Amaneciendo

Un momento antes del amanecer, pareciera que la oscuridad fuese más espesa, como si todas las presencias de la noche se comprimiesen en una sola fuerza que, al estallar, rompe el cielo dejando una grieta abierta por donde se cuela la primera claridad del alba. El silencio indeleble se consolida en tu alma, a la vez que el latido perpetuo de la vida renueva tus fuerzas, tu visión, la música de tu corazón…

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Paisajes cambiantes

Un estanque de aguas quietas y transparentes. Paz y armonía en el flujo de las emociones hasta que una piedra es lanzada en la superficie cristalina rompiendo el hermoso rostro de un sentir. La reacción primera es culpar a la piedra, o a la mano que la lanzó, incluso hacer culpable a la impermanencia de la belleza. Pero si soy paciente puedo ver que, después del caos y finalmente, la imagen estancada se transforma en otro paisaje que refleja la hermosa faz de otro sentir…

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Cristales rotos

A veces, en momentos de silencio y quietud, se me vienen al presente imágenes cristalizadas en el recuerdo, como si el álbum de fotos vitales las guardase intactas en la memoria del tiempo. Esas personas siguieron expuestas a las leyes de la transformación, y sé que yo también he cambiado si hoy puedo recordarlas sin sentirme dañada por esos cristales rotos…

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Amanecer

Amanecer en cada noche oscura.
Acercarse a la fuente cantarina
y a los lamentos de una piedra,
quemarse con el fuego
y despedirse de sus cenizas…
Pero ya no hay cenizas a las que decir adiós. Hay una llama renovada que se aviva con el soplo del viento. Hay un gran regalo hecho de esencias que siempre estuvo ahí, esperando a que se me cayeran todos los frascos de cristal donde quise guardarlas. Y, acaso porque la luna llena se bebió los lamentos de la noche mientras cantaba su canción reflejada en la fuente de piedra, el fuego de este nuevo amanecer calienta pero ya no quema…

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Crecer

Un cielo negro en el que estallan fuegos artificiales como diminutos puntos luminosos anteponiéndose a la oscuridad, o la página blanca de un diario adolescente que pierde su resplandor al llenarse de signos: entonces nada veía yo en ningún cielo.
Luego dejé de mirar las estrellas y dejé de escribir. Y es que la verdad asoma siempre como algo nunca visto ni descrito, en el instante mismo en que uno comprende. Como sucedió recientemente en una playa del pasado. En aquella hora crepuscular vi cómo el flujo de las olas perfilaba la bahía. Los fuegos artificiales estallaron de pronto en el cielo anunciando el comienzo de las fiestas. El inicio de otra página. Comprendí que la misma imagen de la adolescencia se me revelaba ahora con más nitidez. ¿Y no es acaso la visión, y no el paso de los años, lo que nos indica si en verdad estamos creciendo?

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