lecturas cuando, atrevimiento y miedo, malicia y nobleza, traba e ingenio, encarnan las imágenes que por siempre animarán el Gran Cuento que dejaremos escrito en nuestra historia particular y colectiva.

De los incontables libros que he leído en el transcurso de mi vida, apenas si recuerdo títulos, tramas, ni autores, pero sí permanece nítida en mi memoria la emoción que sentí ante el primer cuento que me hizo llorar. Fue aquél que desató un nudo en mi garganta y a través del cual la palabra escrita me transmitió, por vez primera, un sentir ajeno en una imagen que hice mía. Sucedió antes de cruzar la franja que separa la niñez de la adolescencia y aún puedo rememorar los estantes de la antigua Biblioteca del pueblo, donde tomé prestado el libro, o el color amarillento de sus páginas desgastadas por el tiempo y también, quizá, por otras lágrimas que me precedieron.

Esta fábula en particular describía la historia de una loba cuyo instinto le apremiaba a salvar a sus crías del acecho de la más peligrosa de las sombras: el águila revoloteaba en el cielo buscando su almuerzo. La madre salvó distancias y pruebas desplazando a su camada, así como mejor pudo, por la espesura del bosque, sin detenerse hasta que cada uno de sus hijitos quedó en lugar seguro. Sin embargo, para mi propia desolación, no logró salvar al último de sus lobeznos.

Hoy sé que el narrador de esta fábula no pretendía hacerme sufrir gratuitamente, sino mostrarme con suavidad la desgarradora lucha de supervivencia que la fauna manifiesta en los bosques. Poco sabía yo por entonces que, con el devenir del tiempo, en los bosques de mi vida seguirían anidando la fragilidad, el amor protector, la sombra del acecho, la voluntad, el laberinto de la duda, el miedo… y todas las emociones que despertaron en mi infancia, mientras leía este cuento.

Hoy, mirando hacia atrás, sé que han sido aquellas primeras lecturas las que dejaron una impronta imborrable en mi desarrollo como persona. Y creo que fue porque realmente yo me creía el cuento. Lo vivía con todo mi ser. Amé los libros desde el comienzo y en mí sigue viviendo la esencia de esos personajes que encarnaron la ternura, la tenacidad, la fuerza, la sabiduría, las ganas de creer en lo increíble, la necesidad de comprender lo diferente… Al final todo son disfraces que el Amor adopta para amarnos. Lo fácil para el adulto es eludir la existencia con explicaciones, justificar esa alternancia de felicidad y miedo que expresa el ritmo natural de lo que uno va siendo. Lo difícil es que en el trayecto no te pierdas, que contigo siga caminando ese niño errante y sin malicia que busca su porción de suerte…

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La Imaginación

“Había una vez un peregrino que en su trayectoria por esos mundos encontró a tres picadores. Saludó al primero preguntándole qué hacía y éste le respondió en forma de queja:
– ¿Qué hago? Machacarme la espalda durante horas, día tras día, llueva, truene o abrase el sol. Destrozando mi vida así como se rompen estas piedras.
El peregrino se acercó al segundo picador y le hizo la misma pregunta:
– ¿Qué hago? – respondió el aludido con voz cargada de realismo – ¿Acaso no es evidente que estoy picando piedras?
Y, por último, el caminante abordó al tercer picador con la misma pregunta y éste alzó sus ojos soñadores hacia las alturas, como si pudiera ver en el aire formas ajenas a la mirada común:
– ¿Qué hago? – respondió con una sonrisa cómplice – estoy construyendo una catedral.”

Personalmente he respondido como estos picadores en distintas etapas de mi vida. Ante las evidentes preguntas que desata el dolor, el miedo o el sinsentido, me he quejado; también he sido realista y conozco de la resignación; pero, cuando veo mi particular “catedral” entre nubes y emociones, siento que cada realidad cincela una capacidad de adaptación, a la vez que cada imaginación construye su propia libertad…

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Un cuento de agradecimiento

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El día vino como Los Reyes Magos, cargadito de regalos. Como dijo María (cuando nos cantó con toda su gracia “Los campanilleros”): todos los días son un nacimiento de la luz, y cualquier momento es bueno para cantar un villancico si nos pone en esa disposición de sentir y acoger la fuerza de lo naciente. Gracias a tod@s, de corazón, por tantos regalos que habéis traído a este Encuentro… Podría escribir páginas y páginas reconociendo los “guiños” que el Universo hace a través de vuestras miradas, de vuestros gestos, de vuestra presencia, pero, quizás porque hoy está lloviendo y he pensado en el fuego, os quiero compartir, así a modo de cuento, el significado de un regalo en concreto:
Unas noches antes del equinoccio de otoño había soñado con un fuego que se apagaba y, ahí dentro de la ensoñación me veía a mí misma sentada, encogida, sin más leña que ofrecer a las llamas, contemplando con frío en el alma cómo el manto gris de las cenizas iba comiéndose el fulgor del rescoldo último. Es de una impotencia desoladora ver que una lumbre se apaga y no puedes hacer nada para avivarla. Recuerdo que cuando ya me había rendido a la evidencia de que no depende de mí que arda lo que ha de apagarse ahí al lado, en el mismo sueño me nació la voluntad de prender el fuego ahí dentro de mí, soplarle a la llama en mi corazón. Y así fue que en un tiempo sin tiempo dancé a la noche glacial como si yo misma fuese un fuego encendido. Entonces amaneció…
Por eso, Rosa, aunque me resistí a aceptarlo porque no tengo una pared donde luzca tu arte en todo su esplendor, reconocí la esencia y el significado del gran regalo que has traído contigo. Fue como si en el lienzo hubieses plasmado la intensidad y el calor de esa mujer de fuego que percibí en mis sueños. Fue como si el día me hiciera un guiño a través de esa imagen. Fue como si hubieras pintado mi sueño. Gracias por borrar las cenizas con la magia de tus pinceles y mostrarme que no importa si no hay leña, pues están los colores, la poesía y el amor que mantienen encendida la llama en nuestros corazones.
¡Gracias, Rosa! Aquí te comparto el texto que me inspiró tu taller de ArteTerapia… Hoy es Siempre Todavía
Flor del aire eres,
libertad en tus alas llevas,
luz de colores es tu vuelo,
aleteo de dicha en el corazón.
Nota 1: Para quienes estáis leyendo este cuento, deciros que si algún día os queréis hacer un regalo mágico, que os pongáis en contacto con Rosa Lopez. Seguro que sus pinceles encenderán todos los colores que lleváis en el alma. Hoy es Siempre Todavía

Nota 2: ¡¡¡Gracias a tod@s!!! Maribel, Agustí, Mercedes, Pedro, Montserrat, Michel, María José, Antonio, Sonia, Eusebi, Elvi, Rosa, María… 

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