La intimidad de la página

Más allá de los géneros literarios, busco la intimidad de la página, el susurro de la medianoche, ése que me hace meditar en las cosas que nunca nos planteamos a la luz del día, cuando otros asuntos acaparan nuestra atención. Más aquí de cuanto sucede afuera, encuentro ese espacio en el cual escritor y lector intercambian sus roles; de tal manera que, quien escribe, está leyendo desde otro nivel, y, quien lee, reescribe su forma de ver, sentir, escuchar…

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Lectores y escribientes

El lector viaja en el silencio de la página, conducido por un hilo mágico que sostiene las palabras… Pienso ahora que quizá el silencio como respuesta sea el territorio donde yo misma haya de decidir sobre todo cuanto he escrito. Y es que he descubierto en mí todas las respuestas que el mundo me pueda ofrecer. Todas las miradas de todos los lectores están incrustadas en mis ojos y puedo comprender, o no, a través del mismo arquetipo del Lector. Yo misma, desde mi propia fe o desde mi propia incertidumbre, colmo el silencio de lecturas claras, indiferentes o confusas… Entonces, contemplándolo desde su anverso, habré de reconocerme también en la Escribiente, y no por los libros vendidos (tan pocos en mi caso), sino por la fe y el compromiso que esta Voz siente en que es posible transformarse al despertar la belleza y el entendimiento dormidos en las palabras…

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Frases Flecha

En realidad, cuando nos encuentra la Palabra, no es tan importante la temática a tratar, sino darle acogida a una información energética que cada cual interpretará en su propio entendimiento. Hay frases que adormecen, otras que generan discrepancias y están aquéllas que son como flechas lanzadas al otro hemisferio del cerebro. Son éstas últimas las que despiertan algo que allí dormía, y algo se estremece en tu interior cuando de pronto entiendes, de pronto lo ves, de pronto toma sentido el sinsentido de la vida…

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Al límite del espejo

En todos los libros palpita el conocimiento, aunque lo que se relate en ellos siempre nos parezcan sorbos de una verdad que nunca acabamos de absorber por completo. Los paisajes de la mente van poblándose en esos viajes que realizamos a través de historias novelescas, del cuento y su moraleja, de la poesía y su exclamación, o del discurso filosófico de un pensador que abre interrogantes en la mente dejando un trazado, un mapa, a la ruta vital y particular. Porque es en el otro libro, en el Gran Libro de la Vida, donde finalmente toman sentido los dichos que almacena el recuerdo o las exclamaciones que atesora el sentir más profundo; donde por fin se va desplegando la respuesta a esa pregunta esencial que nos lanza a la existencia una y otra vez. ¿Quién soy yo?

Luego, en algún momento, llega el momento en que las cosas se dan la vuelta. Algo así como si alcanzaras el límite del espejo y te toparas con el otro lado de la imagen. Es lo que veías, pero al revés. Y sucede entonces que empiezas a leer en la experiencia y es ésta la que va entretejiendo tu propia novela, y los límites de tu realidad ya no son las fronteras de tu comprensión, sino que confías en un paisaje que, aun difuminado, va tomando forma en los rincones inexplorados del ser, allí donde no alcanza el entendimiento pero anida tu sentir más hondo. Y es entonces cuando la página donde leías o escribías ya no está hecha de papel sino de aire fresco en el ocaso, de mentes abiertas a la nueva luz que asoma por el horizonte, de corazones que le cantan su poema al día y a la noche…

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Referentes en la Lectura

En la más remota Antigüedad, el analfabeto primero no sabía leer ni escribir, pero sabía contar. Era el depositario y transmisor de la tradición oral y, por lo tanto, el inventor de los mitos y leyendas. Las culturas de todos los tiempos tuvieron deseos de contar sus vidas y experiencias, así como los adultos tuvieron la necesidad de transmitir su sabiduría a los más jóvenes para conservar sus tradiciones y su idioma, o para enseñarles a respetar las normas ético-morales establecidas por cada pueblo, ya que los valores del bien y del mal eran representados por los personajes que emergían de la propia fantasía popular. Es decir, en una época primitiva en la que los hombres, por vía oral y de generación en generación, se transmitían sus observaciones, impresiones o recuerdos, los personajes de los cuentos eran los portadores del pensamiento y el sentimiento colectivo. De ahí la importancia de los cuentos que leemos a temprana edad –cuando aún somos analfabetos en el vasto océano de saberes que luego habremos de asumir o rechazar–, puesto que son esos seres extraordinarios los que dejarán en nuestra alma el referente más puro y nítido de valores, sentires y cualidades que cada cual desarrollará a lo largo de su existencia. No cabe duda de que es en esas primeras lecturas cuando, atrevimiento y miedo, malicia y nobleza, traba e ingenio, encarnan las imágenes que por siempre animarán el Gran Cuento que dejaremos escrito en nuestra historia particular y colectiva.

De los incontables libros que he leído en el transcurso de mi vida, apenas si recuerdo títulos, tramas, ni autores, pero sí permanece nítida en mi memoria la emoción que sentí ante el primer cuento que me hizo llorar. Fue aquél que desató un nudo en mi garganta y a través del cual la palabra escrita me transmitió, por vez primera, un sentir ajeno en una imagen que hice mía. Sucedió antes de cruzar la franja que separa la niñez de la adolescencia y aún puedo rememorar los estantes de la antigua Biblioteca del pueblo, donde tomé prestado el libro, o el color amarillento de sus páginas desgastadas por el tiempo y también, quizá, por otras lágrimas que me precedieron.

Esta fábula en particular describía la historia de una loba cuyo instinto le apremiaba a salvar a sus crías del acecho de la más peligrosa de las sombras: el águila revoloteaba en el cielo buscando su almuerzo. La madre salvó distancias y pruebas desplazando a su camada, así como mejor pudo, por la espesura del bosque, sin detenerse hasta que cada uno de sus hijitos quedó en lugar seguro. Sin embargo, para mi propia desolación, no logró salvar al último de sus lobeznos.

Hoy sé que el narrador de esta fábula no pretendía hacerme sufrir gratuitamente, sino mostrarme con suavidad la desgarradora lucha de supervivencia que la fauna manifiesta en los bosques. Poco sabía yo por entonces que, con el devenir del tiempo, en los bosques de mi vida seguirían anidando la fragilidad, el amor protector, la sombra del acecho, la voluntad, el laberinto de la duda, el miedo… y todas las emociones que despertaron en mi infancia, mientras leía este cuento.

Hoy, mirando hacia atrás, sé que han sido aquellas primeras lecturas las que dejaron una impronta imborrable en mi desarrollo como persona. Y creo que fue porque realmente yo me creía el cuento. Lo vivía con todo mi ser. Amé los libros desde el comienzo y en mí sigue viviendo la esencia de esos personajes que encarnaron la ternura, la tenacidad, la fuerza, la sabiduría, las ganas de creer en lo increíble, la necesidad de comprender lo diferente… Al final todo son disfraces que el Amor adopta para amarnos. Lo fácil para el adulto es eludir la existencia con explicaciones, justificar esa alternancia de felicidad y miedo que expresa el ritmo natural de lo que uno va siendo. Lo difícil es que en el trayecto no te pierdas, que contigo siga caminando ese niño errante y sin malicia que busca su porción de suerte…

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