Corazón eterno

El corazón humano nace inmenso
porque recuerda el amor
de la eternidad,
pero a fuerza de existir
se va haciendo pequeño
e impermeable a la Esencia;
acaso por eso se rompe
en pedazos a fuerza de amar,
para no olvidarse que es eterno…

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Alargando el tiempo

Si llego a saber que teníamos tan poco tiempo, le hubiera restado horas al reproche, a la indiferencia, al desencuentro, y hubiese alargado las miradas, los abrazos, haciendo, si cabe, más largos los besos, para tener más segundos de ti en mi boca, en mis ojos, en mi pecho…

Y, sí, llego a saber, al fin, que no se trata de tiempo, ni siquiera de cómo nos gestiona el tiempo, sino de cuánto amor despierta en cada instante dormido que sueña con darle cuerda a la eternidad…

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Amantes y amados

La diferencia entre amarte y quererte…

Amar es una entrega sin límites ni condiciones ni exigencias.

El “querer”, sin embargo, lleva un contable incorporado que se descontrola, volviéndose incluso dañino, cuando las cuentas se pintan de rojo en su fórmula matemática, que no mágica.

La fórmula mágica dice que la vida siempre corresponde a lo que hemos entregado, pero el “querer”, tan personal y personalizado, se empeña en que la retroalimentación llegue desde ahí donde ponemos nuestros sentires.

Acaso por estos desajustes entre lo que esperamos del otro, y lo que el otro puede o quiere o le nace del alma entregarnos, es tan fácil irse del extremo del «querer» al del despecho.

Y por esto es tan interesante que la experiencia nos haga vivir en los dos lados del espejo, a veces como deudores y otras veces como acreedores. Pero ¡no nos quedemos en lo interesante! La experiencia es liberadora cuando logramos romper el cristal ilusorio de la polaridad, cuando tú y yo somos al fin como al comienzo: amantes y amados…

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Acompasamiento

Y al final todo concluye en el comienzo:
en que tú y yo estamos encontrados en la esencia
aunque no acabemos de encontrarnos en las formas.
Esto es que algunas formas tuyas y mías
hacen chirridos cuando se rozan.
Pero, si tú afinas las notas y yo afino las palabras,
puede surgir una preciosa canción de nuestro encuentro.
Un canto acompasado que podría empezar diciendo:
«Desde siempre te espero porque he de amarte para siempre…»

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La Puerta del Amor

El amor es un fuego que se nos regala.
Lo agradeces con creces cuando has caminado con frío, con barro, con la ropa empapada por la lluvia del último invierno.
Es un regalo ver una chimenea humeante y resplandor de llamas en la ventana de una casa.
Y es un reclamo cuando llamas a la puerta, pidiendo calor de hogar, calor de compañía, alivio de poder al fin descansar.
Hay muchas formas de llamar a la puerta de un corazón, de un hogar.
A veces la aldaba suena a «¡mira lo que te traigo!»; y en ocasiones repica un «¿qué tienes para mí?»
El amor siempre abre en silencio, toma lo que traes y entrega lo que necesitas.
Hay quienes no llaman a ninguna puerta.
O quien lo hace sólo después de la misma batalla,
quizá tras haberte perdido en la propia tozudez,
acaso por el agotamiento de hacerle un pulso a la vida y demostrar que tú puedes, por ti mismamente, que tú puedes con todo, con todo lo que te echen o te eches encima.
Entonces sí llamas, justo cuando descubres que ese “todo” es ilimitado, y tus fuerzas no lo son.
Hay muchos motivos para llamar a la puerta del amor.
No te abrumes si es por cansancio o derrota, porque es el Amor quien sale a recibirte.
Puede que al principio no le veas, que solo busques la lumbre encendida y a ese calor te entregues, porque tu alma siente frío.
Pero la noche es larga y siempre llega el momento en que deshaces tu equipaje y vistes al amor con tus ropajes.
El amor es una gran compañía. Sonríe siempre en tu corazón. No lo tomes a mal si se pone lo que traes y te regala lo que necesitas.

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