Amantes y amados

La diferencia entre amarte y quererte…

Amar es una entrega sin límites ni condiciones ni exigencias.

El “querer”, sin embargo, lleva un contable incorporado que se descontrola, volviéndose incluso dañino, cuando las cuentas se pintan de rojo en su fórmula matemática, que no mágica.

La fórmula mágica dice que la vida siempre corresponde a lo que hemos entregado, pero el “querer”, tan personal y personalizado, se empeña en que la retroalimentación llegue desde ahí donde ponemos nuestros sentires.

Acaso por estos desajustes entre lo que esperamos del otro, y lo que el otro puede o quiere o le nace del alma entregarnos, es tan fácil irse del extremo del “querer” al del despecho.

Y por esto es tan interesante que la experiencia nos haga vivir en los dos lados del espejo, a veces como deudores y otras veces como acreedores. Pero ¡no nos quedemos en lo interesante! La experiencia es liberadora cuando logramos romper el cristal ilusorio de la polaridad, cuando tú y yo somos al fin como al comienzo: amantes y amados…

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Acompasamiento

Y al final todo concluye en el comienzo:
en que tú y yo estamos encontrados en la esencia
aunque no acabemos de encontrarnos en las formas.
Esto es que algunas formas tuyas y mías
hacen chirridos cuando se rozan.
Pero, si tú afinas las notas y yo afino las palabras,
puede surgir una preciosa canción de nuestro encuentro.
Un canto acompasado que podría empezar diciendo:
“Desde siempre te espero porque he de amarte para siempre…”

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La Puerta del Amor

El amor es un fuego que se nos regala.
Lo agradeces con creces cuando has caminado con frío, con barro, con la ropa empapada por la lluvia del último invierno.
Es un regalo ver una chimenea humeante y resplandor de llamas en la ventana de una casa.
Y es un reclamo cuando llamas a la puerta, pidiendo calor de hogar, calor de compañía, alivio de poder al fin descansar.
Hay muchas formas de llamar a la puerta de un corazón, de un hogar.
A veces la aldaba suena a “¡mira lo que te traigo!”; y en ocasiones repica un “¿qué tienes para mí?”
El amor siempre abre en silencio, toma lo que traes y entrega lo que necesitas.
Hay quienes no llaman a ninguna puerta.
O quien lo hace sólo después de la misma batalla,
quizá tras haberte perdido en la propia tozudez,
acaso por el agotamiento de hacerle un pulso a la vida y demostrar que tú puedes, por ti mismamente, que tú puedes con todo, con todo lo que te echen o te eches encima.
Entonces sí llamas, justo cuando descubres que ese “todo” es ilimitado, y tus fuerzas no lo son.
Hay muchos motivos para llamar a la puerta del amor.
No te abrumes si es por cansancio o derrota, porque es el Amor quien sale a recibirte.
Puede que al principio no le veas, que solo busques la lumbre encendida y a ese calor te entregues, porque tu alma siente frío.
Pero la noche es larga y siempre llega el momento en que deshaces tu equipaje y vistes al amor con tus ropajes.
El amor es una gran compañía. Sonríe siempre en tu corazón. No lo tomes a mal si se pone lo que traes y te regala lo que necesitas.

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Perdurar

Reconocer que la frontera de tus límites es la misma que la de los míos, sin jugar al juego de las conquistas,
de: a este lado o al otro,
de: si te vienes para mí, o me adentro hacia ti. 
Perdurar es vivirte como si no hubiera una línea de separación entre tú y yo, mas sabiendo que está, que la podemos modificar,
y, de vez en cuando, ojalá cada vez más veces, notar que desaparece.
Es levantarme y decirte: tengo fuerzas, y son tantas que traspasan mis zonas y avivan las tuyas.
Es levantarte y decirme: tengo luz, tanto alumbran mis bombillas que podemos ver más allá de nuestros contornos.
¿Y si el sol nos dijera al levantarse que hay maravillas por descubrir,
paisajes que esperan
si dejamos de mirar con ahínco la línea de nuestra frontera?
Mira, amor, allá veo un puente, y un río que fluye sin detenerse.
Perdura el aire, la tierra, el agua,
y, si nos faltara el fuego,
ya sabemos cómo prender la candela del querer… 

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Primer amor

Un día me puse a recapitular sobre el primer recuerdo del sentimiento de amor que podía rescatar al tejido memorial, así que fui tirando del hilo hasta encontrar esa primera impronta grabada en mi alma. Sucedió cuando tenía unos tres años y jugaba con otras niñas del barrio. A eso del anochecer vi asomar a mi padre por la esquina de nuestra calle, así que eché a correr cuesta abajo a buscarle, y entonces él me aupó en sus hombros hasta llegar a casa. En ese tramo quedó grabada para siempre la sensación de avanzar hacia el amor y sentirme aupada por la dicha del encuentro, segura en los hombros del mundo.
A veces, todavía hoy, puedo sentir la alegría de una niña que corre a recibirle calle adentro, y sucede siempre que asoma cada primer amor por las esquinas del tiempo…

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