Recapitulación

En el proceso de recapitulación, la mirada del corazón va despertando el amor omitido en cada relación, sobre todo en ésas que han dejado la huella del conflicto en el tejido vital. Así teje la magia de las relaciones, poniendo cohesión donde hay una rotura, una ausencia, un olvido.
Recordar es más que una remembranza. Es descubrir la relación sutil que enlaza diferentes imágenes en el tejido de tus memorias. Cuando tu mirada descubre el hilo conductor que concilia lo irreconciliable, se desvanecen los sucesos, los personajes, las fechas, se aligera el peso de la memoria y te expandes en esencia. Se va borrando la historia personal y en el mismo espacio asoma poco a poco el rostro original.
Es un proceso de ir quitando los velos que ocultan tu verdad, o de ir dando un paso más hacia el fondo en el intento de aclarar enredos. Y, aunque parece que nunca encuentras el otro cabo en la madeja de olvidos, lo importante es que en cada Recuerdo se hace más sensible y penetrante la visión, llegando al instante en el cual tu mirada sonríe en la Gran Mirada.
Sonrisa que no es autocomplaciente sino entendimiento. Comprensión que no es intelectual sino claridad. Claridad que no tiene sombras puesto que abarca todos los ángulos y penetra los rincones de cada interpretación…
Extracto del libro Los Ojos de la Noche

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Notas Otoñales

Curiosa paradoja la que sucede cada otoño con el ajuste del horario. Me puse a pensar que le han quitado una hora de luz al día, pero luego caí en la cuenta que hubo sesenta minutos más en la madrugada. Una hora pasó dos veces por el mismo sitio mientras yo dormía tranquilamente. ¿Qué sueño repitió la mirada del tiempo? ¿Era el vuelo glorioso de un gran pájaro, quizá un paso temeroso agarrado a puentes indecisos o tal vez una pesadilla con caída al vacío? ¿En qué paisajes se anclaron de nuevo las agujas del reloj para recrear lo vivido?

Se quedan las manecillas detenidas en una percepción, atrapadas en la hora que le falta al día para caer en la cuenta que nunca estuvo ahí eso que falta, que en el pálpito de cada segundo llevo puesto todo lo que me pertenece. El instante presente es lo único que llevaré por siempre en la travesía del tiempo. Pero a veces lo olvido y necesito un minuto para acordarme. Un segundo para reconocerme. Una hora que me permita revivir un sueño y quitarle al día esos tramos donde oprime el no saber cómo, donde duele el olvido de que nunca falta lo esencial, que tan sólo me quedé atrapada en la percepción de carencia, en la hora que falta.

Una hora para repetir un sueño en la madrugada o para recrear una lectura a la luz del día. Entonces es cuando el conocimiento me lleva hacia atrás en el tiempo, de regreso a los minutos sombríos que esquivé, que quise cortar en la circunferencia del reloj, mostrándome que el hecho de conocer no me hace inmune al dolor inherente a la vida. Y ahí, en ese segundo detenido que sufría las exigencias del tiempo, he actualizado mi relación con las percepciones, con los sueños, con el conocimiento. Es por amor que vivo en el autoconocimiento. Es por puro amor que me abismo en cada caída vertiginosa hacia la raíz del sentimiento, y es así que en cada ensanchamiento de mis límites aprendo a cruzar un puente imaginario sobre el vacío, así como agradezco cuando soy tomada por el vuelo dichoso de la libertad.

Esta hora repetida no me ha dado fórmulas para resolver el siguiente minuto, mucho menos para ser voceadas en el tiempo. Nadie puede cruzar mi puente para esquivar el miedo de afrontar el suyo propio. Nadie puede tomar mis alas cuando el vuelo le alcance en el camino. Nadie tiene por qué sentir la caída al vacío en sus sueños, o cuando los pies toquen el último tramo de cada travesía, si es que hay un fin para los pasos. ¿Quién soy para vocear sobre vértigos, tormentas y vuelos gloriosos que quizá sólo yo he sentido en esta hora que le sobró a la madrugada?
Tantos espacios conquistados en el giro de la experiencia, tantas lecturas de lo vivido, cual si todo fuese una constante recapitulación de lo mismo. Hasta que de pronto asoma el anhelo renovado de una ilusión, de exponerse a corazón abierto en esos minutos que no caben en un reloj, a la vez que asoma el miedo de quedar expuestos sin una hora donde citarnos. El corazón quiere y pide hacer su travesía hacia un horizonte que acoja su latido, pero ahora ya sabemos de tormentas y tempestades, y sabemos de todas las horas que le faltan a un recorrido para ser completo, y de tantas vueltas que sobran para repetir más de lo mismo… Y aún así, pese a todo lo aprendido, volvemos una y otra vez a exponernos a la ilusión de no viajar solos, de soñar con unos ojos que nos miran y nos ven al otro lado. Pues siempre asoma un guiño entre una nube y otra, un sol radiante amanece en cada corazón que quiere vivirse su hora…

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La Búsqueda

A lo largo de una vida pasas por etapas en las que la búsqueda y su interrogante no hallan un espacio por donde colarse dentro de los parámetros en los que se desenvuelve tu existencia. En esos tramos no hay preguntas que hacerse porque estás comprometido en responder al reclamo del cuerpo y su sustento, de la mente y el desarrollo de sus facultades, o del afecto y su gama de relaciones emocionales –amor de padres, de hijos, de amantes, de amigos… amor por lo que haces–. ¿Quién tiene tiempo de indagar más allá de este marco que ya de por sí está repleto de respuestas? Casi nadie le da cabida al Interrogante a no ser que la Búsqueda misma le seduzca en algún tramo del camino. A no ser que el lienzo sobre el que pintas tus días tenga fisuras y por ahí se pierdan tus fuerzas, cayendo irremediablemente en tus abismos con un “porqué” sin resolver; o que ya nazcas con la duda incrustada en la frente y tu destino sea el de esos peregrinos de la noche oscura del alma que caminan en dirección al alba.
Sea como fuere, hay un denominador común entre las personas que somos vividas por el arquetipo de la Búsqueda: por mucha información que acumulemos, o muchos caminos que andemos, ya esté claro el día o sea noche cerrada, lo cierto es que siempre se antepone una distancia entre nosotros y los tesoros que esconde el horizonte hacia el que dirigimos nuestra mirada; no importa cuán lejos has llegado en tu viaje de conocimiento, pues lo que buscas se aleja a la misma velocidad que avanzas. Y te agotas cuanto más tardas en rendirte a la evidencia de que, lo que la Búsqueda te está exigiendo, es un salto confiado más que un paso metódico y complaciente… Pero ese salto requiere y reclama la energía que fuiste dejando a tu espalda en cada negación que no pudiste o no quisiste o no supiste transformar en un sí-mismo.
Es llegado a este punto que el buscador desanda sus pisadas y va reinventando el pasado a fuerza de sanar fisuras, de colorear los pasajes grisáceos… Algo mágico sucede en este recorrido, pues, al desapegarse de la búsqueda, encuentra un horizonte sobre cada paso, una claridad en cada paisaje que recordaba sombrío, una fuerza en cada herida sanada. Y es así cómo, sin darse cuenta, sin ya pretenderlo, ha dado un salto sobre sí mismo…

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¡Feliz Año Nuevo!

Despidiendo a un inquilino en el tiempo

Respiras profundo mientras los dedos teclean estos renglones, como pidiéndole al aire que oxigene las palabras de despedida, las que hayan de acudir a pronunciarse en este adiós sin uvas ni campanadas todavía. Seguirán girando las estaciones y podrás mirar desde otra perspectiva lo vivido, y dará igual por dónde y cómo lo contemples en la rueda del tiempo: este año lo verás siempre como el que dio acogida a un inquilino que se instaló en tu mente y con el cual has convivido en los últimos meses.
Acaso fuese más efectivo que el dulce espacio del silencio o la música callada del corazón tocasen las notas del adiós sin discurso ni creencia, y no darle voz a las palabras que durante tanto tiempo han respirado aires rancios de emociones manidas, las que no pueden sino exhalar lo re-sentido, lo repetido una y otra vez en los circuitos cerrados de una percepción que te atrapa ahí donde no hay orificios que ventilen olores añejos.
Sí, tal vez fuera más positivo enmudecer cuando las palabras no pueden renovar los aires, cuando se vuelven cansinas de trasladar siempre lo mismo. Porque si las palabras son vehículos con el poder transportar la materia sutil de los sueños, también se hacen portadoras de esa sustancia turbia y espesa que hace los días pesados, que te deja sin fuerzas para afrontar el reto de seguir viviendo. Las palabras son potencias creadoras o destructivas y las que van cargadas de emociones pesadas pueden ser una losa brutal allá donde caigan, sean o no pronunciadas, pues al igual que hay una música callada que resuena en otro corazón, también están los pensamientos no expresados que se convierten en inquilinos de la mente que los hospeda.
Pero no, el paradigma mental no ofrece hospitalidad, esto es cosa del corazón, del Hogar. La mente absorbe y se apropia y dice “esto es mío” cuando las palabras peregrinas pasan por la puerta hablando de libertad, de amor, de conocimiento; o entra en conflicto contra esas creencias que se aposentan sedentarias en tu cabeza y no armonizan con los parámetros que te identifican. “Esto no es mío. Aquí hay un intruso y hay que echarle fuera”, gritan entonces tus emociones. Lo que pasa es que en esta contienda intentas desalojar tu casa de “eso” con lo que no te identificas y lo haces proyectando la acometida contra “eso” del otro lado que lo refleja. Pero al final resulta que el embate se está dando dentro de ti, en tus propias percepciones.
Tu paradigma mental está en conflicto contra ese inquilino al que abriste la puerta cuando llegó con los bolsillos llenos de oportunidades que luego resultaron falacias. Gran batalla la de este año para expulsar lo que dices que no es tuyo, lo que adjudicas al mundo que te rodea, pero ¿cómo desalojas las sombras que el intruso ha despertado en ti, las que han vivido en tu mente y se han nutrido de tus emociones? ¿Debajo de qué excusa te escondes si ya todas las creencias que sostuvieron la percepción de lo que eres han sido saqueadas? Todo en ti ha quedado a la intemperie, sin techos ni paredes. La cruel batalla te ha dejado sin murallas que definan lo que es tu conquista (lo que tomaste del mundo) y lo que te ha sido arrebatado porque lo entregaste sin soltarlo. No ¡Basta! Ya no quedan fuerzas que malgastar en esta encerrona absurda.

Y así llegas a la última hoja del calendario anual y repites el ritual de uvas y campanadas renovadoras de propósitos que han de motivarte a girar otra vuelta en la rueda del tiempo. Lo que pasa es que esta noche es especial porque ahí mismo donde recibiste el año puedes respirar más profundo y decir adiós ya sin miedos ni agravios. Por esta vez la despedida no te deja acidez en el paladar sino el dulzor del fruto maduro en la palabra. Adiós y gracias por la dulzura en la madurez de un proceso. Adiós y gracias por la esencia del aprendizaje que vino a traerte ese inquilino cuyo nombre es Crisis.
Y lo mágico del asunto es que ha sido al darle la vuelta al inoportuno ocupante cuando le has reconocido en el giro de tantas estaciones vestido de las circunstancias más variopintas. ¿O acaso no es también el mismo párrafo que te has vivido de tantas maneras, pero siempre del revés? Tu sueño no necesita paredes donde colgar cuadros con paisajes, ni techos donde pintar estrellas. Y allá donde está tu sueño, el tuyo, está tu Hogar.

Un propósito inédito quiere nacer entre las campanadas que tocan el final y el comienzo. Ojalá que las palabras peregrinas y los pensamientos inquilinos cesen de cincelar culpas en las paredes de la mente y retornen a la conciencia del Hogar.
El Hogar es un estado del ser sin muros que separen lo tuyo de lo mío, ni techos que limiten el desarrollo de lo que somos. Despertar a esta dimensión es sentimos libres de ser lo que somos ahora, y que esta libertad libere el amor oprimido en lo que no pudo ser.
El Hogar es una transparencia en la percepción que nos hace ver y aceptar el mundo así como es, y no como quisiéramos que fuera.
El Hogar es nuestro espacio más sagrado, y como inquilinos de la mente nos vamos preparando para habitarlo. Hasta que finalmente descubrimos que es el Hogar el que nos habita mientras no le contaminemos con la basura que captan nuestros cerebros o la que está acumulada en nuestras memorias inconscientes.
Nos relacionamos con los demás a diferentes niveles de intercambio pero nos quedamos y arraigamos y permanecemos en ese corazón donde sentimos la sensación de estar en casa, de no ser inquilinos saqueadores en el espacio que nos alberga.
El Hogar es una alianza a nivel sutil que no se deja atrapar ni condicionar; el contexto y formas de relación no dan garantías de Hogar por muchas veces que nos casemos o por muy numerosa que sea nuestra familia o por muchas casas que construyamos. Y acaso sea por esto que, salvo en momentos puntuales, todos somos niños huérfanos que vamos creando un mundo de sustitutos y artificios y proyecciones que nos hagan olvidar la incertidumbre del destierro.
La añoranza del Hogar, más despierta o más latente en cada cual, es el anhelo profundo de intimidad en el acto de relacionarnos. Sentirnos en casa en el corazón de otro ser, albergar al corazón que nos alberga, porque esa sensación compartida nos recuerda el cuidado esencial de una madre, la protección inherente al padre, la complicidad y reconocimiento y apoyo en la hermandad…

Recuerdas en esta despedida el dulce espacio del silencio. La música callada del amor danza libremente en tu respiración. Empieza otro giro en la rueda del tiempo y esta vez ya no estás fuera sino dentro del corazón de la casa, de la familia, de la sociedad, del universo… Y sonríe la última campanada en el Hogar que te recibe y acoge y da la bienvenida a las puertas de un corazón que te está llamando desde adentro…

Desde este rincón en una esquina del viento 
soplo en las plumas de un pajarillo que
oirás cantar en algún momento
mis mejores deseos para ti 
y todas tus relaciones…

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La sonrisa de un girasol

La sonrisa de un girasol, disipando los grises en los que la costumbre entreteje sus rutinas. Sonrisa colmada de aurora que colorea el paisaje sin énfasis ni fatigas… Pareciera que nada nuevo sucediese cuando lavas los platos, cocinas, o trabajas en las tareas que recomponen el día a día; como si todo lo novedoso aconteciera en profesiones exitosas, a personas interesantes, en lugares más exóticos que este espacio saturado de miradas desgastadas… Y, sin embargo, algo está sucediendo en un parpadeo; breve instante en el que la espuma del fregadero produce un cosquilleo en tus manos, o el paladar se deleita probando esa sopa recién retirada del fogón… o cuando atrapas un pensamiento furtivo cuyo entendimiento disuelve el hedor de una vivencia marchita en el recuerdo, dejando espacio a la fragancia de una idea que recién abre sus pétalos. Cuando escribes tus recuerdos, transformando el ayer en algo hermoso. Pues qué queda de lo vivido sino esa mirada que, de tantas veces revivir, aprende a quitarle sombras al pasado y lo colma con las luces conquistadas en cada amanecer…

en Centro Iris Natura de Villacarrillo

¡¡¡Gracias, amigas, por esas sonrisas de girasol que habéis pintado en esta página!!!

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