Árboles

¡Ay, si los árboles hablasen…!
Y, sí, déjame creer que los árboles hablan, que entablan un permanente diálogo en sus refrescantes sombras. Dicen en el crujir de sus ramas, en el murmullo de sus hojas movidas por el viento. Quiero pensar que dialogan con los silbidos de las aves que en sus recovecos hacen nido. Puedo sentir cómo nos dan su amor transformando los fluidos del aire en oxígeno, en aliento para la vida, a la vez que nos regalan el perfume de sus flores y la dulzura de sus frutos.
¡Tantas cosas innombrables que ellos dicen, y nos hemos dicho a la sombra de un Árbol! Y, ahora que lo pienso, ¿no fue acaso, todo cuanto dijimos tú y yo, el diálogo que por siempre han mantenido el viento y las ramas?…

Parajes y paisajes

Mientras escribo renglones en las páginas del día a día, la Naturaleza me enseña que todo está ya escrito en sus paisajes. Y, sí, hay parajes yermos por los que toca transitar a veces, aunque, si miro bien, alguna pincelada de verde esperanza asoma siempre por algún recodo y, si no me canso en el devenir incansable del camino, aparece sin duda otra panorámica que refresca la mirada y el sentir… Lo importante, digo yo, es que la visión y los pies (el propósito y la acción) avancen juntos en la travesía…

Madre Tierra

En el ejercicio de relacionarme con la Madre Tierra se ha ido configurando la Medicina de las Relaciones, basándome en el desarrollo de mi propia relación con la naturaleza. Las relaciones naturales no dejan cabida al conflicto. La vida toma de la vida y crece la vida. Desde el prisma humano se podría considerar muerte, o conflicto, lo que la vida ha transformado en más vida, pero cuando siento lo que desprende un paraje virgen y natural, intuitivamente comprendo que, pese a que vida y muerte, adhesión y rechazo, danzan al unísono en el hábitat, el resultado siempre es una sensación de vitalidad, de fuerza, de salud, de equilibrio.

Gaia nos enseña a relacionarnos desde esa armonía, desde ese intercambio energético que genera más energía, traduciéndose en más conciencia para la naturaleza humana. Y también nos indica, en la manera de acercarnos a Ella, cómo es nuestra actitud de relacionamiento a todos y en todos los niveles. A veces la vemos útil y utilizamos sus recursos, así como establecemos relaciones de interés en nuestras vidas. Otras veces la amamos y disfrutamos a ratos de su abrazo y de la belleza de sus paisajes, como esas relaciones sin compromiso que tanto abundan en estos tiempos. La mayoría de las veces ni siquiera nos acercamos ni la sentimos, aunque nos gusta mirar las espectaculares fotos de National Geographic que circulan en Internet… Sea cual fuere la manera en que la vivimos, lo cierto es que la Madre Tierra sigue cumpliendo con su compromiso, sosteniéndose y sosteniéndonos en sus ciclos.

Gaia sigue creando vida mientras aprendo a no contaminarla ni contaminar mis relaciones personales… a no derrochar los recursos que me ofrece para no ir generando deudas colaterales… a descubrirme en cada una de sus estaciones, notando la intensidad de mis primaveras interiores, la abundancia de mis veranos, la serenidad en mis otoños… Y aunque los fríos me encogen mostrándome la fragilidad del ser humano educado en la individualidad, comprendo finalmente que es la dureza de mis inviernos la que fortalece el compromiso de mi relación con la vida, con los demás y conmigo misma…

Cosechas de papel

Ayer observé en la sucursal del banco a un funcionario estresado, poniendo en una caja fuerte muchos fajos de papel. Luego pasé por una librería y vi papel y papel encuadernado, colmando estanterías y estanterías. Después, caminando por el centro, me fijé en un muchacho fatigado con una mochila cargada de folletos que entregaba a los viandantes. Finalmente, en un paraje natural, admiré las ramas de los árboles danzando con el viento del atardecer; ajenos viven éstos a nuestras cosechas e intercambios de papel y, por un instante, el rumor de las hojas me regaló las palabras precisas y preciosas que mi alma necesitaba leer …

Pensamientos de agua

Caminando por la cuenca de un río seco, vino un sombrero de nubes a contarme el diálogo entre el agua gaseosa y la cañada:
– Busco una vertiente donde morir como nube y nacer como río –dice la una –. Un cauce que me contenga sin empantanarme, que le dé sentido y dirección al flujo jubiloso de ser lo que soy: Sentimiento.
– He muerto como río desde que no fluyen tus aguas por esta quebrada – responde el otro–. Pero, como ves, voy aprendiendo a ser Camino. Aprendiendo a sentirte en los pasos que me transitan…