Así como las lentejas…

Muchas veces el asunto de las relaciones es algo así como la preparación de unas lentejas, que a veces salen ricas y alguna vez se pegan. Hace unas semanas, yo misma preparé este potaje para la familia, y una parte de las legumbres acabó pegada al fondo de la gran olla. Lo sustancioso del asunto es que ninguno de los comensales se levantó de la mesa, ni devolvió el plato, ni me culpabilizó, ni psicoanalizó mi estado de ánimo, ni dejó de hablarme, ni lo interpretó como una afrenta personal…
Son fáciles las relaciones cuando las personas nos encontramos en espacios abiertos y, llegado el momento, nos retiramos. Sin embargo, las relaciones que nos transforman son ésas que nos hacen caer por un tiempo determinado en una “gran olla” junto con otros ingredientes. El fuego de la experiencia hace la alquimia. A veces la fusión es deliciosa y nutritiva a muchos niveles, y alguna vez se pegan las lentejas. La mirada crítica sólo ve el resultado final y cristaliza el sabor a requemado en la memoria. El corazón mira la dedicación, la ilusión, el esfuerzo sostenido, la voluntad… y se alimenta del amor que participa en el potaje de cada experiencia…

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En la distancia

En la distancia siempre hay proyección propia, y siempre hay distancia entre dos seres que no se manifiestan desde la unicidad, desde esos espacios comunes que recogen e impulsan lo auténtico y genuino que llevamos dentro.
En la distancia creemos que el otro es así, o de la otra manera, sin darnos cuenta de que estamos cuestionando percepciones mentales, cuadros en el museo de los recuerdos propios, que el otro ha detonado. Y siempre hay distancia si falta la comunicación íntima, las ganas de actualizarnos, de renovarnos en ese estiramiento de ti hacia mí, de mí hacia ti.
En la distancia siempre estamos solos, con nuestros propios fantasmas que nos acompañan. Y siempre hay distancia, aunque estés aquí al lado, si necesitas interpretarme, analizarme, ubicarme en tu marco de percepciones. Siempre estamos lejos si en el impacto de la cercanía no se nos han caído todas las psicologías y nos abrazamos con la mirada, con la sonrisa, con la alegría de cada re-encuentro que nos re-nueva.

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¿De qué depende?

“Ser feliz no depende de nadie”

Ahí andamos, tratando de anclar frases positivas en todas nuestras células y en todos nuestros espacios, sobre todo en los que pisa nuestra realidad. Ya sabemos desde el intelecto. Ya vamos viendo. Pero a veces se resisten las emociones, sobre todo las espesas, las que gritan su hambre de carnaza miserable que las mantenga vivas, y su grito nos araña las entrañas.

En ese reclamo vienen los recuerdos a la mente, las frustraciones, los desengaños, los desencuentros. Y le ponemos un nombre a nuestra desazón, y un rostro, y unos ojos que nunca nos vieron realmente, porque siempre miraron su propio brillo o su propia sombra en el espejo que nuestros ojos ofreció al mirarlos. Es entonces cuando despierta y ruge en nuestro interior la fiera de la desazón y la ansiedad, adormecida e indolente en la letanía de las frases positivas que no alimentan el sufrimiento.

Entonces es cuando digo “Ser infeliz tampoco depende de nadie” Yo alimento la dicha y también el desasosiego. Y cuando me quedo sin fuerzas para la una (la dicha) y para lo otro (el desasosiego), viene el recuerdo de nuestra amistad, el propósito común de ser felices, de ser plenos, de acudir a esa cita que tenemos con el amor auténtico; el que no depende de nadie, el que no pone ninguna puerta delante donde haya que llamar, porque ya nos está llamando desde adentro…

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Lo mágico de cada relación

Las personas van pasando por nuestra vida, disolviéndose en el olvido para permitirnos el presente, como si las capas del tiempo no tuvieran preferencias y tratasen a todos por igual. El tiempo, sin embargo, no puede enterrar la esencia de lo vivido. No tiene fuerza suficiente para ocultar las huellas que quedaron marcadas en nuestro ser. Quien amó, nunca olvida que amó. Tal vez olvide a quién, pero en sí permanecerá para siempre, como una huella imborrable en su historia, ese sentir que le transformó en una persona mejor.
En alguna ocasión me pregunté si realmente amé, y todas mis relaciones desfilaron por la pasarela de la memoria, vistiéndose con mis miedos, dudas, desaciertos y una amplia gama de sensaciones. Quizá lo mágico de cada relación es que nos ayuda a madurar y convivir con nuestras propias emociones, para, finalmente, dejarnos frente a la verdad del amor. Amor desnudo y tan completo al mismo tiempo. Amor sin justificaciones, ni disculpas, ni condiciones. Amor sin miedo ni atrevimiento.
Seguro es que olvidamos. Con certeza que también nos olvidarán. Pero cómo arrancar de nuestro ser el hecho de haber amado aunque sólo haya sido por un momento. Acaso ese instante fugaz e imparable sea el único paso importante en nuestra evolución. Quizás al permitirnos la fusión con algo más allá de nosotros mismos le damos significado al motivo de nacer. Toda una vida para un instante. Días, años, sucesos, movimientos, tareas, y, al final, quizá sólo viniéramos a por momentos de comunión, y tal vez sea lo único que nos llevemos. Fusión que no es una idea ni un recuerdo, sino algo real que, por haber sido vivido en un presente real, nos sacó del mismo tiempo, de las mismas palabras, traspasando incluso la consciencia. Algo que siempre estuvo ahí incluso antes de la misma consciencia de haber existido… // Extracto del libro Girasoles al Amanecer

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Hasta el último aliento

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Tomo prestados estos versos de Miguel Hernández, para que vuelen esas palabras que vienen pesarosas a pronunciar la difícil encomienda de una despedida, con la esperanza de que al prenderse en vuelo sobre el adiós suenen las letras a un cántico de bienvenida.
Pero si se empeñaran algunos renglones en decir adiós, que sea a todos esos momentos en los que me he ausentado de tu conversación y de tu lucha. Ausente de los conceptos para hacerme presente en este Ahora sin orillas donde nos damos la bienvenida, cuando puedo yo darte las gracias por el fuego que ha encendido tu conversación y tu lucha.
Las gracias que siento hacia tu persona están esparcidas por muchos momentos de algunos años en los que hemos compartido tiempo y espacio, pero acude a este instante la primera vez que vi en ti al Hombre Fuego de las ceremonias ancestrales. El que sostiene la lumbre de la tribu, el calor de las almas, la fuerza sabia que, conocedora de su incapacidad para encender la noche, alumbra y calienta al trozo de oscuridad que se le pone delante.
Las gracias que siento hacia ese calor y esa sabiduría que desprende el fuego de tu vida están esparcidas por muchos momentos de algunos años, pero asoma por este instante el último encuentro en el que compartimos un propósito: celebrar unas Jornadas en Familia. Y es en este Ahora que puedo decir adiós al frío de los días fríos, y las conversaciones frías y las luchas que el tiempo enfría, para darle la bienvenida y las gracias a ese fuego que ha encendido tu vida, compañero, y enciende para la Familia un ¡Sí a la Vida!

!En memoria de Antonio Garrido, que luchó por una cultura de vida hasta el último aliento!

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