La Puerta del Amor

El amor es un fuego que se nos regala.
Lo agradeces con creces cuando has caminado con frío, con barro, con la ropa empapada por la lluvia del último invierno.
Es un regalo ver una chimenea humeante y resplandor de llamas en la ventana de una casa.
Y es un reclamo cuando llamas a la puerta, pidiendo calor de hogar, calor de compañía, alivio de poder al fin descansar.
Hay muchas formas de llamar a la puerta de un corazón, de un hogar.
A veces la aldaba suena a “¡mira lo que te traigo!”; y en ocasiones repica un “¿qué tienes para mí?”
El amor siempre abre en silencio, toma lo que traes y entrega lo que necesitas.
Hay quienes no llaman a ninguna puerta.
O quien lo hace sólo después de la misma batalla,
quizá tras haberte perdido en la propia tozudez,
acaso por el agotamiento de hacerle un pulso a la vida y demostrar que tú puedes, por ti mismamente, que tú puedes con todo, con todo lo que te echen o te eches encima.
Entonces sí llamas, justo cuando descubres que ese “todo” es ilimitado, y tus fuerzas no lo son.
Hay muchos motivos para llamar a la puerta del amor.
No te abrumes si es por cansancio o derrota, porque es el Amor quien sale a recibirte.
Puede que al principio no le veas, que solo busques la lumbre encendida y a ese calor te entregues, porque tu alma siente frío.
Pero la noche es larga y siempre llega el momento en que deshaces tu equipaje y vistes al amor con tus ropajes.
El amor es una gran compañía. Sonríe siempre en tu corazón. No lo tomes a mal si se pone lo que traes y te regala lo que necesitas.

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Perdurar

Reconocer que la frontera de tus límites es la misma que la de los míos, sin jugar al juego de las conquistas,
de: a este lado o al otro,
de: si te vienes para mí, o me adentro hacia ti. 
Perdurar es vivirte como si no hubiera una línea de separación entre tú y yo, mas sabiendo que está, que la podemos modificar,
y, de vez en cuando, ojalá cada vez más veces, notar que desaparece.
Es levantarme y decirte: tengo fuerzas, y son tantas que traspasan mis zonas y avivan las tuyas.
Es levantarte y decirme: tengo luz, tanto alumbran mis bombillas que podemos ver más allá de nuestros contornos.
¿Y si el sol nos dijera al levantarse que hay maravillas por descubrir,
paisajes que esperan
si dejamos de mirar con ahínco la línea de nuestra frontera?
Mira, amor, allá veo un puente, y un río que fluye sin detenerse.
Perdura el aire, la tierra, el agua,
y, si nos faltara el fuego,
ya sabemos cómo prender la candela del querer… 

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Primer amor

Un día me puse a recapitular sobre el primer recuerdo del sentimiento de amor que podía rescatar al tejido memorial, así que fui tirando del hilo hasta encontrar esa primera impronta grabada en mi alma. Sucedió cuando tenía unos tres años y jugaba con otras niñas del barrio. A eso del anochecer vi asomar a mi padre por la esquina de nuestra calle, así que eché a correr cuesta abajo a buscarle, y entonces él me aupó en sus hombros hasta llegar a casa. En ese tramo quedó grabada para siempre la sensación de avanzar hacia el amor y sentirme aupada por la dicha del encuentro, segura en los hombros del mundo.
A veces, todavía hoy, puedo sentir la alegría de una niña que corre a recibirle calle adentro, y sucede siempre que asoma cada primer amor por las esquinas del tiempo…

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Cosa de dos

¡Sí! la alegría se multiplica, se desborda, cuando es compartida.
Dos corrientes se encuentran, se abrazan, se cantan, se dicen, se discuten.
La dicha simultánea es cosa de dos como mínimo.
Reír con el otro en ti, cuando le sueñas contándole el sueño de ambos.
Dos corrientes fluyen en tu sangre y refrescan los jardines venideros.
El viento difunde el perfume que llega a tu ventana y lo respiras sin saber quién ha plantado las flores que lo exhalan.
¿Es que también los jardineros están enamorados?
Abres el corazón y respiras la exuberancia de cuanto te rodea, permitiendo que la vida te toque, te abrace, te traspase.
El sentir de tu pecho expande los límites, y tú quisieras contraer tanta intensidad, tanta energía que te desborda.
Quisieras que el sentimiento no anegara tus campos, sino que regase las grietas resecas como agua fina que viene a fecundar una primavera en pleno otoño… Extracto del libro Los Ojos de la Noche

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Espejito espejito…

Contigo se unen los cristales rotos
de todas las veces que la ilusión se rompió en mi,
de todas las veces que no pudo estar la imagen completa del ser.
En ti se unen los trozos, y puedo verme completamente.
A decir verdad, sobrepasas con creces el marco de lo vivido
y sé que mirándome en ti descubriré aspectos de mí desconocidos.
Es que eres muy grande, Amor. Y ¡claro! me agrandas…

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